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¿De qué me sirve ser católico? 

Si basta la sola razón para tener una clara idea de Dios y obrar moralmente bien, ¿qué necesidad tengo de ser católico?, ¿qué me aporta el ser católico?, ¿no sobra el ser católico? Toda persona que en su obrar moral siga su conciencia puede salvarse, independientemente de la religión que practique. Sólo se condena quien sabiendo que la religión católica es verdadera, la rechace. Lo que me condena, más que el rechazo a la Iglesia católica es el rechazo a la verdad, pues equivaldría a negar a Jesús, Camino Verdad y Vida. Tal actitud supone falta de rectitud de intención y dolo, un orgullo que no se doblega ante la fuerza de la verdad. Pero lo habitual es que no suceda así: muchas personas saben que existe la Iglesia católica como saben que existe el Cabo de Hornos, pero nunca se les ha ocurrido que sea la religión verdadera. A lo más pensarán que es una entre muchas religiones, cuando no tengan prejuicios frente a ella, gracias a los lamentables escándalos recientes.

¿Qué me aporta el ser católico si me puedo salvar sin serlo, si basta mi razón para saber que Dios existe y para obrar moralmente bien? La necesidad que todos tenemos de buscar y encontrar la verdad o, visto de otra forma, el imperativo de no ser conformistas, de no buscar lo más fácil y cómodo, sino lo auténtico y verdadero; aspirar a la excelencia, no contentarnos con la mediocridad. En segundo lugar, valorar las riquezas que gratuita y generosamente nos ofrece Dios a través de nuestra fe católica.

El razonamiento es muy simple. Dios existe, pero ¿solo llegan a Él quienes tienen una especial capacidad intelectual?, ¿está lejos del mundo?, ¿lo hizo y se desinteresó por él?, ¿le importamos o no?, ¿en qué clase de Dios creo yo?, ¿debo adecuar a Dios a mi entendimiento o es al revés, debo adecuar mi entendimiento a Dios, sabiendo que Él es siempre más grande y que “si comprendo, no es Dios”? (“Comprehender” en el sentido de abarcar exhaustivamente).

Dios existe ok, pero ¿no ha dicho nada acerca de Sí mismo?, ¿no se ha revelado?, ¿no se ha manifestado en la historia y mostrado así su designio salvífico, su amor por los hombres y su modo de ser? Si la respuesta a esta pregunta es sí, entro de lleno en lo que se llama tradición judeocristiana. Pero eso implica que ya Dios no será lo que yo quiero o a mí me parezca razonable, sino lo que Dios es en sí y quiera revelarme de sí mismo, teniendo yo que aceptarlo primero con fe, para después comprenderlo mejor con la reflexión teológica. Dios no es ni irracional ni absurdo, es razonable, pero su racionabilidad supera a nuestro entendimiento. Deja un espacio al misterio y al asombro, donde descubrimos que no es creación nuestra, ni proyección de nuestros deseos, sino llamada a un más, a un crecimiento, a la maravilla que nos supera al tiempo que nos ayuda a mejorar.

Por otra parte. ¿Qué es la salvación? ¿Qué es la vida eterna? La vida eterna es la vida plena en comunión con Dios. Eso es la salvación. La vida con Dios. ¿Cuál es el “plus” que me ofrece la Iglesia Católica?, ¿por qué es un don? Porque puedo incoar ya aquí en la Tierra esa salvación. Puedo tener ya aquí, a través de la fe, una comunión con Dios que será plena en la otra vida, sin el claroscuro de la fe, con la visión de Dios cara a cara. Pero aquí tengo ya una prenda de esa unión y un compromiso por parte de Dios para que la alcance: en efecto, no otra cosa me promete el bautismo y no es otra cosa la Eucaristía, sino la comunión real y presente con Dios, pero a través del velo de la fe.

En resumen, valorar a la Iglesia, entender lo que la Iglesia me aporta, es valorar la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía, reconocerlo a Él como Dios y Salvador, como aquel que ha revelado quién es realmente Dios y su designio salvífico. A través de Él y su sacrificio en la Cruz sabemos con total seguridad y certeza que a Dios le interesamos, que nos ama hasta el punto de entregar a su único Hijo. Jesús nos ha revelado el modo de ser de Dios: un Padre lleno de misericordia, un Dios al que le gusta perdonar, un Dios que se involucra en la historia de los hombres y a quien hay que aprender a descubrir en el pobre, en el enfermo y en quien sufre. Y Jesús nos ha dejado a la Iglesia para que entremos en comunión con Él. Por eso la Iglesia no sobra, sino que supone el mayor don de Dios a los hombres, al tiempo que es un misterio, pues nos lleva a la comunión con Dios, pero está formada por hombres y estos tienen flaquezas.

Únicamente si valoro los tesoros que gratuitamente me ofrece la Iglesia Católica, comprenderé que tener fe es un don inconmensurable de Dios, y por eso vale la pena. Simplemente se trata de valorar la presencia real de Jesús en la Eucaristía (posible porque Él es Dios) y valorar la mediación materna de Santa María.  Reconocer el valor de la Iglesia equivale a valorar el papel de la Eucaristía y de María en mi vida. Esos tesoros solo los tienen aquellos que pertenecen a la Iglesia Católica, y por ello es un don y un privilegio formar parte de ella. A la inversa: prescindir de la Iglesia habiendo formado parte de ella, supone no haberse dado cuenta de la riqueza y el don que supone tener a la Eucaristía y a María.

Mario Arroyo

Doctor en Filosofía

p.marioa@gmail.com

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