Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|jueves, agosto 13, 2020
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Día de la Iglesia Diocesana. 

Un año más, en el mes de noviembre, el pasado domingo, celebramos el Día de la Iglesia Diocesana. «La Iglesia contribuye a crear una sociedad mejor. Ayuda a tu parroquia, ganamos todos». Este es el lema elegido para celebrar este día.

La Jornada quiere contribuir a crear conciencia de nuestra pertenencia afectiva y efectiva a la Iglesia. Además, el Día de la Iglesia Diocesana nos habla a todos los creyentes de la fe común, vivida y profesada en comunidad y nos remite a la tradición apostólica, porque al frente de ella está nuestro obispo, sucesor de los apóstoles.

Nuestra Iglesia diocesana no es, por tanto, algo ajeno a cada uno de nosotros, los católicos; es nuestra Iglesia, donde nacemos a la fe, la cultivamos, la celebramos y la vivimos: momentos felices: bautismos, bodas, menos felices: entierros, enfermedades, etc. Y en casi todos los momentos importantes de nuestra vida. Y no solo por nosotros, porque la Iglesia ayuda tb a los más necesitados de nuestra sociedad, como se está poniendo de relieve ante la crisis económica, a través de Cáritas, parroquias, asociaciones, etc. Además La Iglesia está también presente en la cultura, la enseñanza y la educación en general. Ayuda a las Misiones y la cooperación internacional. La Iglesia contribuye a la conservación y promoción del patrimonio cultural, histórico y artístico nacido de la vivencia de la fe y puesto al servicio de la sociedad.

La naturaleza íntima de la Iglesia se expresa en una triple tarea: anuncio de la Palabra de Dios (kerygma), celebración de los Sacramentos (liturgia) y servicio de la caridad (diakonia). Son tareas que se implican mutuamente y no pueden separarse una de otra. Para la Iglesia, la caridad no es una especie de actividad de asistencia social que también se podría dejar a otros, sino que pertenece a su naturaleza y es manifestación irrenunciable de su propia esencia.

Por eso, como miembros de la Iglesia, estamos llamados a la comunicación cristiana de bienes y «ayudar a la Iglesia en sus necesidades» y no como una ley, claro está, sino sintiéndonos parte viva y real de la misma. La Iglesia necesita de nuestra ayuda material ciertamente, como también necesita de nuestra oración, de nuestra santidad y de nuestro amor. En este Año de la Fe y en unas circunstancias sociales tan apremiantes, esto es quizás más que nunca un imperativo para todos.

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