Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|martes, agosto 4, 2020
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Dichosa por tu fe 

San Lucas pone en boca de Isabel en su Evangelio: «Dichosa la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor». (Lc 1,45). Fue la exclamación al darse cuenta de que la fe de Israel nacida en Abrahán, se hacía realidad por la fe de María. Isabel percibió que allí, delante de ella no solo estaba su pariente, sino el principio de un nuevo orden de cosas. El Evangelio de Lucas lo repetirá luego hasta la saciedad.

María no es solo bienaventurada por haber llevado en su vientre y amamantado a Jesús, sino por haber creído en Él y por haber escuchado el saludo del ángel como Palabra de Dios que se cumplía en ella. «Sucedió que, estando Él diciendo estas cosas, alzó la voz una mujer de entre la gente, y dijo: “¡Dichoso el seno que te llevó y los pechos que te criaron!”. Pero Él dijo: “Dichosos más bien los que oyen la Palabra de Dios y la guardan”». (Lc 11,27-28)

Y María es el primer ser humano en hacer el «paso» de la felicidad de la carne a la del Espíritu, integrando ambas en la experiencia del Señor, el Mesías prometido, más hijo suyo que de David, llamado por ella Jesús, y por los suyos, no de Belén donde nació, sino de Nazaret como ella misma.

«¿de dónde que la madre de mi Señor venga a mí? »

El rezo sencillo del «avemaría» supone una participación de esa dicha de fe, bienaventuranza específica de la mujer que dio lugar a nuestra salvación. La humildad y alegría de Isabel y del hijo en su seno, fueron el primer fruto del gozo en el Espíritu Santo provocado por la presencia y saludo de María. Sin ver al niño, Isabel creyó y gozó,  así la bienaventuranza que luego proclamó Jesús a su apóstol Tomás: «Has creído porque me has visto. Dichosos los que aun no viendo creen». (Jn 20,29)

¡Quién pudiera sentir aquella primera gracia en el saludo! ¡Quien pudiera vivirlo con la fuerza y claridad de Juan, Zacarías e Isabel, que saltaron de gozo y dieron gracias a gritos —incluso antes que el bendito José— ante la presencia oculta en el vientre de María aún del Verbo de Dios. Sin poner reparo alguno a la noticia, nunca oída, de que una virgen concibiese en su seno sin dejar de ser virgen, ellos bendijeron a Dios y a María.

Algunas mujeres antes habían concebido fuera de su periodo fértil de vida, en la Historia Sagrada de Israel, incluso Isabel tenía esa experiencia. Pero que una virgen concibiera sin intervención de varón no era cosa fácil de creer. Se necesitaba y se necesita un regalo del Espíritu, que se dio allí y que se da en nosotros cuando oramos con fe.

Completar la bendición al «fruto de la fe» de María, no es sino reconocer en ella el nuevo camino de la Iglesia, como hizo su pariente en el mismo acto en que la bendijo por el fruto de su vientre. «¡Feliz la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!» (Lc 1,45). Isabel como signo de Israel la llamó «dichosa por su fe», y fue entonces cuando María proclamó el canto del Magníficat.

aurora de la salvación

Lucas quiere así unir el fruto de la fe con el fruto del vientre virginal. Nuestra alabanza se unifica también ahora en ese mismo fruto. María había concebido en su vientre de mujer, el fruto de la fe de toda la historia de salvación. Había unificado en su interior toda la bendición en plenitud de la humanidad, y el Evangelio de Lucas lo dirá enseguida de otra forma: «María guardaba todas estas cosas en su corazón». Así, cuando nosotros lo recordamos hoy, cuando la bendecimos por su fe, estamos haciendo historia de salvación de Dios en la humanidad, junto con ella.

La entrada de Dios en la historia humana como uno más de los hombres que la componen, se evoca y aprovecha en cada impulso de la oración que recitamos por María. Cada recitación es como una vuelta de la rueda de un carro que nos acerca al final del viaje. Aunque su forma de ser concebido físicamente por María difiera de la nuestra, ya que fue fruto directo del Espíritu Santo modelado en un óvulo de María —seguramente su primera ovulación—, así se inició la nueva creación, y es precisamente el ser fruto de un vientre de mujer lo que hace a Dios un hombre como nosotros en nuestra historia.

estrella de la nueva humanidad

Excepto en su concepción, en lo demás la vida de Jesús fue como la nuestra. Incluyendo la muerte. Hay sin embargo, visto desde hoy, una diferencia. Cuando se le proclama «fruto bendito de tu vientre» se está dando por el evangelista Lucas, el fundamento de todas las bendiciones. Las del Israel de siempre y las del pueblo nuevo de la Iglesia. Al recitar esa bendición en la oración sencilla, los orantes entramos al mundo misterioso de la Palabra Hermosa, de la Palabra de Vida, de la Palabra de Dios bien dicha, de la Ben-dicción del fruto de la humanidad.

Los que ahora hacemos realidad aquella profecía orando, estamos haciendo de nuevo realidad efectiva y afectiva en nuestra vida la alegría de María, de Isabel, de Zacarías, de Juan Bautista, de los pastores, de los magos, y de todos lo que supieron y se alegraron con la Noticia. Por eso la oración, cada oración del Rosario, cada avemaría, será como una piedra preciosa del tesoro eterno de esa nueva humanidad: «Gracia, plenitud de gracia del Señor que está en ti. Bendita por el fruto de tu vientre…».

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