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Defender la Navidad 

Cada año, en torno a las celebraciones navideñas, no faltan publicaciones que, de alguna manera, queriéndolo o no, aguan la fiesta. Me refiero a todas aquellas consideraciones que, con cierto aire de intelectualidad, denuncian que, en realidad, Jesucristo no nació un 25 de diciembre. Las más audaces siembran la sombra de la duda sobre la realidad de su existencia. Justifican así el hecho de que la celebración sea cada vez menos religiosa, al confinar el hecho del nacimiento de Cristo al ámbito del mito, los buenos sentimientos o el folklore. En realidad, sólo sería un pretexto para celebrar, con el mismo incierto fundamento para creyentes y no creyentes.

Sin embargo, de forma insidiosa, se confunden dos realidades diferentes extrayéndose, además, consecuencias desproporcionadas de las mismas. En primer lugar, es verdad que el 25 de diciembre no puede señalarse con absoluta certeza como el día del nacimiento de Jesús. Tampoco puede, sin embargo, descartarse con total seguridad como una fecha inventada. Hay motivos que invitan a pensar que, si no fue en ese día, habría sido en una fecha cercana. En cualquier caso, sea o no la fecha exacta, cercana o arbitraria, lo que celebramos es el hecho del nacimiento de Jesucristo, pues algún día tuvo que nacer. Es decir, de lo que no cabe duda razonable es de que nació y, por lo tanto, existió.

Por eso, cuando la incertidumbre sobre la fecha de su nacimiento se confunde con la de su existencia, se induce una abusiva confusión, se provoca un engaño. Lo primero puede ser cierto, mientras que lo segundo no se sostiene razonablemente en pie. Alguien puede albergar dudas razonables sobre si en verdad Jesucristo es Dios y no solamente un hombre, pero la duda no es igualmente razonable si se refiere a la existencia de Jesús de Nazaret. Alguien puede, sin que merezca reproche alguno por ello, dudar de su concepción virginal o de su resurrección. En efecto, para aceptar estas realidades sobrenaturales se precisa la fe. Para aceptar la existencia de Jesucristo basta la razón basada en la abundante evidencia histórica con que contamos.

La bibliografía al respecto es abundante. Algunos podrían objetar que, por ser fuentes religiosas, no serían fiables. A ello también podríamos responder, ¿por qué están tan seguros?, ¿no será más bien un prejuicio poco racional o injustificado sostener que religioso equivale a no confiable? Quizá eso es lo primero que habría que demostrar o, como en tantas cosas, ver caso por caso. El hecho, sin embargo, es que los documentos que atestiguan la existencia de Jesús no son solo religiosos. Historiadores romanos como Suetonio, Tácito y Plinio el Joven, o judíos como Flavio Josefo dan fe de su existencia. También existen documentos de carácter satírico, como graffitis romanos que buscaban ridiculizarlo. Quizá los más contundentes sean los textos, de carácter religioso, pero judíos, donde lo denuncian como un impostor o un farsante y advierten de la peligrosidad de sus doctrinas para un “judío piadoso”. Curiosamente señalan, además, que era taumaturgo, es decir, le atribuyen hechos extraordinarios a pesar de descalificarlo como el Mesías esperado.

Por otra parte, ya en el ámbito de la Teología, la fecha del 25 de diciembre es importante. Una explicación tradicional atribuye la elección de ese día a la cristianización del culto de Mitra, muy en boga en Roma durante el primer siglo del cristianismo. Se identificaría con el inicio del invierno en el hemisferio norte, es decir, el punto en el cual los días comienzan a ser más largos. Sin embargo, parece simplista pensar que se trata solo de una apropiación oportunista. Para la Teología y la liturgia el tiempo y el espacio son importantes, pues manifiestan un ritmo espiritual, es decir, buscan descubrir en la creación las huellas del Creador y servirse de ella para dialogar con Él. Por ejemplo, los primeros cristianos rezaban “orientados” es decir, hacia el oriente, o lugar donde sale el sol. La liturgia de la Navidad está repleta del simbolismo de la luz. Cristo es la luz del mundo, de forma que nada tiene de extraño que se sirviera del sol como símbolo. La Navidad consistiría en el alba de la redención, el inicio de la salvación, reflejados en el momento en el cual la luz comienza a ganar terreno a las tinieblas, precisamente en torno al 25 de diciembre.

Lo anterior no permite determinar con la precisión que requiere una partida de nacimiento el momento preciso en que Jesús vino al mundo, pero permite entender la oportunidad de elegir ese día, desde una perspectiva teológica y litúrgica, encaminada a robustecer la fe. Visto que no cabe duda razonable de su nacimiento, es conveniente elegir esta fecha, pues refleja muy bien lo que tal suceso supone para la historia de la salvación: un punto de inflexión en el cual la oscuridad comienza a ceder espacio a la luz. Por ello lo celebramos con luces y colores.

Mario Arroyo

Doctor en Filosofía

p.marioa@gmail.com

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