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Destino: la eternidad 

La figura humana que el Señor modeló en barro con el “polvo del suelo”, era un objeto inanimado, y no se transformó en un ser viviente hasta que le “insufló en las narices el aliento”, el soplo del Espíritu Divino, la exclusiva fuente de la vida. Así se relata poéticamente por Moisés en el Génesis, y así fue creado Adán, padre de los hombres, que transmitió ese aliento divino a sus descendientes. Somos, pues, las criaturas más perfectas de Dios, y así lo proclamamos agradecidos frente a los que, huyendo de toda trascendencia, afirman que la presencia del hombre en la tierra es el fruto de una casualidad afortunada, o en todo caso, la consecuencia natural de la evolución biológica de seres inferiores e irracionales.

Pero ese soplo del espíritu, el que da la vida al hombre, se aloja y late para siempre en un alma inmortal, nunca perece. La esencia vital que Dios nos transmite a través de los padres, permanecerá inalterada por los siglos de los siglos. Su destino es la eternidad. Solo el barro del que fuimos modelados volverá al polvo del camino de donde lo tomó el Creador. Y es que Dios nos creó para la vida.

Considerad la ternura de Dios con nosotros. Plantó un jardín en Edén, al oriente, y en él “colocó al hombre que había formado”. Aún no había crecido la hierba en el suelo, ni habían brotado los árboles, pero Dios se hizo jardinero para procurar la felicidad de sus criaturas preferidas. Después le encargó a Adán que lo cultivase, pues no quería un hombre holgazán y desocupado, y le buscó una compañera que compartiera su vida, y le entregó la primera ley del género humano: “no comerás del árbol de la ciencia del bien y del mal”. Ya sabemos lo que ocurrió después, y cómo por la desobediencia y el pecado entró la muerte en el mundo.

la vida que nunca acaba

Sería aventurado discurrir sobre una vida sin muerte en el Paraíso. El Edén estaba en un lugar desconocido, y era un jardín de delicias, un huerto de árboles buenos para comer con frutos suculentos que se podían tomar con solo alargar la mano. Allí el hombre podía ser eternamente feliz y no conocería el dolor, ni el sufrimiento, ni la muerte. Ese era el maravilloso plan de Dios. Un plan que se frustró con la desobediencia de Eva y la condescendencia de Adán. Pero, ¿abandonó Dios definitivamente sus proyectos de una vida sin muerte para el hombre?

Antes de indagar sobre los casos en que Dios dispensó tan especial prerrogativa a los que estaban destinados para la corrupción del sepulcro, debemos meditar sobre el maravilloso diálogo de Jesús resucitado con Pedro y Juan (Ver Jn 21,18-23). El corazón de Pedro, a punto de recibir el encargo de Jesús para apacentar el rebaño de la iglesia, se angustiaba y enternecía ante las preguntas reiteradas del Maestro y la confesión arrepentida de su amor, tantas veces declarado ahora entre sollozos, como fueron sus negativas en la noche del dolor. Y Jesús le anuncia su martirio, como aquella otra vez lo hizo con Juan y Santiago que disputaban por los mejores puestos en su reino: “Pero cuando llegues a viejo—le dijo—, extenderás tus manos y otro te ceñirá y te llevará a donde tú no quieres”. ¿Os imagináis el corazón de Pedro al escucharlo?

Después, Pedro se volvió y vio a Juan, el que había recostado su cabeza en el pecho de Jesús, y conmovido le preguntó a Jesús:

—“Señor, y este, ¿qué?”

La pregunta era directa e impertinente. Pedro quería conocer la suerte del compañero después de conocer la suya. Y Jesús le responde de un modo enigmático y sorprendente, como solo puede hacerlo el que es dueño de la vida y de la muerte.

“Si quiero que se quede hasta que yo venga, ¿qué te importa? Tú sígueme”.

Junto al velado reproche de Jesús y el tono airado de su respuesta, late esa porción del misterio sagrado que siempre nos desborda, la certeza de que Jesús puede hacer que Juan permanezca hasta la parusía gloriosa del Hijo del hombre. Se corrió la voz entre los hermanos “de que este discípulo no moriría”, pero es el propio Juan el que nos aclara, que Jesús no dijo a Pedro “no morirá”, sino, “si quiero que se quede hasta que yo venga”, como una mera hipótesis que depende de su santo designio.

Y curiosamente va a ser Juan el que describa en el Apocalipsis esa segunda venida de Jesús, la definitiva, la que anunciaron los ángeles en su Ascensión gloriosa. Y  Juan, que murió bajo el Imperio de Trajano hacia el año 104, ejercerá para siempre ese papel trascendente de “testigo vivo de la palabra de Dios”, que escribió con la guía del Espíritu.

aquel que agradó a Dios

De Henoc se dice en Génesis 5,21-24, que “anduvo con Dios”. Esta expresión tan sublime, que también se utiliza para referirse a Noé, presupone la perfecta sintonía del corazón del hombre con Dios. Henoc, descendiente  de Set, el tercer hijo de Adán, fue el padre de Matusalén y vivió 365 años, los días de un año solar completo, “y desapareció porque Dios se lo llevó”.  Los Padres de la Iglesia entienden que no murió y que regresará al final de los tiempos para convertir a los gentiles, como Elías lo hará con los judíos, y San Judas Tadeo (primo de Jesús por ser sobrino nieto de San Joaquín y Santa  Ana, padres de la Santísima Virgen) nos lo presenta en la carta a los judíos cristianos como el profeta del juicio de Dios (Judas 14). Esta noticia maravillosa se confirma en Eclesiástico 49,16, donde se dice que: “Nadie hubo en el mundo igual a Henoc, pues fue arrebatado de la tierra”, y San Pablo, en Hebreos 11,5, elogiando la perseverancia en la fe, nos dejó otro testimonio de ello: “Por la fe, Henoc fue arrebatado en vida y no experimentó la muerte”.

Pero, ¿dónde lo colocó Dios?, ¿adónde lo llevó? Es un misterio. Santo Tomás de Aquino nos habla de un limbo de los Patriarcas donde los justos esperaban la Redención de Cristo, y Lucas 16, 22, nos dice que el pobre Lázaro ”fue llevado por los ángeles al seno de Abrahán”, pues el cielo estaba cerrado. Henoc fue hombre excepcional que inventó la escritura, la aritmética y la astrología, pero el Señor no lo eligió por esas cualidades para la inmortalidad. Su mérito fue “agradar a Dios” en todos sus actos y pensamientos.

Santo Tomás dice que Henoc fue trasladado por Dios al Paraíso. Pero, ¿qué paraíso? ¿Quizá el Paraíso Terrenal? ¿Será acaso aquel de donde fue expulsado el hombre, y que custodia un querubín de espada flamígera? Solo Dios lo sabe. Pero Henoc fue salvado de la corrupción por designio divino, y fue glorificado antes del Juicio Final.

testigo humilde y fiel

¿Qué le ocurrió a Moisés? ¿Dónde reposa el “salvado de las aguas”,  el cortesano de Egipto que huyó al desierto, el pastor de Madián, el confidente del Señor en las cañadas del Horeb, el elegido de Dios para liberar a sus hermanos, el único hombre que contempló la espalda de Dios, el juglar místico de la Torá, el poeta que escribió en los velos del firmamento, el legislador de Israel, el juez de su pueblo, profeta y sacerdote del Altísimo, Patriarca del que dice el Eclesiástico 45,1: “Por su fidelidad y humildad lo santificó, lo eligió de entre todos los vivientes. Le hizo oír su voz, y lo introdujo en la oscura nube”? ¿Murió realmente Moisés?.

Así se dice en el Deuteronomio: “Allí murió Moisés, siervo de Yahvé, en el país de Moab, como había dispuesto Yahvé. Lo enterró en el Valle. Nadie hasta hoy ha conocido su tumba”.  Dicen los Santos Padres que Dios envió a sus ángeles para que lo enterraran, pero en la dicción de la Biblia es el Señor quien le da sepultura. El Señor lo enterró. Dios acompañó hasta el sepulcro a su enviado más poderoso, al guerrero fuerte de Yahvé. En el pleno vigor de su vida le concedió el descanso, antes de llegar a la Tierra Prometida el Omnipotente lo escondió de la mirada de los hombres.

¿Acaso no están Abrahán, su mujer y sus hijos enterrados en la cueva de Macpelá, frente a Mambré, en la tierra de Canaán? ¿No son allí venerados por sus descendientes? Pero nadie conoce la tumba de Moisés. Quizá su muerte no fue como la de los demás hombres. ¿Murió Moisés como Henoc?

En 1861 se descubrió un manuscrito del siglo VI d.C., titulado “La Asunción de Moisés”, que reproduce otro del siglo I que se menciona en los catálogos apócrifos que manejaron Orígenes y Gelasio. En él se inspiró San Judas (9,15), para describir la lucha entre el arcángel Gabriel y el diablo por el cuerpo de Moisés, que provocó muchas especulaciones sobre su resurrección y asunción a los cielos.

En todo caso, las citas a Moisés y Elías como testigos del Señor abundan en estas especulaciones. Así cuando aparecen hablando con Jesús en el episodio de Tabor, y cuando se refiere a ellos el Apocalipsis (11,4-7): “Mandaré a mis dos testigos para que profeticen… Ellos tienen el poder para cerrar el cielo y que la lluvia no caiga…y sobre las aguas para tornarlas en sangre”. Se deduce fácilmente su personalidad por la precisa cita de los acontecimientos en que intervinieron. Y así, cuando Juan describe a los ángeles que portan las copas que rebosan de la cólera divina dice que entonaban “…el cántico de Moisés, siervo de Dios…” (Ap15,3), lo que destila un fuerte aroma a glorificación del que se nombra como “siervo de Dios”. El Señor lo sabe.

de lo efímero a lo inmortal

La distancia entre Dios y el hombre solo se mide con el amor. Tan grande en apariencia, como la calidad que distingue al Creador de la criatura, se acorta no obstante cuando la humildad del hombre y la condescendencia divina vibra en sus extremos. Así se escribieron las vidas de Moisés y de Elías, y ambos aparecen unidos históricamente por la teofanía del Monte Horeb, donde recibieron las consignas de Dios refugiados en la misma cueva que los protegía del esplendor de su gloria.

Elías se nos presenta como el paradigma fiable de todos los profetas, no solo por los milagros que obró en Sidón y en el Carmelo, sino por el aura de hombre de Dios que lo envuelve. Así lo señala Ocozías: “Es Elías el tesbita”, “un hombre vestido de pieles y faja ceñida a su cintura”, la misma descripción que Jesús realiza del Bautista, el profeta que lo sustituye en el oráculo de Miqueas como precursor del Mesías.

Al final de su tiempo Elías recibe la noticia de que será arrebatado del mundo. El anuncio es escalofriante. Dejar la tierra sin que la muerte nos cierre los ojos. Alcanzar la gloria con la vestidura del cuerpo que no necesita resurrección. Por la mañana en la tierra, y por la tarde en el cielo. De la finitud a lo infinito, de lo efímero a lo eterno, directamente a la presencia de Dios.

Pero este regreso del hombre al Paraíso, este retorno a la inocencia inicial, se realiza de un modo impresionante. Así se relata en el Reyes 2: “Iban hablando mientras caminaban, cuando de pronto un carro de fuego con caballos de fuego los separó a uno del otro. Elías subió al cielo en el torbellino” (2,11). Dios lo quiso y Eliseo lo vio.

María, llena de gracia

No hay mención expresa en los libros sagrados sobre la Asunción de María en cuerpo y alma a los cielos, pero desde los primeros tiempos de la Iglesia es esta una creencia firme y arraigada

Dice el Catecismo: “Finalmente, la Virgen Inmaculada, preservada inmune de toda mancha de pecado original, terminado el curso de su vida en la tierra, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria del cielo…”. ¿Murió realmente la Virgen y resucitó gloriosamente para ser llevada a los cielos por los ángeles de Dios, o acaso, sin pasar por la muerte, fue llevada hasta la gloria en los brazos de su Hijo? Recordemos que en el año 44, morando en la casa de Juan, fue transportada por el Espíritu a las orillas del Ebro para consolar a su hermano Santiago y confortarlo en su apostolado.

El catecismo nos habla de la Asunción de María como “…una participación singular en la Resurrección de su Hijo y una anticipación de la resurrección de los demás cristianos”, y parece decantarse por la primera posibilidad. La tradición cristiana nos habla también de su muerte real en Éfeso o Jerusalén, a la edad de 63 ó 68 años. El discípulo Juan que la acogió en su casa estaba con ella cuando sucedió, pero lo que vio está guardado en su corazón. Para nosotros queda el misterio inefable, donde caben los más bellos pensamientos, porque Dios la quiso hacer suya en cuerpo y alma para la eternidad.

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