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Dies Natalis 

“Porque esta es la voluntad de mi Padre: que todo el que vea al Hijo y crea en él, tenga vida eterna y que yo le resucite el último día”. (Jn 6:40)

El futuro de la humanidad pasa por la familia. En ella se enraízan las realidades que el hombre precisa para madurar, las verdades que nos hacen dirigir nuestros caminos hacia lo esencial, la trascendencia que nos hace personas y nos alienta de esperanza para un futuro que siempre apa – rece incierto y temeroso. Ella es el fogón donde la levadura fermenta. Sin esa lumbre la masa queda cruda; el hombre no crece, no tiene el discernimiento para reconocer el bien y el mal. ¿Dónde lo aprenderá si no es en la familia?; y sin esa instrucción, en la madurez, ¿cómo se defenderá ante el sufrimiento, los acontecimientos adversos, el fracaso, la debilidad, la enfermedad, la incomprensión, las equivocaciones, las ofensas y desprecios, las decepciones, las dudas…? “El niño crecía y se fortalecía; progresaba en sabiduría, y la gracia de Dios lo acompañaba” (Lc 2,40).

Sin la familia el ser humano pierde la conexión con la realidad, porque no ha crecido con ella, no se ha formado en lo esencial y, aunque exteriormente, cuando es adulto aparece como un individuo normal, su ser interior se ha transformado en un pelele sometido y esclavo de la tiranía del egocentrismo. Sin raíces cualquier viento o aguacero le hace derivar hacia las corrientes de moda, hacia las ape – tencias más diversas y caprichosas, hacia el aislamiento, la incomunicación y la soledad “como un hombre pru – dente, que edificó su casa sobre la roca. Descendió la llu – via, y vinieron ríos, y soplaron vientos, y golpearon contra aquella casa; y no cayó, porque estaba fundada sobre la roca” (Mt 7, 24). La familia es un balandro que navega sobre las aguas del mundo y la muerte; los hijos, como el velamen que recoge los vientos y la hace avanzar hacia el oriente, hacia la verdad, hacia la belleza, hacia la bondad. Sin ellos la embarcación va a la deriva, subyugada a la violencia del oleaje de las adversidades, al capricho de las mareas que imperan, a las tormentas de la impotencia y al naufragio de la sabiduría y el discernimiento. No hay esperanza sin la familia. Toda relación nace frustrada, pues la mirada ya no está en el otro, sino en la ambición de ser, en el temor a la muerte que nos somete a la servidumbre del pecado.

“Por tanto, así como los hijos participan de la sangre y de la carne, así también participó él de las mismas, para aniquilar mediante la muerte al señor de la muerte, es decir, al Diablo, y libertar a cuantos, por temor a la muerte, estaban de por vida sometidos a esclavitud” (heb 2, 14). “Pero no hemos recibido un espíritu de esclavos para recaer en el temor, sino un espíritu de adopción que nos hace clamar ¡Abba, Padre!” (Rom 8, 15). Pues este mundo no es nuestra casa, ni esta vida es nuestra vida. Vivimos en el exilio, oprimidos diariamente por este mundo, pero aguardando ansiosos el “Dies Natalis”, el comienzo de la nueva tierra, de una vida que no tiene fin; el día del nacimiento a la herencia que Dios nos ha donado en Jesucristo: la vida eterna.

Porque estar contigo Señor, es, con mucho, lo mejor.

                                              Jorge Santana

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