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“Del llanto y la tristeza al consuelo y la alegría” 

«En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: “Os aseguro que lloraréis y os lamentaréis vosotros, mientras el mundo estará alegre; vosotros estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en alegría. La mujer, cuando va a dar a luz, siente tristeza, porque ha llegado su hora; pero, en cuanto da a luz al niño, ni se acuerda del apuro, por la alegría de que al mundo le ha nacido un hombre. También vosotros ahora sentís tristeza; pero volveré a veros, y se alegrará vuestro corazón, y nadie os quitará vuestra alegría. Ese día no me preguntaréis nada”». (Jn 16, 20-23a)

 


 

Del llanto y la tristeza al consuelo y la alegría”

 

Vamos a empezar por el final, y con una pregunta: ¿Por qué ese día no habrá nada que preguntar?; ¿Será porque quizá un día como aquel no es precisamente el mejor para andar preguntando? Puede ser también porque todo esté meridianamente claro; porque aquel día será sin ocaso y todo él inundado de luz: uno de los temas fundamentales del evangelio de Juan es la oposición permanente entre la luz y las tinieblas, en la que se cifra el drama de la existencia del hombre en la tierra.

El ejemplo propuesto por Jesús nos da la clave para comprender en profundidad el sentido de estos versículos de Juan, y sus conexiones con nuestra realidad concreta: la mujer da a luz, alumbra a su hijo, en el justo momento final en que el embarazo se consuma. Hasta la salida del hijo a la luz la mujer sufre físicamente, pero, sobretodo, sufre la tensión de una larga espera: el término “hora” concentra toda la presión, todas las ansias, expectativas, anhelos y miedos en un punto decisivo. Además, hay que advertir que en el pensamiento de Juan la “hora” es algo dinámico, que llega, que se ve que sobreviene, que ocurre y dis-curre en nuestra vida…, que nos alcanza, y que, no por esperada y conocida, deja de impactarnos y sobrecogernos. Nuestra vida real, material, de todos los días, está atravesada de estas horas. Los acontecimientos diarios y todas las etapas que van jalonando nuestra existencia, tienen un lado oscuro que es preciso iluminar, del mismo modo que también la Tierra y la Luna tienen sus fases y períodos “hacia la luz”.

Lo que distingue al Mundo, del  Reino  (“Vida Eterna” en el lenguaje de Juan) es que a aquel no le cabe la esperanza de la luz, y todo le es noche, como en el caso de Judas (Jn. 13, 30): una noche cerrada sobre sí misma, mientras que a quienes les es dada la Vida, la noche se les vuelve aurora y día.

Es común a todo el género humano el llanto y la risa, el dolor y el gozo; la cuestión está en qué dirección trascurren y qué orientación mantienen en el día a día. El gozo verdadero es un proceso, una hora de llegada y una transformación: un paso o Pascua. Lo que convierte a la tristeza en algo “malo” es que carezca de alumbramiento, de esperanza de transformación, es decir, que sea sólo noche, sin ningún otro horizonte.

Y este paso, esta transformación en luz; ¿cómo se opera, cómo se realiza? Es lo mismo que preguntar: ¿qué tengo, entonces, que hacer? Es la misma pregunta que le hicieron a Pedro en Pentecostés los judíos allí presentes. Jesús tiene para nosotros la respuesta: “Volveré a veros, y se alegrará vuestro corazón” (v. 22). Está claro: no hay que hacer otra cosa más que dejar que él venga a vernos y aceptarlo, sin preguntar nada.

Este no preguntar y sí aceptar su venida es otra forma de decir algo que es consustancial al cristianismo en su dimensión más práctica e inmediata: no es la ciencia la que da la Vida, al ser humano; la ciencia no; el amor. Se trata de una Persona que vuelve a nuestra condición real de seres humanos, de trabajo, de familia, económica, social, etc; y vuelve de esa misma situación nuestra en su vertiente más oscura y tenebrosa: es la Pascua del Señor realizada en la existencia.

Además, ya nadie podrá quitarnos esta alegría. La verdad de esta declaración del Señor es comprobable: “Pedid y recibiréis para que vuestra alegría sea completa” (v.24). Me basta pedir a Dios que sobrevenga la luz a mi vida, pedirla con insistencia, llamando incluso a golpes. Comprobaré si los hechos, mis hechos y acontecimientos confirman o desmienten lo que Jesús dice. ¿Para qué entonces preguntar? Mucho mejor, lo verdaderamente eficaz, es rezar.

Y se ve, ¿no?: ese día en que no hay nada que preguntar, sino rezar, comienza hoy.

César Allende

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