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Diez cautelas útiles para un católico ante la Cumbre del Clima y el alarmismo medioambiental 

En medio de una gran expectación, Greta Thunberg llegó a Madrid como emblema mediático de la Cumbre del Clima que estaba previsto celebrar en Santiago de Chile y tendrá lugar en la capital de España hasta el 13 de diciembre.

 

Greta Thunberg, en una muestra de apoyo al Orgullo Gay de Estocolmo.

“¿Cuál debería ser la actitud de un católico ante un evento como la Cumbre de las Naciones Unidas sobre el Clima que está teniendo lugar en Madrid (Cop 25)?”: es la pregunta que se plantea Stefano Fontana, director del Observatorio Internacional Cardenal Van Thuân sobre la Doctrina Social de la Iglesia, en La Nuova Bussola quotidiana, a la que responde con diez criterios de prudencia y cautela ante la unidireccionalidad y acientificidad de los mensajes lanzados unánimemente por los medios sistémicos en estos días:

Primero

Debe ser respetuoso sobre la magnitud del problema. Sobre las causas del calentamiento global atribuibles al hombre no hay en absoluto un acuerdo entre los científicos. Y, por consiguiente, tampoco hay acuerdo sobre la oportunidad o necesidad de inducir costosos cambios en los comportamientos humanos, dado que éstos no son la causa de los cambios climáticos. Una pequeña variación de temperatura en el Océano Pacífico tiene un impacto sobre el clima infinitamente mayor que todas las intervenciones humanas. La fe pide al católico guiarse según la razón, y en consecuencia no prescindir de la ciencia ni hacerle decir lo que no dice.

Segundo

El católico debe ser realista y no obviar el hecho de que las hipotéticas intervenciones humanas para reducir el calentamiento global tendrían un coste elevadísimo. Por tanto, es lícito pensar que existen importantes intereses impulsando que se adopten esas inversiones. Si se condena la especulación económica de las empresas de un sector, habría que hacer lo mismo con las de otros sectores. La green economy [economía verde] no es celestial por naturaleza.

Tercero

El católico no debe entregarse a alarmismos atemorizantes. Este lunes, Avvenire titulaba: “Última llamada para el mundo”. El milenarismo de los ecologistas es conocido desde hace tiempo y son innumerables las previsiones que han hecho en el pasado sobre el colapso que sufriría nuestro planeta, sobre todo por la superpoblación. Previsiones que no se han cumplido. El católico no debe adaptarse a estas previsiones catastrofistas, sobre todo si no tienen base científica.

Cuarto

La postura católica, sobre todo la manifestada por la Santa Sede o por las conferencias episcopales, no debería nunca alinearse con decisiones políticas. No habría que tener tanta prisa, por ejemplo, en hacer propias las decisiones de la cumbre del clima de París o de Katowice, el año pasado. Son decisiones políticas que implican opciones contingentes y complejas, y se corre el peligro de ser considerados parciales. La Iglesia debería proponer los grandes principios, y no sumarse a las soluciones políticas que dividen el campo entre “buenos” y “malos”. Si no lo hace en tantos otros ámbitos, ¿por qué tendría que hacerlo en éste?

Quinto

El católico no debería nunca utilizar la expresión “Madre Tierra”, sobre todo con mayúsculas, ni adherirse a documentos que empleen esta expresión gnóstica, esotérica e idolátrica. No es legítimo justificar su uso apelando a San Francisco ni a su Cántico de las Criaturas, que no tenía nada que ver con el esoterismo. Lamentablemente, muchos documentos eclesiásticos adoptan ahora esa expresión, dándose el caso de que no hablan de Cristo, pero sí de la Madre Tierra.

Sexto

El católico no debería nunca equiparar inmediatamente la ONU con el Bien, y convertir cualquier conclusión de una cumbre de la ONU en un deber absoluto para las personas responsables. Sabemos con total certeza que las agencias de la ONU suelen llevar a cabo acciones ideológicas contrarias al verdadero bien del hombre. En particular, la Iglesia no puede adaptarse a las Naciones Unidas ni compartir su lenguaje. Por ejemplo, no debería hacer propia acríticamente la Agenda de Desarrollo Sostenible de la ONU para 2030. En las cumbres de El Cairo o de Pekín de los años 90, la Iglesia fue crítica hacia estas posiciones. Debería seguir siéndolo.

Séptimo

Los gobiernos no deberían nunca aceptar órdenes de entidades supra-estatales sobre estas temáticas, porque detrás de las “directivas” de los organismos políticos supra-estatales, como la Unión Europea, se esconden visiones sobre las relaciones entre el hombre y la naturaleza que pueden ser erróneas.

Octavo

Un católico, y menos todavía la Iglesia, no debe dejarse deslumbrar por manifestaciones callejeras que suelen estar manejadas y financiadas en la sombra, incluso cuando se trata de manifestaciones juveniles. Corear lemas teledirigidos y salir a la calle junto a estudiantes reclutados puede hacerle a uno muy famoso, pero no necesariamente justo.

Noveno

Cuando se habla de ecología medioambiental, la Iglesia y los católicos deberían siempre procurar que se hable también de ecología humana. No solo ambas cosas no van separadas, sino que la ecología humana deber tener siempre la prioridad sobre la medioambiental. Si no se habla también de la lucha contra el aborto, hablar de la lucha por la biodiversidad no solo es reduccionista, sino engañoso.

Décimo

Los católicos no deberían hablar nunca de naturaleza sin añadir que es “creada”, y nunca deberían hablar de lo creado sin hablar del Creador: faltaría la perspectiva decisiva y sería como decir que las cosas pueden ir bien sin Dios. Lo cual, por lo demás, contrasta con eso que se dice hoy en la Iglesia de que existe un pecado de “ecocidio”. Se dice esto, pero cuando se mencionan los problemas medioambientales no se habla nunca del Salvador.

Publicado en La Nuova Bussola Quotidiana.

Traducción de Carmelo López-Arias.

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