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Dejad que los niños vengan a mí – Parte 1 

Una experiencia de fe para los más jóvenes (1.ª parte)

“Entonces le fueron presentados unos niños para que les impusiera las manos y orase; pero los discípulos les reñían. Mas Jesús les dijo: “Dejad que los niños vengan a mí, y no se lo impidáis porque de los que son como éstos es el Reino de los Cielos.”

Y, después de imponerles las manos, se fue de allí” (Mt 19, 14-15).

A través de este artículo, mi intención es transmitir la buena noticia de Jesucristo resucitado, donde los niños y jóvenes tienen un lugar especial. Verdaderamente es posible que ellos experimenten esta noticia de salvación en el siglo XXI, a pesar de los mensajes contrapuestos de la sociedad, la televisión, los colegios, las modas, etc

Vivimos en una sociedad donde la familia está totalmente desestructurada; una sociedad que se rige por los cánones que impone la diosa televisión, el dios dinero, la diosa fama; falsos ídolos que determinan en gran parte el comportamiento de todos nosotros, donde el conocimiento del verdadero amor se ha sustituido por la tolerancia, la solidaridad, el placer, etc.

Como consecuencia de la falta de un sentido profundo de la vida, la sociedad se está “deshumanizando”. Esta ausencia ocasiona verdaderas crisis, enormes sufrimientos, depresiones, traumas; en definitiva, un aumento del dolor generalizado en la sociedad que frecuentemente conduce hacia situaciones dramáticas, como el robo, el asesinato, las drogas, la pornografía, el suicidio, etc.

Por desgracia los jóvenes son los más vulnerables. Sin ellos ser conscientes, se vuelven el blanco más fácil. El fracaso escolar, la delincuencia juvenil, el racismo, la agresividad, las drogas, la ruptura con la familia no son más que un síntoma de esta carencia de amor, es decir, de la falta de un sentido que les impulse a seguir viviendo. La juventud no hace más que reflejar lo que ellos reciben, ya que si los padres no son conocedores de la trascendencia de sus propias vidas, ¿qué sentido podrán transmitir a sus hijos?

Yo para ser feliz quiero… a mis padres

¿Por qué los niños no encuentran la felicidad en casa, en sus familias, en el colegio? Si les preguntamos la causa de su infelicidad obtenemos respuestas como:

“Porque papá y mamá se pasan todo el día trabajando para que yo tenga de todo, una tele, una consola, una bici, un ordenador, otra tele, muchos juguetes…; pero yo lo que quiero es estar con mi papá y mi mamá. Ellos dicen que me quieren dar lo que ellos no han podido tener, y yo les pregunto que si ellos no tuvieron padres”.

“Porque me gustaría tener un hermanito con el que jugar; un hermanito que me enseñara a compartir, a ser maduro, a ser responsable, a querer, a discutir y a perdonar”.

“Porque me paso todo el día fuera de casa: me levanto a las siete de la mañana, voy al cole, luego a informática, luego a baloncesto, y a las ocho de la tarde viene la cuidadora a recogerme y me lleva a casa de la abuela…, y no veo a papá y a mamá hasta las diez de la noche cuando llegan y me dan las buenas noches”.

“Porque mamá y papá están separados… y dicen que es lo mejor para ellos y para mí; pero… yo no lo entiendo.”

“Papá, mamá, quiero deciros que me gustaría ser televisión. Me gustaría ser televisión para que me escuchaseis todos los días un par de horas;  para que me prestarais siempre mucha atención; para que mandarais a los demás callar cuando yo estuviese hablando; para que  os sentarais un rato todos los días para cenar conmigo; para que todo lo que yo dijera fuese lo más importante; para que toda la familia se reuniera para escuchar mis preocupaciones y mis alegrías; para ocupar un lugar importante en la casa…; me gustaría ser televisión para que me queráis, escuchéis, atendáis, miméis…”

Transmitir la fe: nuestra misión más importante

Si los padres cristianos conocemos el verdadero sentido de la vida —“amar y ser amado” en Cristo resucitado—, desearemos transmitírselo a nuestros hijos con el fin de que su existencia también pueda tener sentido. Sin embargo, aun sabiendo dónde está la verdad, muchas veces enseñársela a nuestros hijos no es lo prioritario, pues la rutina y los quehaceres de nuestra vida nos hacen vivir inmersos en nuestro egoísmo.

La transmisión de la fe a nuestros hijos, hoy más que nunca, requiere de un enorme tiempo y esfuerzo; desde que se levantan hasta que se acuestan, de camino al colegio, en la escuela, en las actividades extraescolares, en las relaciones familiares, en su tiempo libre, en las celebraciones parroquiales…: ¡siempre!

Qué diferente sería si pusiéramos tanto empeño en la transmisión de la fe como lo hacemos en la consecución de nuestros proyectos terrenales, si viviéramos en todo momento nuestras relaciones con los hijos de cara a Dios, aceptando su voluntad con pleno discernimiento.

“Shemá Israel, Yahvéh nuestro Dios es el único Dios. Amararás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu fuerza. Queden en tu corazón estas palabras que yo te dicto hoy. Se las repetirás a tus hijos, les hablarás de ellas estando en casa y yendo de camino, así acostado como levantado; las atarás a tu mano como un signo, serán en tu frente una señal; las escribirás en las jambas de tu casa y en tus puertas” (Dt 6, 4-9).

Mensajes luminosos, caminos de vaciedad

Es importante conocer el ambiente en que nuestros hijos se desarrollan y detenernos en reflexionar los cambios que han ido surgiendo. En otros tiempos, y no tan lejanos, las aulas de los colegios públicos estaban presididas por un crucifijo; se jugaba en la calle con los amigos y todos sabían convivir; se compartía con los hermanos; la programación de la televisión era educativa, tradicionalmente se acudía en Navidad a la Plaza Mayor a comprar figuras para el Belén; y en las parroquias había convivencia entre todos los feligreses.

Hoy en día el panorama es bien distinto. En primer lugar, en las aulas de los colegios públicos la cruz es desechada por la asignatura de “Educación para la Ciudadanía”; jugar en la calle es peligroso; convivir con los hermanos es bastante imposible porque, o hay mucha diferencia de edad o no existen; en lugar de “Barrio Sésamo” la audiencia disfruta con “Rebelde Guarry Guay”; y respecto a la Plaza Mayor, las figuras del Belén son reliquias del pasado más rancio. La nueva mercancía de los puestos son las pelucas de colores horteras y por supuesto los petardos y las bombas fétidas.

¡Todo es relativismo!, ¡todo es intranscendente!, ¡todo vale! Estos son los mensajes que día a día reciben nuestros hijos. Son constantes estímulos que les entran por los ojos, que les empapan de este sinsentido para conducirlos a un camino de vaciedad. El sexo, la fama, los afectos, el poder, el placer, el sentirse realizado…, “todo es vanidad”, como decía San Felipe Neri. Pero todas esas cosas no son inocuas. Son vehículos de un mensaje que nos confunde, que nos ciega, que nubla nuestro entendimiento y el de nuestros hijos.

Acudir a la fuente de la Vida

Sabiendo de la importancia de transmitir la fe a nuestros hijos y  de la dificultad de hacerlo en esta sociedad en la que niños y jóvenes se mueven en un mundo cargado de ideas contrarias al cristianismo, es indispensable la ayuda de las parroquias. Estas deben formar parte de la vida cotidiana de las personas tanto a la hora de recibir los sacramentos como de conocer la Palabra a través de las catequesis, de los encuentros, convivencias y actividades que se integran en las diferentes acciones pastorales, etc. Por eso, la Iglesia, hoy más que nunca, debe ser la verdadera casa de los cristianos, en la que mayores y niños se puedan sentir acogidos: el lugar donde cargar nuestras pilas para hacer frente cada día a la ideología imperante.

Si nuestros hijos se dejan llevar por  la vida que les plantea el mundo, nunca podrán ser felices. En cambio, si participan de las actividades de la fe disfrutarán de la verdadera felicidad, aquella que sólo emana del amor de Dios y lo irradia todo.

Y aquí es donde empieza el milagro que da título a este artículo.  Un grupo de jóvenes de la Parroquia de San José de Madrid acogieron hace más de siete años la palabra que Jesucristo dijo a sus discípulos: “Dejad que los niños vengan a mí, y no se lo impidáis porque de los que son como éstos es el Reino de los Cielos.” Y, después de imponerles las manos, se fue de allí” (Mt 19,14-15). Yo estaba en ese grupo de jóvenes y hoy puedo dar testimonio de cómo verdaderamente el Señor nos acogió, nos impuso las manos y desde aquel día sigue bendiciéndonos.*

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