Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|jueves, noviembre 21, 2019
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Del ecce homo al ecce Deus 

“Ecce homo”, ved aquí, ahí tenéis al hombre, dijo Pilatos al pueblo mostrándoles a Jesús, después de haberle azotado, ridiculizado con una corona de espinas y revestido con un manto de púrpura (Jn 19,1-5). Pilatos no tenía la menor duda de que el hombre a quien habían entregado era inocente. Sin embargo, no había visto en él más que eso, un hombre, por lo que no iba a exponer su trono de vanidades, acumuladas a lo largo de su fatigosa vida, sólo por él. También es cierto que no tuvo mucho interés en profundizar sobre Jesús. De hecho, cuando le preguntó ¿qué es la verdad?, se dio media vuelta dejándole con la palabra en la boca (Jn 18,38).

La negligencia de Pilatos de buscar, de interesarse por saber si detrás de ese hombre había Alguien que le llevase a proclamar ¡ecce Deus!, había sido ya ejercida indolentemente por el pueblo de Israel. Fue víctima de la superficialidad hasta el punto de merecer, por así decirlo, esta interpelación de Jesús: ¿Por qué no reconocéis mi lenguaje? Porque no podéis escuchar mi Palabra… El que es de Dios escucha las palabras de Dios; vosotros no las escucháis porque no sois de Dios (Jn 8,43-47).

Cerrados sus oídos a su Palabra, tampoco sus ojos fueron capaces de ver en Jesús al Dios vivo encarnado. De ahí que cuando el gobernador de Judea les dio la posibilidad de escoger entre dos hombres, Jesús o Barrabás, decidieron escoger a este último, como diciendo: al menos éste tiene sangre en las venas para levantarse contra nuestros opresores.

He titulado esta catequesis: “Del ecce horno al ecce Deus” para dejar bien sentado que la fe adulta implica un salto cualitativo en lo que respecta a la apreciación y experiencia de Jesús. Es absolutamente necesario tener conciencia por medio de datos salvíficos personalísimos, escritos en nuestras entrañas, que el hombre de Nazaret es también el Dios que se hizo con y como nosotros: el Emmanuel.

Tú eres mi Hijo amado

El primero en proclamar que Jesús es el ecce Deus, en dar testimonio de su divinidad, es Yahvéh, Dios de Israel, su propio Padre. Recordemos el testimonio personalísimo que da acerca de Jesús en su bautismo: “Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco” (Mc 1,11). Por su parte, Mateo, en la teofanía de la Transfiguración, nos ofrece este testimonio del Padre no menos elocuente: “Este es mi Hijo amado en quien me complazco; escuchadle” (Mt 17,5).

El testimonio del Padre en la Transfiguración, que nos viene transmitido también por Marcos y Lucas, añade una puntualización con respecto al que hemos visto en el Bautismo. Yahvéh, Dios de los cielos, nos da a conocer su voluntad con respecto a su Hijo: que le escuchemos —“¡Escuchadle!”— Detrás de esta exhortación apremiante hay toda una revelación acerca del carpintero de Nazaret.

Está diciendo a todos los hombres: ¡Él es mi Palabra viva! El que le escucha alcanzará la vida eterna. El mismo Jesús se hará eco de esta misión que tiene, de dar vida eterna a los hombres por medio de su Palabra: “En verdad, en verdad os digo: llega la hora, ya estamos en ella, en que los muertos oirán la voz del Hijo de Dios, y los que la oigan, vivirán” (Jn 5,25).

Ahí tenéis a mi Hijo, ahí está Emmanuel, dice el Padre. Ecce Deus, aquí está nuestro Dios, proclaman por el mundo entero toda una legión innumerable de hombres y mujeres que le han conocido y que han podido experimentar, ver y oír, que está vivo, que sus palabras son espíritu y vida, tal y como El mismo lo anunció.

¿dónde o a quién vamos a ir, Señor?

¡Qué bien entendió Pedro que las Palabras de Jesús eran realmente espíritu y vida! Fue esto lo que en realidad le sostuvo ante la tentación de abandonar, casi diríamos, hasta de desprenderse —quitarse de encima—, del discipulado que de Él había recibido.

Recordemos los hechos. Cuando Jesús proclamó ante la multitud que sus palabras eran espíritu y vida, todos se escandalizaron. Sólo Dios tiene autoridad para decir que sus palabras tienen tal valor. ¿Cómo viene este hombre a decir semejante barbaridad? ¿Qué locura se ha apoderado de él? Así discurrían los miles de hombres que habían sido alimentados con los panes que Jesús había multiplicado. Se escandalizaron y se fueron. Quedó Jesús solo con los doce. No estaban menos escandalizados que los que se habían marchado. Sin embargo, había en ellos como un sello imborrable que ni siquiera sabían definir muy bien.

Solamente sabían que las palabras que oían a Jesús tenían algo que las de los sumos sacerdotes y doctores de la ley no tenían. Las de Jesús eran como si tuviesen sabor…, eso es, sabían a vida eterna. Eso es lo que, en nombre de todos, respondió Pedro a Jesús ante su interpelación de abandonar también ellos: “Señor, ¿dónde o a quien vamos a ir? Tú tienes palabras de Vida Eterna, y nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios” (Jn 6,68-69).

¿Dónde o a quién vamos a ir, Señor? han dicho siempre y continúan diciendo los verdaderos buscadores de Dios. Es cierto que muchas veces no entendemos muchas cosas. También lo es que tu rostro, por momentos tan diáfanos y luminosos, cambia totalmente y nos parece un espectro o un fantasma, como les pasó a los doce (Mt 14,26).

Aun así, al igual que los doce, también nosotros te decimos: ¿Dónde o a quién podemos ir, si sólo tú tienes palabras que son espíritu y vida? Sólo en ti reconocemos cumplida la promesa de Yahvéh, de que un día nos hablaría al corazón: “Por eso yo voy a seducirla —Israel como esposa— la llevaré al desierto y hablaré a su corazón” (Os 2,16).

tú eres el Hijo de Dios, su Palabra viva

Éste es nuestro problema contigo, dirán todos los buscadores de Dios a lo largo de la historia: nos has seducido, has cautivado nuestro corazón con palabras imborrables. Ni siquiera renegando de ti podemos arrancarlas de nuestro ser. ¿Dónde o a quién vamos a ir, si sólo tú eres el Hijo de Dios, su Palabra viva? Sólo tú nos abres a la eternidad, sólo tú tienes palabras de vida eterna porque eres el Santo de Dios. Tú eres el ecce Deus, aquel que, por negligencia y necedad, no alcanzaron a ver ni Pilatos, ni el pueblo amodorrado, ni nadie que anteponga sus intereses a ti.

¡Ahí está nuestro Dios! He ahí el grito jubiloso de los profetas de Israel, al anunciar la salvación del pueblo, su liberación de la opresión, del destierro. No es una liberación causada por una victoria bélica. Es Dios Salvador, Dueño y autor de la historia que la ha llevado a cabo como El ha querido.

De ahí los gritos de los amigos de Dios —los profetas—, gritos con los que intentan despertar al pueblo santo de su derrotismo y postración: ¡Despertad, ahí está nuestro Dios! ¡Ecce Deus! Recordemos la experiencia de Isaías, cuando Dios le empuja para hacer su anuncio de salvación: “Súbete a un alto monte, alegre mensajero para Sión; dama con Dios poderosa, alegre mensajero para Jerusalén, dama sin miedo. Di a las ciudades de Judá: Ahí está vuestro Dios” (Is 40,9).

¡Ecce Deus! ¡He aquí a mi Dios!

Jesús, el Profeta, el Hijo del Padre, el Emmanuel, Él es el Ecce Deus que salva al hombre. No dice, como los profetas: ¡Ahí está!; sino ¡Aquí estoy, Yo soy!

Por Él, todo buscador llegará un día a decir: ¡Tú eres mi Dios! ¡He aquí a mi Dios! Esta explosión del alma al reconocer a su Dios no lejano sino cercano, este poder vivir junto a Dios, es un don abierto a todo aquel que, apartando toda vanidad, le busca verdaderamente. Estos buscadores son hombres y mujeres cuyos “quereres” de la Verdad les han hecho insobornables a todo lo que es vanidad e inconsistencia. Pudieron así flanquear el umbral, siempre temido por su apariencia sinuosa y permeable, que da acceso al Misterio.

Flanqueado, es cuando pudieron decir: ¡Ecce Deus, he aquí a mi Dios! Contemplaron al que traspasaron (Jn 19,34), y se encontraron primero, de bruces, como Pablo, y después, una vez repuestos del asombro, cara a cara con su Dios y Señor.

En este contexto de reconocer en Jesús al Hijo de Dios vivo y, por medio de Él, al Padre, nos servimos de las catequesis de los Padres de la Iglesia que nos hablan de los sentidos del alma, los cuales tienen también sus funciones como las tienen los sentidos corporales.

Entre tantos testimonios, recogemos el de san Agustín por impactamos de forma especial, dada su fuerza y clarividencia. En sus comentarios al Evangelio de san Juan, escribe: “Si los sentidos del cuerpo tienen sus propios placeres, ¿no los ha de tener también el alma?” A continuación argumenta su tesis con la Escritura. Se acerca a los Salmos y nos ofrece este texto: “Dios mío, qué precioso es tu amor, por eso los hombres se cobijan a la sombra de tus alas. Se sacian de la grasa de tu Templo, en el torrente de tus delicias los abrevas; en ti está la Fuente de la vida y en tu luz vemos la luz” (Sal 36,8-l0).

aquel día vuestros ojos verán

San Pablo, por su parte, nos habla de los ojos del corazón. Ojos que tienen luz propia para comprender y contemplar las cosas de Dios, sus dones, la riqueza con la que reviste a sus hijos: “Que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, os conceda espíritu de sabiduría y de revelación para conocerle perfectamente; iluminando los ojos de vuestro corazón, para que conozcáis cuál es la esperanza a la que habéis sido llamados por él; cuál la riqueza de la gloria otorgada por él…” (Ef 1,17-18).

Verán al que traspasaron, dice Juan parafraseando a Zacarías, cuando sus ojos contemplaron al crucificado atravesado por la lanza del soldado. Verán y esperarán lo que los profetas denominaron “el día de Dios”. Es el día en que actuó el Señor, día de alegría y gozo” (Sal 118,24).

Se trata del día de la luz por excelencia. Es la obra que se presenta como “su maravilla ante nuestros ojos” (Sal 118,23). Es el día que el Padre, con el temblor propio de quien ha amado hasta la extenuación, arrancó con sus propias manos las losas del sepulcro que habían retenido a su Hijo, el Amado, en quien se derramaba su complacencia. Ese día la muerte fue vencida.

Ese fue el día en que el Padre recobró al Hijo y el Hijo recobró al Padre. Es también el día en el que le fue abierto al hombre el proceso de su divinización; el día anunciado por los profetas en el que el hombre, libre de la carga de los ídolos, se puede volver a Dios; el Uno, el Único. Día excelso acerca del cual nos habla proféticamente aquel que ha sido llamado el Consolador de Israel: “Aquel día se dirigirá el hombre a su Hacedor, y sus ojos hacia el Santo de Israel mirarán. No se fijará en los altares, obra de sus manos, ni en lo que hicieron sus dedos…” (Is 17,7-8).

“¡Aquel día!” dirán una y otra vez los profetas, animando a las almas abatidas de los israelitas cuando la tiranía de Babilonia se yergue majestuosa sobre ellos, ocultándoles todo atisbo de trascendencia. Todo se conjura contra ellos. Todo el pecado del mundo, incluido el suyo propio, les pesa… Mas la Voz no deja de resonar… ¡Aquel día! Aquel día vuestros ojos me verán… “Jesús, dirigiéndose al ciego le dijo: ¿qué quieres que te haga? El ciego le dijo: Maestro, quiero ver. Jesús le dijo: Vete, tu fe te ha salvado. Y al instante, recobró la vista y le seguía por el camino” (Mc 10,51-52).

Zaqueo representa a los buscadores de Dios

Aquel día es el hoy interminable de la salvación del hombre. Ese hoy que conoció Zaqueo cuando “se hizo como un niño” y se subió a un árbol para poder ver con sus propios ojos a Jesús que pasaba por Jericó. Mucho de fama, respeto y honor perdía Zaqueo al subirse al árbol como los demás críos. Pero más importante para él era ver a Jesús. Y como era pequeño de estatura, se encaramó al árbol.

Grande fue la apuesta de este jefe de publicanos de Jericó… y la ganó. Obtuvo el hoy de su salvación. Dos pares de ojos se cruzaron: los de Jesús que había venido a su encuentro, y los de Zaqueo que había apostado todo por Él. Al cruzarse sus ojos, se besaron el cielo y la tierra, y resonó “el Día, el Hoy de Zaqueo”. Oigamos este momento culminante narrado por Lucas: “Cuando Jesús llegó a aquel sitio, alzando la vista, le dijo: Zaqueo, baja pronto; porque conviene que hoy me quede yo en tu casa” (Lc 19,5) Le está diciendo Jesús: Hoy quiero hospedarme-encamarme en tus entrañas (Jn 14,23).

Zaqueo, en su ansia por encontrarse con Jesucristo, representa a todos los buscadores de Dios, aquellos que le buscan con la boca y el corazón, es decir, con honestidad y nobleza. En su búsqueda, no “nadó y guardó la ropa”. Por el contrario, al igual que Pablo (Flp 3,7-8), perdió todas las cosas por encontrar y descubrir en el hombre que pasaba por su vida al Dios que salva. Zaqueo hizo con Jesús su experiencia del “ecce Deus”, tal y como se manifestó en su resurrección. Le reconoció como Dios, le llamó Señor —Adonai— y le confió su alma arrojando de ella la cabeza y matriz de todos sus pretendientes, que no son más que parásitos: sus riquezas y dinero (Lc 19,8).

Libre de estos pretendientes tan poco recomendables, el alma de Zaqueo se pudo apretar contra Dios, como dice el salmista (Sal 63,9). Liberado de sus parásitos, falsos prometedores de vida, su alma encajó, se acopló de forma natural con su complemento: Dios.

Se hizo así realidad, en él, el Shemá (Dt 6,4-5), que podríamos traducir así: “Escucha, Zaqueo, sólo uno es quien encaja en tu alma. Te acoplarás al Único con todo tu corazón, con todas tus fuerzas, con todo tu ser. Zaqueo, desde ahora te podrás entrelazar conmigo porque yo, Jesús, el ecce homo, y también el ecce Deus, estoy hospedado en tu casa porque me buscaste.

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