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Del “chivo expiatorio” al “complejo de inferioridad” 

Aquilino Polaino Lorente
Catedrático de Psicopatología. Universidad CEU-San Pablo

En el pasado mes de agosto se celebraron las Olimpiadas en Londres; un evento que es sinónimo de competir y luchar, de ganar y perder. En tiempos de crisis económicas los perdedores suelen buscar un “chivo expiatorio” sobre el que arrojar las propias responsabilidades. Lo que une a unos y otros perdedores es lanzar sobre otros la propia culpabilidad. Pero esta argumentación es demasiado simple y no agota la verdad. También en el triunfador surgen casi siempre sentimientos encontrados y difíciles de valorar en su justa medida.

Triunfar hace referencia a perder. Siempre que hay un triunfador hay también un perdedor. ¿Qué experimenta el triunfador respecto del perdedor? Todo depende de que la victoria se haya conseguido en buena lid y sin violencia. Y aún así, ¿es que acaso no se suscitará en el vencedor cierta compasión por el vencido? Porque también el vencido podría haber sido el vencedor. Es comprensible que la victoria deje en el vencedor —aunque se den todas las circunstancias anteriores— un regusto de ausencia de plenitud, de misterio y condescendencia ante la presencia del perdedor.

En cierta manera, el vencedor es también una parte del perdedor. Lo que le ha hecho alzarse con la victoria al triunfador ha generado, al mismo tiempo, otro ámbito nuevo en el que se sitúa el perdedor. La natural conmiseración hacia el perdedor —el ponerse en su lugar, y hay razones para ello porque el ganador podría haber seguido la suerte del perdedor— ensombrece la victoria personal. Las pérdidas son propias del vencido; pero en algún sentido son “pérdidas” que atañen también al vencedor.

En el orden afectivo esta es una experiencia muy común y generalizada, en especial si el combate se llevó a cabo entre dos hermanos. Otra cosa diferente es lo que sucede cuando no hay cercanía alguna entre vencedor y vencido, cuando cada uno de ellos es un “extranjero” para el otro y no están atados por la obligación del compromiso. En el vencedor emergen sentimientos antitéticos y contradictorios: la alegría de alzarse con la victoria y la compasión por la persona a la que ha vencido; el aprecio por sí mismo (autoestima) y la conmiseración —que no el desprecio— por quien hizo posible ese triunfo; la paz de haber logrado ese triunfo y el temor por las posibles (o imaginadas) represalias que un día no lejano pueda tomar el que fue vencido. Esto es perfectamente compatible con el hecho de que tal victoria satisfaga todas las condiciones de la justicia.

En la persona que ha vencido con toda justicia a su oponente no ha lugar para los sentimientos de inferioridad, tristeza y culpabilidad. Pero sí hay lugar para la compasión, la conmiseración y la desazón por el mal que su oponente sufre.

sobrevivir a la derrota

Pero, ¿qué sentimientos o vivencias se alzan en el alma del vencido? El perdedor es también presa de sentimientos ambivalentes. Pensará que él lo hizo mejor que el ganador (refuerzo de la autoestima), o que no le acompañó la suerte (autoengaño) o tal vez que su fracaso ha sido merecido (culpabilidad). Lo más probable es que comparezcan simultáneamente algunos o todos de esos sentimientos. Como tal situación no es tolerable, el perdedor tratará de “construir” otro argumentario —más creíble para él, pero en modo alguno verificable— que le sea más favorable.

Así las cosas, imaginará que su oponente ha sido favorecido por el destino y que no jugó con limpieza; que la victoria así lucrada no es del todo justa; que su aparente fracaso es solo aparente, por lo que le cabe esperar que su oponente pueda hacerle menos daño en el futuro (“chivo expiatorio”). Estas y otras muchas consideraciones, de parecido contenido, se ensamblarán en la construcción de un nuevo discurso, con tal de “justificar” su derrota y, de esta suerte, sentirse legitimado.

Hay en este modo de proceder un cierto espíritu de revancha. No es que trate de vengarse, pero sí de encontrar una “explicación” que le deje en buen lugar, a fin de aminorar su derrota, y con tal de que sea al menos verosímil para sus partidarios. Importa poco que para la construcción de esta “explicación” tenga que retorcer los hechos, acomodarlos a algunos supuestos inventados, o desfigurar y omitir algunas de las penosas circunstancias que concurrieron en la lucha. Lo que en definitiva le importa es no quedar mal. (¿Ni siquiera ante sí mismo?, ¿Lo logrará con este modo de proceder?). ¡Cuesta tanto admitir la justa victoria del oponente!

cuando ganar es perder

Apelar al “chivo expiatorio” es un modo de revisar la historia, rehacerla, narrarla desde una inspiración diferente. No se trata tanto de no sentirse culpable como de transformarse en la víctima de un resultado injusto. En esto consiste la mezquina “victoria” del perdedor. Si el otro se alzó con la gran victoria, ¿por qué no he de alzarme yo aminorando y empañando su triunfo? Si el otro ganó, ¿por qué él y no yo? Si logro rebajar su perfil, mi perfil crecerá. Al fin y al cabo esto nos hace más iguales, lo que parece ser más justo. De hecho, si yo no hubiera concurrido como oponente, él ahora no sería vencedor. Luego, su victoria en cierta forma me la debe. ¿Es que no tengo derecho a recibir lo que se me debe? ¿Es que acaso no es justo “el derecho al pataleo”?

El argumento así urdido se musitará al oído de amigos, vecinos y compañeros. El bulo correrá de boca en boca. El triunfador es transformado en “chivo expiatorio”, mientras el perdedor resulta etiquetado de “víctima”. Corren así las interpretaciones más diversas, mientras en torno a cada una de ellas se apiñan sus partidarios incondicionales.

El vencedor no es inmune —ninguna persona lo es— a la opinión que acerca de él se propala. Ninguna de esas versiones le dejará indiferente. ¡Puede tanto el juicio ajeno! Es probable que esos discursos alternativos que sobre un único y mismo hecho se difunden no sean otra cosa que la mera consecuencia de ciertos prejuicios bien arraigados en sus voceros. Da igual para quien los padece. Los percibirá como una vejación y humillación de su persona, lo que pondrá un regusto de amargura en el éxito obtenido.

El vencedor victorioso se siente ahora zarandeado, vilipendiado y escarnecido allí donde más le duele: su honra. Si la reciente victoria le había supuesto un ascenso en su estima social, amén del reconocimiento de su valía personal, ahora esa misma victoria se le vuelve en contra y casi arruina lo más delicado de su imagen personal.

En realidad, tras la victoria obtenida no ha mejorado del todo su reconocimiento social. Se reconoce el éxito que alcanzó, pero sin que se reconozca a la persona que lo alcanzó. En su grupo de referencia y/o pertenencia se ha sembrado la duda. Probablemente no es la persona valiosa que algunos supusieron. “Si el río suena, agua lleva”. Si se dicen todas esas cosas, “será por algo”. Su triunfo ha suscitado la envidia ajena entre los curiosos y desocupados. Esa envidia es la tela de araña que aprisiona y deforma su imagen. Esta acción de los “sin nombre” —la opinión pública no tiene nombres de personas; sí de periodistas y medios de difusión— rebaja mucho su perfil, hasta incluso no reconocerse en él.

el riesgo de la popularidad

El sometimiento de la persona a su imagen social y su deterioro sistemático arruina la identidad y singularidad del yo. Si la imagen y la persona por ella representada no coinciden, lo más probable es que el yo se fragmente. A partir de aquí —en función de los diversos contextos sociales—, la persona vencedora experimentará una cierta doblez, algo parecido a la simulación forzada. Pero como ha de adaptarse a esos diferentes contextos, tratará de ajustarse a cada uno de ellos, en función de lo que supone esperan de ella.

Comienza entonces un forcejeo continuo entre su identidad y la adaptación al contexto, sin que opte por guiar su comportamiento de acuerdo a un criterio o principio estable, unificador y consistente. Cada vez ignora más quién es, aunque cada día se adapta mejor a las diversas situaciones. Sin duda alguna, ha ganado su flexibilidad y capacidad de adaptación (su versatilidad), pero se ha debilitado la fortaleza de su identidad, la densidad de su yo y la resistencia de sus convicciones. En este punto, la atomización de la persona está servida.

El antes vencedor experimenta ahora numerosas dudas y temores acerca de su valía personal. Ha comenzado a eclosionar el sentimiento de inferioridad, sentimiento que se ajusta muy bien a la imagen de “chivo expiatorio”, que de su persona se ha ofrecido. Acaso por eso no se decida del todo a ser él, a acometer los generosos proyectos que había concebido, a tomar decisiones —sobre todo respecto de su oponente— sin consultar antes con eso que dice de él la opinión pública.

Mientras tanto, el perdedor se ha hundido en el victimismo. Ha llegado a la convicción de ser una víctima que ha sido tratada injustamente. La afrenta de esa injusticia es la que él lanza contra el explícito vencedor, lo que inhibirá todavía más a este. Como ha emergido un nuevo conflicto, se impone el revisionismo. Junto a la amargura y dudas del vencedor se alza la insidia y el resentimiento del vencido, mientras conviven interpretaciones para todos los gustos en el seno de la opinión pública.

De esta forma, todos los competidores pierden sin que ninguno de ellos gane. Un juego este truculento y malicioso en el que puede incurrir el mercado, la prima de riesgo, los indignados y, por supuesto, todos los deportistas de élite.

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