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Deslucido día familiar 

La ONU ha propuesto el 15 de mayo como “Día Internacional de la Familia”. Por lo menos el pasado domingo 15 ha tenido poco eco, y no es de extrañar. En realidad la actitud actual por parte de las autoridades frente al fenómeno familiar es ambigua. La institución familiar, tristemente, se ha vuelto una palestra ideológica, un lugar de confrontación intelectual, distanciándose así de lo que es en realidad: el nicho en el cual el hombre nace y florece, la fuente que alimenta el caudal de la sociedad, y si esa fuente está malsana y sucia, no cabe esperar una sociedad boyante y sana.

En principio una parte del erario público debería dedicarse a fortalecer a esta institución. De hecho en muchos países es así; ahora bien, ¿cómo se encauzan esos fondos? ¿Cómo apoyan a las familias reales? ¿Fomentan algún patrón de “modelo familiar”? ¿Hay algún tipo de apoyo real para las familias monoparentales?, ¿para las familias numerosas? Dicho sea de paso, las familias numerosas son las que aportan el principal capital a la sociedad, que no es el petróleo, sino las personas, y por ello deberían ser celosamente respaldadas ¿No se gastan ingentes cantidades de dinero, en cambio, en “redefinir el concepto de familia” o si se prefiere, en ampliarlo?, es decir, en algo totalmente inútil e irrelevante para las familias reales que luchan cada día por salir adelante.

Un botón de muestra. Recientemente un amigo me comentaba que intentó iniciar los trámites para adoptar un niño en la ciudad de México, pues, tras múltiples intentos, aquel matrimonio no consiguió embarazarse. Con total sencillez le preguntó la funcionaria en cuestión si era gay. Al responder que no, que tenía esposa, la misma persona le sugirió desistir de su intento, pues en estos momentos sólo se tomaban en consideración las peticiones de las parejas homosexuales y lesbianas para la adopción; únicamente “cubierta esta demanda” podrían atender su petición. Mi amigo prefirió intentar la adopción en una entidad federativa diferente, pero aquella anécdota nos coloca de frente a la amarga situación que sufre ahora la familia. En realidad no existe un interés sano por apoyarla, con todo lo que aquello beneficiaría a la entera sociedad, sino en redefinirla. Se descuida la realidad en aras de imponer una ideología.

De hecho las leyes, con el objeto de defender y fomentar el individualismo, en realidad han minado la institución familiar. Nada más fácil de romper que un contrato matrimonial; uno puede enfrentar más problemas por no pagar su lavadora que para romper su matrimonio, por lo menos en el ámbito legal. Culturalmente además todo invita a la infidelidad, a justificar la ruptura de compromisos, a la condescendencia con quien acaba con su matrimonio y destruye su familia para darse un respiro o una segunda oportunidad. Todo aquello se considera auténtico, señal de autodeterminación, de capacidad de ruptura con moldes trasnochados. Si a ello se le suma la facilidad con la que pueden entablarse relaciones de tipo sexual a través de las redes sociales (hay un app que detecta chicas cercanas con interés de mantener una relación), no nos puede extrañar que la familia esté en crisis.

La sociedad debería reconocer y premiar a quienes han sabido mantenerse fieles a la palabra dada hasta el final. No se trata, en ningún caso, de juzgar a quien no haya podido, por el motivo que fuese, sino en reconocer a quien lo ha conseguido. En realidad es un modelo a seguir, algo qué imitar. Lamentablemente, si ponemos atención, sólo son noticia las infidelidades y los escándalos de los famosos, nunca la fidelidad de la gente normal, conseguida a costa de tantos sacrificios. A veces, incluso, se considera negativa esa fidelidad, precisamente por el sacrificio y el costo que supone.

Es difícil promover un “Día de la Familia” en una cultura hondamente marcada por el individualismo, que es precisamente lo opuesto al fenómeno familiar: la apertura desinteresada al otro, la acogida del hermano por ser quien es, no por los beneficios que me reporta. Quizá lo primero que debería hacerse es apoyar realmente a la familia, ofrecerle incentivos laborales, fiscales, del género que sean. Fomentar la existencia de familias sanas, también por vías legales y apoyar a las enfermas, las que pasan dificultades y las disfuncionales. Y, por supuesto, dejar las “peleas ideológicas” para después, pues son aptas para debate de un café cultural, pero no para hacer frente a las rudas exigencias de la vida en el día a día.

 Mario Arroyo

Doctor en Filosofía

p.marioa@gmail.com

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