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El amor de Dios y el matrimonio 
14 de Junio
Por Javier Leceta Martínez

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Habéis oído el mandamiento “no cometerás adulterio”. Pues yo os digo: El que mira a una mujer casada deseándola, ya ha sido adúltero con ella en su interior. Si tu ojo derecho te hace caer, sácatelo y tíralo. Más te vale perder un miembro que ser echado entero en el infierno. Si tu mano derecha te hace caer, córtatela y tírala, porque más te vale perder un miembro que ir a parar entero al infierno. Está mandado: “El que se divorcie de su mujer, que le dé acta de repudio.” Pues yo os digo: El que se divorcie de su mujer, excepto en caso de impureza, la induce al adulterio, y el que se case con la divorciada comete adulterio» (San Mateo 5, 27-32).

COMENTARIO

Esta lectura habla sobre el matrimonio a la luz del evangelio. Un asunto problemático a lo largo de toda la historia de la humanidad. Cuando Cristo habla del matrimonio, porque se lo preguntan, su doctrina es un escándalo. Hasta sus mismos discípulos le dicen: si esta es la condición del hombre respecto a su mujer, es mejor no casarse. Porque hay que mirar el matrimonio cristiano (en la Iglesia, por la Iglesia y para la Iglesia) como un sacramento. Un sacramento en el que Dios nos da su gracia. El matrimonio es el sacramento del amor: se ama como ama Dios, para siempre. Cristo no cesa de cuidar a la Iglesia: la ama siempre, la cuida siempre, como a sí mismo. La imagen de Dios es la pareja matrimonial: el hombre y la mujer; no sólo el hombre, no sólo la mujer, sino los dos. Esta es la imagen de Dios: el amor; la alianza de Dios con nosotros está representada en esa alianza entre el hombre y la mujer. San Pablo en la Carta a los Efesios, pone de relieve que en los esposos cristianos se refleja un misterio grande: “Por esto dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne. Grande es este misterio; mas yo digo esto respecto de Cristo y de la iglesia” (Ef 5, 21-33).

Y el amor de Dios es sin condiciones, para siempre y en todas las circunstancias. Por encima de nuestros pecados. Esta es la experiencia del pueblo de Dios. Por eso, como Dios no nos rechaza, a pesar de nuestros pecados y es siempre fiel y siempre nos ama, su imagen, que es el matrimonio, excluye el divorcio.

Es verdad que en la vida matrimonial hay muchas dificultades. Y muchas veces el marido y la mujer se pelean, la condición humana es así. Pero el secreto es que el amor es más fuerte. Lo importante es mantener viva la relación con Dios, que es el fundamento del vínculo conyugal.

Por eso este evangelio no es una imposición, es la belleza del matrimonio cristiano. Y ante esta belleza no hay que poner los ojos en otras bellezas pasajeras, que nos ponen en el peligro de no tener puestos nuestros ojos en amor de Dios y su alianza.

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