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Despierta a la vida, yo estoy contigo 
27 de enero
Por Mª Nieves Díez

«Excelentísimo Teófilo: Muchos han emprendido la tarea de componer un relato de los hechos que se han verificado entre nosotros, siguiendo las tradiciones transmitidas por los que primero fueron testigos oculares y luego predicadores de la palabra. Yo también, después de comprobarlo todo exactamente desde el principio, he resuelto escribírtelos por su orden, para que conozcas la solidez de las enseñanzas que has recibido. En aquel tiempo, Jesús volvió a Galilea con la fuerza del Espíritu; y su fama se extendió por toda la comarca. Enseñaba en las sinagogas, y todos lo alababan. Fue a Nazaret, donde se había criado, entró en la sinagoga, como era su costumbre los sábados, y se puso en pie para hacer la lectura. Le entregaron el libro del profeta Isaías y, desenrollándolo, encontró el pasaje donde estaba escrito:”El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado para anunciar el Evangelio a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad, y a los ciegos, la vista. Para dar libertad a los oprimidos; para anunciar el año de gracia del Señor”. Y, enrollando el libro, lo devolvió al que le ayudaba y se sentó. Toda la sinagoga tenía los ojos fijos en él. Y él se puso a decirles: “Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír”». (Lc 1,1-4; 4,14-21)


Comienza Lucas su Evangelio exponiendo su propósito de escribirlo “después de haber comprobado todo exactamente desde el principio”. Con esta intención investiga buscando los antecedentes de Jesús desde el misterio de la encarnación y la historia de Zacarías, con el origen de Juan el Bautista. La fuente es lógico pensar que proviene de María, por los detalles íntimos del pasaje de la anunciación, la visita a su prima Isabel y los extraordinarios acontecimientos del nacimiento de Jesús, que solo ella pudo comunicar, lo que da al relato del evangelista Lucas especial verosimilitud.

El pasaje central del evangelio de hoy es de una impresionante belleza, la figura de Jesús se muestra aquí especialmente digna y emocionante. El breve pero exacto programa de su misión en el mundo queda expuesto en su tierra ante sus paisanos, y con la frase: “Hoy se cumple esta escritura que acabáis de oír”, Jesús se da a conocer como el Mesías esperado a través de los siglos.

Su impresionante dignidad humana, la transparencia de la divinidad en su persona, les deja admirados por unos momentos. Más tarde  comienzan a dudar por la cercanía de su origen: ¿De dónde saca esa sabiduría el hijo del carpintero? Les resulta decepcionante para las expectativas que se habían formado los israelitas durante tantos siglos, enrocados en la idea de que Dios enviaría un caudillo político-militar, fuerte y definitivo. Sin embargo, las palabras de Isaías dibujan perfectamente lo que va a ser el Cristo, pues en todos los momentos de la vida pública de Jesús se cumple la profecía.

Este Jesús que, también nosotros vemos algo decepcionados en la cruz, no viene a vencer a los pueblos enemigos con nuevas armas, y nuevas estrategias, tampoco viene a dirigir la vida pública para legislar y ordenarla, ni para ser administrador aumentando las riquezas agrícolas y  del comercio. No, Él viene a traer una noticia nueva, que no había aparecido abiertamente en los comunicados del Yahvé del antiguo testamento, pero que hoy descubrimos  en esta profecía. Él ha venido a anunciar —por tres veces lo repite— un nuevo programa que los seres humanos tendrán que poner en práctica en sus vidas para ser fieles al mandato de Dios. Dios no es un sátrapa cruel que impone leyes para sentir el placer de su poder, sus mandatos son la única forma de que el hombre, varón y mujer, logre la ansiada felicidad. Para eso envía a su hijo, y eso es lo que Jesús lleva a cabo en su vida pública: Anunciar el camino hacia Dios  —padre de judíos y gentiles— y ponerlo en práctica con su vida y muerte.

En el programa de Cristo, al que decimos seguir, no aparecen los fines que persigue el hombre en la sociedad de hoy: Ser hábil para ganar dinero y poder, rodearse de amigos influyentes, lograr prestigio ante los importantes, sentirse en el grupo de los que son “algo”… Somos tan infantiles que nos deslumbran los brillos, los terciopelos, los sitiales, los estrados…

Pero, ¿ y sobre “los ciegos ven, los cojos andan, los presos son librados del cepo”?

Este plan que anunció Isaías y que los Israelitas no supieron ver es el programa del seguidor de Cristo: anunciar nuestra fe con la valentía de la paz y ayudar al hermano con la riqueza del desasimiento. Bien supieron ponerlo en práctica Francisco de Asís, Vicente de Paúl, Teresa de Calcuta, Juan de Dios, es decir todos los santos, y les admiramos por ello.

Nosotros, egoístas y mezquinos, regateamos a Dios y al prójimo, pretendemos seguir el mandato desde lejos, sin darnos totalmente, sin dejarnos enganchar del todo, porque no está bien visto el anuncio de Dios en nuestro entorno y hace falta mucha fe y una gran valentía para la entrega total. Pero queramos o no, sabemos que el camino del cristiano es  hacer, con la aportación de los valores y capacidades personales, laborales, y sociales que se nos han dado, un mundo que haga presente, visible a Dios; un mundo donde los odios sean disueltos con el dialogo y la comprensión, las carencias remediadas y los sufrimientos arropados por el amor.

No podemos devolver la vista al ciego o la salud al leproso, pero sí en la diaria convivencia comunicar a los que nos rodean la noticia gozosa de Cristo, y darles compañía y atención en sus penas y contrariedades. Teorizamos sobre las soluciones de los grandes problemas de nuestro desolado mundo, culpamos indignados a los ricos, a los políticos, a los poderosos, y no hemos entendido aún la parábola de la construcción del Reino, semejante al desarrollo del grano de mostaza; no nos damos cuenta de que la solución  está en cumplir esa tarea individual que cumplió Jesús y que nos encomienda con su ejemplo. Solo así daremos grandeza a nuestra pequeñez.

Mª Nieves Díez Taboada

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