Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|lunes, noviembre 18, 2019
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De la tiranía al reino 

Despreciado y desechado entre los hombres, varón de dolores, experimentado en quebranto; y como que escondimos de él el rostro, fue menospreciado, y no lo estimamos. Ciertamente llevó él nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores; y nosotros le tuvimos por azotado, por herido de Dios y abatido. Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su camino; mas Yahvéh cargó en él el pecado de todos nosotros. Angustiado él, y afligido, no abrió su boca; como cordero fue llevado al matadero; y como oveja delante de sus trasquiladores, enmudeció, y no abrió su boca. (Is 53, 3-7)

Tiempos de verdades libertarias y realidades coartadas y restringidas donde prima el subjetivismo y la materialidad. El tránsito eximido del humanismo, sin el cimiento, origen y esencia de Dios está abocado a la nada y a la negación. Y nos convencen de sustraer la fe al ámbito privado; sin embargo, fuera, en la umbría, solo veo violencia. El siglo XX ha sido el más cruento que ha vivido la humanidad. Pero si el hombre se encierra en los límites propios y de la tierra, solo se reflejará a sí mismo en el espejo de la prosperidad y decidirá con augusta exención lo que está bien y mal. Caerá inexorablemente en la tibieza, en el desierto del relativismo, donde sólo sus verdades tienen cabida. Abocado a la mera individualidad, no quiere certezas ni evidencias, ni adhesiones a valores permanentes…: prefiere la soledad.

Pero la soledad no es estar solo, es más bien no estar en comunión con nadie. Y elige vivir así, sin dar cuentas, afirmando la primacía de lo efímero sobre lo perdurable. Es un hombre con una dimensión horizontal, no trasciende, pues todo ha sido relativizado: el hambre, el aborto, la eutanasia, la muerte, el pecado, el mal…, todo puede ser justificado por la eventualidad; es entonces cuando la violencia engendrada emerge ineludiblemente. Es tiempo de violencia… y los inocentes son exterminados sin abrir la boca. El individualismo y la soledad conforman violencia; los nacionalismos, la subjetivismo de las verdades, el fanatismo, la relativización de las evidencias primordiales y de las certezas, y la supremacía y preponderancia de lo material generan violencia. Y mientras el hombre se olvida de la esencia y escapa de la creación, de la cosmogonía, se aleja del mundo de la realidad, y vive subyugado a la imagen, a las teorías arbitrarias, a los impulsos sentimentalistas, a las elucubraciones ficticias e ilusorias y a los instintos primarios; todo a flor de piel.

Como los reyes incas, que no podían tocar el suelo por ser dioses, el hombre de nuestro tiempo, al hacerse dios, también deja de tener contacto con la realidad y planea sobre las verdades absolutas en una alfombra de fantasía para no tener que rozarlas. Pero el tiempo pasa y nos vamos haciendo viejos, que decía el poeta. Y todos, seremos escrutados por Dios. En una cruz, anclada al suelo, un hombre no solo es arrastrado por el camino del Calvario, también es incrustado en el Gólgota, atravesado contra el madero, estampado contra el hades; “despreciado y desecho de los hombres, como uno ante quien se vuelve el rostro”. Molido por nuestra soberbia y azotado por nuestra avaricia, “Él no abrió la boca, como cordero ante el degüello” (Is 53,7). Mas Dios, resucitándole de la muerte, nos enseñó donde se encuentra la vida. Así muere la muerte, expira la violencia, enmudece el infierno, el mal se viste de luto y podemos pasar de la tiranía al Reino Eterno. Danos, ¡oh, Dios!, este mismo Espíritu para que tu gracia sofoque nuestra violencia.

Sobre las ruinas

infectas de mi savia bronca

descompuesta y estéril,

has erigido el arca

de bendición donde morar

para el dolido,

para el ciego,

para el que no le queda

ni el mal en su miseria.

                                                                                                                                                                                                                                             Jorge Santana

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