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Del atrio de los gentiles al ágora de los paganos: “Lo que oís al oído, proclamadlo desde las azoteas” 

La experiencia de evangelización urbana llevada a cabo por los miembros de las comunidades neocatecumenales en unas diez mil plazas (cien en Roma; cincuenta en Madrid, etc.,) de 120 naciones de todo el mundo, durante cinco domingos del tiempo pascual, ha puesto sobre el tapete de la pastoral evangelizadora la relevancia que tiene y va tener en un futuro volver a recuperar el modelo misionero apostólico que vemos en los Hechos de los Apóstoles, cuando los primeros evangelizadores anunciaban la Buena Nueva de la Resurrección de forma explícita en cualquier lugar y a todo tipo de destinatarios: en las plazas de Jerusalén (Hch 3, 11-29); ante las masas (2, 14-36; 22, 1-22) ante las autoridades religiosas (4, 5-20; 5, 27-32; 23, 1-6); en el templo (5, 25); de viaje (8, 29-40); en las sinagogas (9, 20-21; 13, 14-43; 17, 2-4; 19, 8-10); en las casas de los gentiles (10, 34-48), junto a las orilla de un río (16,13); en la cárcel (16, 25-38); en el Areópago de Atenas (17,19-34); en el puerto de Corinto (18, 5.7-8); ante las autoridades político-militares (24, 10-21), ante reyes (26, 1-23); en el barco (27, 21-26), de forma privada (28, 30-31).

En efecto, la misión realizada en las plazas, ha sido una experiencia auténticamente pascual: hemos anunciado públicamente la Resurrección de Jesucristo a todo aquel que nos ha querido escuchar. Hemos hablado, abiertamente, de la actuación de Jesucristo resucitado en nuestras vidas normales y corrientes, mostrando sencillamente cómo el Espíritu Santo sigue renovando, transformando y convirtiendo nuestros corazones, en su Iglesia.

La experiencia de todos los que hemos participado en esta misión urbana ha sido la de verificar, una vez más, que la fe crece cuando se da y se comparte. Al mismo tiempo, hemos sido testigos de la alegría que provoca anunciar abiertamente el Evangelio a todos los hombres y mujeres sin distinción. Hemos podido constatar lo que afirman los Hechos de los Apóstoles al concluir la misión del diácono Felipe en Samaria: “Hubo una gran alegría en aquella ciudad” (8,8).

“porque no podemos dejar de decir lo que hemos visto y oído”

El atrium gentium era, dentro del gran Templo de Jerusalén, el espacio donde se reunían los rabinos y maestros de la ley dispuestos a escuchar las preguntas de la gente sobre Dios y a contestarlas mediante un intercambio respetuoso y compasivo. Era, pues, un espacio que todo el mundo podía recorrer y permanecer sin distinción de cultura, lengua o confesión religiosa. Era un lugar de encuentro y diversidad. De este lugar viene la inspiración del Papa emérito Benedicto XVI en su célebre Discurso a la Curia romana, del 21 de diciembre de 2009, en el que, entre otros pensamientos, decía lo siguiente: «Pienso que también la Iglesia debería abrir una especie de “atrio de los gentiles” donde los hombres pudiesen, en cierta manera, acercarse a Dios sin conocerlo y antes de haber encontrado el acceso a su misterio, a cuyo servicio está la vida interna de la Iglesia».

Actualmente hemos de añadir al diálogo con las religiones, el diálogo con quienes son extraños a toda religión, para los cuales Dios es desconocido, y que, sin embargo, quisieran poder acercarse a Él. Para llevar adelante esta iniciativa, el Pontificio Consejo de la Cultura viene impulsando en distintas diócesis lo que se ha venido en llamar «el Atrio de los gentiles». Este es un lugar de encuentro y de diálogo, un espacio de expresión para quienes no creen y para los que se hacen preguntas sobre su fe; una ventana abierta al mundo, a la cultura contemporánea y a las voces que en estos ámbitos resuenan.

La Gran Misión que los neocatecumenales han impulsado y llevado adelante en los domingos de Pascua, se sitúa en este horizonte de nueva evangelización. Pero su puesta en acción, desde el punto de vista pastoral, añade un plus de novedad con respecto a la propuesta del Atrio de los gentiles, que como muy bien fundamenta el Papa emérito Benedicto XVI, quiere ser una oferta de diálogo con el mundo, sobre todo de la increencia.

Aquí, en la propuesta de la Gran Misión, se ha dado un salto de más: ofrecer, junto al Atrio de los gentiles, una Gran Misión, no en el interior de las iglesias, ni el atrio, sino en las plazas y en las calles, que es donde la gente normalmente está. Si es un dato sociológicamente verificable y constatable que las asambleas parroquiales languidecen por la falta, cada vez más notoria, de niños, jóvenes y familias, habrá que salir a anunciarles la Buena Noticia de la Resurrección del Señor allí donde se encuentran en nuestras ciudades, como son las calles por las que habitualmente pasean y las plazas donde se dan cita los días festivos. La Gran Misión nos ha hechos descubrir estos espacios urbanos como lugares de evangelización, como ámbitos para el encuentro con el Señor.

salir, compartir y anunciar”

Una de las primeras convicciones que hemos verificado en la Gran Misión es, como afirma San Pablo, que “la fe viene de la predicación, y la predicación de la palabra de Cristo” (Rom 10, 17). Partiendo de este texto paulino, el Papa Pablo VI fundamenta en Evangelii Nuntiandi (EN) la necesidad de una predicación viva, al decir: “Sí, es siempre indispensable la predicación, la proclamación verbal de un mensaje (…). El tedio que provocan hoy tantos discursos vacíos, y la actualidad de muchas otras formas de comunicación no deben, sin embargo, disminuir el valor permanente de la palabra ni hacer perder la confianza en ella. La palabra permanece siempre actual, sobre todo cuando ya acompañada del poder de Dios. Por esto conserva también su actualidad el axioma de San Pablo la fe viene de la predicación, es decir, es la palabra oída la que invita a crecer” (n.º 42).

Anteriormente, en el n.º 22, el Papa se había referido, también, a la necesidad de anunciar explícitamente el Evangelio. En ambos números, encontramos la mejor fundamentación para legitimar esta praxis pastoral: “La Buena Nueva proclamada por el testimonio de vida deberá ser, pues, tarde o temprano, proclamada por la palabra de vida. No hay evangelización verdadera mientras no se anuncie el nombre, la doctrina, la vida, las promesas, el reino, el misterio de Jesús de Nazaret Hijo de Dios”.[1]

Este ha sido uno de los objetivos que el emérito Papa Benedicto XVI nos propuso con motivo del Año de la Fe: “Tendremos la oportunidad de confesar la fe en el Señor Resucitado en nuestras catedrales e iglesias de todo el mundo; en nuestras casas y con nuestras familias, para que cada uno sienta con fuerza la exigencia de conocer y transmitir mejor a las generaciones futuras la fe de siempre. En este Año, las comunidades religiosas, así como las parroquiales y todas las realidades eclesiales antiguas y nuevas, encontrarán la manera de profesar públicamente el Credo”.[2]

Y, este, ha sido desde el inicio de su ministerio petrino una de las consignas del actual Papa Francisco: “Salid”. En efecto, no deja de ser providencial que en la última carta pastoral que escribe siendo Cardenal de Buenos Aires, nos anime a llevar adelante las misiones urbanas con estas palabras: “Salir, compartir y anunciar”.[3]

el Reino no puede permanecer en secreto

Estamos ya en el entretiempo del ya pero todavía más: ya podemos experimentar la salvación y la vida nueva en Cristo, pero todavía más cuando Él se manifieste porque le veremos tal cual es y comprenderemos el misterio profundo y, a la vez, divino de nuestra historia. “No os toca a vosotros conocer los tiempos y las fechas que el Padre ha establecido con su autoridad. Cuando el Espíritu Santo descienda sobre vosotros recibiréis la fuerza para ser mis testigos hasta los confines del mundo” (Hch 1, 7-8).

Esta es la misión que Jesús nos ha confiado a sus discípulos: “Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación. El que crea y se bautice se salvará; el que se resista a creer será condenado” (Mc 16, 15-16). No hay tiempo que perder, la Iglesia existe para evangelizar (EN, 14), y evangelizar significa anunciar a los hombres de hoy el Amor de Dios manifestado en Jesucristo que ha dado su vida por todos y cada uno de los seres concebidos para vivir como hijos de Dios. Esta vida nueva nos es regalada gratuitamente en la Iglesia, que es la depositaria de las gracias de Dios que se nos dan a través de los sacramentos, signos de la cercanía y de la presencia de Jesús para con nosotros: “Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28, 20).

El Papa emérito Benedicto XVI define este tiempo de evangelización como el tiempo de los paganos. Basándose en Mt 24, 14 y Mc 13, 10, sostiene que “desde el punto de vista del contenido, se ve claramente que los tres Sinópticos saben algo de un tiempo de los paganos: el fin del mundo solo puede llegar cuando se haya llevado el Evangelio a todos los pueblos. El tiempo de los paganos —el tiempo de la Iglesia de los pueblos del mundo— no es una invención de Lucas; es patrimonio común de la tradición de todos los Evangelios (…) para que el mundo alcance su meta, el Evangelio tiene que llegar a todos los pueblos. En algunos periodos de la historia la percepción de esta urgencia se ha debilitado mucho, pero siempre se ha vuelto a reavivar después, suscitando un nuevo dinamismo en la evangelización”.[4]

proclama la Palabra, insiste a tiempo y a destiempo

Todavía hoy, después de dos mil once años de la Encarnación de Jesucristo existen millones de personas que no han oído hablar nunca de Él. El Papa Juan Pablo II en su Carta Encíclica sobre las misiones llamada Redemptoris missio[5] afirmaba que “los hombres que esperan a Cristo son todavía un número inmenso: los ámbitos humanos y culturales, que aún no han recibido el anuncio evangélico o en los cuales la Iglesia está escasamente presente, son tan vastos, que requieren la unidad de todas las fuerzas. Al prepararse a celebrar el jubileo del año dos mil, toda la Iglesia está comprometida todavía más en el nuevo adviento misionero. En la proximidad del tercer milenio de la Redención, Dios está preparando una gran primavera cristiana, de la que ya se vislumbra su comienzo” (n.º 86).

El Papa parece estar diciendo a la Iglesia como Jesús “alzad vuestros ojos y ved los campos que blanquean ya para la siega” (Jn 4, 35). ¿Cuáles son estos campos, estas naciones a las que el Papa apunta como nuevas destinatarias de la evangelización de la Iglesia? En el n.º 40 de la citada encíclica nos orienta la mirada: “La misión ‘ad gentes’ está todavía en los comienzos. Nuevos pueblos comparecen en la escena mundial y también ellos tienen el derecho a recibir el anuncio de la salvación. El crecimiento demográfico del Sur y de Oriente (…). Hay que dirigir, pues, la atención misionera hacia aquellas áreas geográficas y aquellos ambientes culturales que han quedado fuera del influjo evangélico”.

Esta misma convicción en expresar la necesidad de la missio ad gentes la ha formuló Benedicto XVI en Verbum Domini[6] al afirmar que “los Padres sinodales han reiterado la necesidad en nuestro tiempo de un compromiso decidido en la missio ad gentes. Además, los Padres han manifestado su firme convicción de que la Palabra de Dios es la verdad salvadora que todo hombre necesita en cualquier época. Por eso, el anuncio debe ser explícito. La Iglesia se siente obligada con todos a anunciar la Palabra que salva (Rom 1, 14) [n.º 95].


  1. Al Papa Pablo VI debemos la inmensa gratitud de habernos ofrecido la carta magna de la evangelización con su Exhortación Apostólica Evangelii nuntiandi (8-12-1975), que nos ofrece el modelo paradigmático de todo evangelizador (Jesucristo, 7-12); la continuadora de su misión (la Iglesia, 13-16); en qué consiste la evangelización (17-24); cuál debe ser su contenido (nnº 25-39); los medios para llevarla a término (40-48); los destinatarios (49-58); los encargados de alentarla (59-73); el principal responsable y el espíritu que la debe caracterizar (el Espíritu Santo, 74-80).
  2. Cf. Porta fidei (11-10-2011), n.º 8.
  3. Cf. Carta pastoral para la Semana Santa 2013, del cardenal Jorge Mario Bergoglio SJ, ahora Papa Francisco (25 de febrero de 2013).
  4. Cf. Jesús de Nazaret II, Encuentro, Madrid, p. 57.
  5. Cf. Carta Encíclica de Juan Pablo II sobre las misiones (7-XII-1990).
  6. Cf. Exhortación Apostólica (30-IX-2010).

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