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DA FRUTO EL QUE ESCUCHA LA PALABRA Y LA ENTIENDE 
26 de Julio
Por Ángel Pérez Martín

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Vosotros oíd lo que significa la parábola del sembrador: Si uno escucha la palabra del reino sin entenderla, viene el Maligno y roba lo sembrado en su corazón. Esto significa lo sembrado al borde del camino. Lo sembrado en terreno pedregoso significa el que la escucha y la acepta en seguida con alegría; pero no tiene raíces, es inconstante, y, en cuanto viene una dificultad o persecución por la palabra, sucumbe. Lo sembrado entre zarzas significa el que escucha la palabra; pero los afanes de la vida y la seducción de las riquezas la ahogan y se queda estéril. Lo sembrado en tierra buena significa el que escucha la palabra y la entiende; ése dará fruto y producirá ciento o sesenta o treinta por uno» (San Mateo 13,18-23).

COMENTARIO

Hoy nos viene a refrescar este tiempo particular de verano —en todos los sentidos—, un Evangelio de San Mateo que el evangelista coloca en la sección IV titulada «El misterio del Reino de los Cielos». Mateo divide esta sección en dos partes: la primera la denomina «sección narrativa» y en ella describe a Jesús rechazado por “esta generación”, mientras que a la segunda la llama «discurso parabólico»-; esta parte consta de siete parábolas relacionadas con el Reino de los Cielos.

La Palabra de hoy es una Palabra clara que necesita poca explicación y que viene a cada uno de nosotros a preguntarnos acerca de nuestra actitud. La semilla es Jesús, donde Dios ha mostrado todo su amor y lo que está dispuesto a hacer por cada uno de nosotros. La tierra es nuestro corazón y cómo lo hemos trabajado. La libertad es la capacidad que tú y yo tenemos para preparar ese corazón, para llenarlo de lo que queramos. El Señor nos muestra tres tipos de corazón, uno duro e impermeable, otro burgués e inconstante y por último el mundano e idólatra. No nos engañemos, si tenemos un corazón que se identifica con alguno de ellos, en nuestra vida no se dará el Reino anunciado por Jesucristo. Él  viene a habitar en otro tipo de corazón: un corazón contrito y humillado, sencillo, sufriente, que dice «hágase»; este corazón es el que produce fruto. Los mártires eran identificados con el «ciento» que produce ese corazón; posteriormente los eremitas —que abandonaban el mundo y su oferta por encontrarse con el Señor— fueron reconocidos por este «ciento». Esta palabra nos habla de oír y entender.  Ese entender que utiliza Jesús en la parábola no tiene el significado literal de entender desde la razón; cuando en los versículos anteriores Jesús explica a sus discípulos el porqué les habla en parábolas, recuerda al profeta Isaías: Oír, oiréis, pero no entenderéis… Porque se ha embotado el corazón de este pueblo. El Señor se nos presenta, en medio del verano, no para darnos una palabra que nos acuse y condene, sino todo lo contrario. Es una palabra que viene a escudriñar nuestro corazón y a decirnos ¡no temáis! si trabajáis vuestra vida, si aceptáis los acontecimientos que el Señor os regala en la historia como una palabra de amor, si perseveráis, si vivís en tensión, en espera, en vosotros se darán los frutos que identifiquen ese Reino que ha instaurado el Mesías para todos nosotros.

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