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De tal palo, tal astilla 
16 de Marzo
Por Jesús Bayarri

Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Pues yo os digo: Amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persigan, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y llover sobre justos e injustos. Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa vais a tener? ¿No hacen eso mismo también los publicanos? Y si no saludáis más que a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de particular? ¿No hacen eso mismo también los gentiles? Vosotros, pues, sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial (San Mateo 5, 43-48).

COMENTARIO

Dios ha dado a Israel no sólo normas, sino sabiduría, cultura y santidad, que lo han puesto muy por encima de las naciones, como testigo suyo. Una desproporción aún mayor, hay entre la santidad cristiana y cualquier otra sobre la tierra. La perfección de Dios es inalcanzable para la mente humana de forma absoluta, como lo es Dios mismo. Sólo conocemos de Dios lo que Él nos quiere revelar directamente o a través de sus obras. Del mismo modo, nuestra participación en el ser y los mismos dones que de él recibimos, nunca podrán compararse con el ser de Dios o sus atributos. Israel recibe el mismo imperativo de ser perfecto, porque Dios, al que se unen en alianza, lo es. Nuestra perfección no puede ser comparable a la de ellos, porque a nosotros nos ha sido revelado en Cristo, y entregado, el Espíritu Santo, el Don, de ser hijos, participando de su naturaleza. Por eso dice Jesús: “si vuestra justicia no es superior a la de los escribas y fariseos, no entraréis en el Reino de los cielos”; al que se le dio mucho se le pedirá más.

Dice San Agustín comentando el salmo 121, que las Sagradas Escrituras son los montes a los que hay que levantar los ojos para recibir el auxilio del Señor. En esta palabra podemos alcanzar su cima más alta, hasta llegar al cielo del amor de Dios, gracias al don de su Espíritu.

La perfección del Padre celestial que hace salir su sol sobre buenos y malos y manda la lluvia también sobre los pecadores, es reproducida en el Hijo que se entrega por todos y es preceptiva en sus discípulos, para que el mundo la reciba por el amor.

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