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“Dios, belleza y libertad” 

El pasado verano, en el Palau de la Música de Valencia, se clausuraba la exposición multidisciplinar “Art is relation” del pintor español David López (Valencia, 1972). Actualmente prepara un proyecto más vanguardista para el Almudí de Valencia, titulado Las Moradas, con siete video-instalaciones donde reflexiona sobre la “sacramentalidad” del hogar como Iglesia Doméstica. Dos obras suyas formaron parte de la muestra de arte contemporáneo ARTE+FE, dentro de los actos oficiales de la JMJ. Está previsto que esta muestra vaya al Vaticano y al National Museum of Christian Art de Washington (EE.UU.).
David López ha presentado sus obras en múltiples ocasiones en Valencia, Madrid, París, California y Nueva York, tanto en exposiciones individuales como en colectivas de galerías y museos. Ha sido asesor cultural del Instituto Cervantes de París, y fundamentalmente desde hace doce años es colaborador del pintor e iniciador del Camino Neocatecumenal, Kiko Argüello, en la realización de pinturas murales en numerosas iglesias de todo el mundo.
Con estos trabajos, el artista reflexiona en torno a la concepción integral de la persona, sobre su relación entre cuerpo y alma, contemplación y transcendencia, entre su materia y su espíritu. Su obra no es – ni pretende ser – arte sacro. No obstante, quiere ser una reflexión sobre la posibilidad del arte contemporáneo de dialogar con la fe, como él mismo explica en esta entrevista concedida a ZENIT.
-El Papa Benedicto habla de la “via pulchritudinis”, de la “via de la belleza” para llegar a Dios. Esta vía, ¿es posible en el arte contemporáneo, que parece rechazar el concepto tradicional de belleza?¿Es posible que el arte contemporáneo entre en diálogo con el pensamiento cristiano? ¿Cómo puede hacerlo?
-No solo es posible, sino que es necesario. La filosofía y la antropología que la acompaña se traducen en cultura. Nietzsche tiene una consecuencia cultural, que es el arte de Duchamp. Cuando Nietzsche moría, estaba naciendo Duchamp como artista. Nietzsche dijo “Dios no existe”, y treinta años después, su “hijo” cultural diría: “la belleza ha muerto”. Cito a Duchamp porque es el padre de todo el arte contemporáneo. No existe la belleza porque no existe Dios. Él hace un acto irónico, que es coger un urinario y ponerlo como obra suya en un museo.
Irónico… incluso un acto violento. Cuando desaparece Dios desaparece la fe, desaparece el sentido del sufrimiento… Duchamp vivió entre dos guerras mundiales, en un periodo de escepticismo. Si no existe Dios, ¿cómo podemos hablar de belleza?¿dónde está? Desde entonces, el arte toma este camino.
Y paradójicamente el hombre necesita la belleza. El Papa dijo en Barcelona que la necesidad fundamental del hombre es la belleza. Impresionante. Y esto esta ligado al Misterio del Mal en el mundo. Hoy la falsa ecología defiende la naturaleza como ultimo reducto de belleza, descartada del hombre y de la historia. Así se entiende que defendamos antes una especie vegetal o animal que la vida humana.
De hecho, hoy entre los artistas hablar de la belleza es algo que no esta de moda. Pero es una cuestión que yo necesito volver a proponer. Se han escrito cientos de cosas sobre la belleza, de hecho mi intención no es proponer algo nuevo, sino actualizar algo que siempre ha estado, porque ya no está.
Como cristiano, en mi obra esta siempre esto, porque lo que uno vive es lo que refleja, haga un limón o una burra. En este sentido, mi reciente exposición de Valencia iba un poco más allá, pues cogí un motivo antropológicamente cristiano, para hablar de la existencia de Dios, de la existencia de la belleza, de la existencia del sentido.
La gente se acerca a un paisaje, contempla un paisaje, y le gusta, siente un placer estético, un placer que está ligado al amor. Y ya está, no tiene porqué profundizar más. En lo que conforma esa experiencia estética hay una matemática, pero el espectador no necesita entenderla. Uno no necesita entender científicamente una naranja para disfrutar de ella, aunque haya una explicación científica: la combinación de azúcares con aminoácidos, etcétera.
Cuando hay algo bello, hay una matemática, una relación entre materiales, texturas… y eso conforma la belleza, la mayor parte de las personas la disfruta. Pero los artistas son capaces de acercarse intuitivamente a la relación que hay detrás de esa belleza: las materias se dan valor mutuamente porque están en relación.
Los artistas lo traducimos en obras, materiales, texturas, colores… Por ejemplo, una curva necesita una recta, una mancha necesita una línea, un color plano necesita un color movido… Estas son las herramientas con las que se recrea la belleza, sea en pintura como en música, donde el sonido necesita del silencio, un agudo de un grave, etcétera.
Esto forma parte de la experiencia existencial del hombre, y tiene que ver con la bendición: El hombre esta hecho para la bendición, y sufre porque no puede estar en bendición. Quien nunca haya experimentado el frío, no sabe lo que es el calor. Si nunca hubiéramos pasado frío, nunca podríamos bendecir por tener una chimenea; si nunca hemos pasado hambre, no podríamos bendecir por comer un buen cordero… Todo está en relación, y contribuye a darse valor mutuamente. Los artistas traducimos esta relación que hay en la materia en formas y colores; eso es un cuadro. Y ese cuadro tiene que ser bello en su relación de materias, sea una Virgen, un burro, o no sea nada. Este es el primer nivel del arte.
En mi caso, además, me interesa darle un contenido, y este sería un segundo nivel. Esas formas que tienen que “funcionar” entre sí y ser bellas, además tienen que tener un contenido. Porque el arte no es solo relación entre materias, sino que es relación entre personas, es comunicación.
Este es otro aspecto que la postmodernidad ha quebrantado, al exaltar el individualismo. Muchos artistas, si les preguntas el significado de su obra, niegan que lo tenga, sino que pintan para sí mismos, se cierran al diálogo, “no quieren decir nada”.
Hay un tercer nivel del arte, y es el de relación espiritual. El arte siempre ha sido espiritual, ha expresado relación con lo divino, lo que no hay que confundir con el arte propiamente sacro. Desde Altamira hasta el siglo XX, el arte siempre ha expresado lo espiritual; es precisamente en el siglo XX cuando aparece, por primera vez en la historia, una sociedad “atea” . Siempre ha habido personas no creyentes, pero este nunca había sido un planteamiento de la propia sociedad. El arte, como dijo Juan Pablo II a los artistas, es “nostalgia de Dios”.
Por eso, para un humanista ateo de hoy, el concepto “belleza” no tiene sentido… y tienen razón, porque en este siglo, la belleza se ha banalizado, se ha convertido en un artículo económico. La belleza se ha utilizado para sublimar la realidad, pero no para trascenderla. Sublimar supone cambiar la realidad, en cambio trascender la realidad es saber ver a través de ella.
-¿El problema sería entonces llegar a un concepto universalmente aceptado de belleza?
-Ese es el punto, en efecto. En un libro reciente, Umberto Eco escribe: “Dios ha muerto, la belleza ha dejado de existir, la historia ha terminado”. Al desaparecer Dios desaparece un concepto universal de la belleza, que es uno de sus atributos. Con el relativismo y el subjetivismo, ya no hay cabida para lo universal.
En mi exposición puse una cita del cineasta ruso Tarkowsky, uno de los grandes de esta época, que dice: “Una imagen es una impresión de la verdad, a la que dirigir la mirada de nuestros ciegos ojos”. Hubo alguno que al leerla se molestó: ¿La verdad? ¿Qué es la verdad? ¿Qué se cree este?…
Hay otra cuestión, yo en mi obra intento poner en relación lo universal con lo particular, porque en lo particular, en lo cotidiano, están los universales más importantes, como la expresión del amor.
-¿Puede que un artista no crea que existe la belleza porque no tiene experiencia personal de ella? Es decir, ¿es posible que un siglo XX tan violento y duro como hemos vivido haya influido en el arte?
-¡Cuidado! Esto no es del todo así. El artista tiene una intuición de la belleza, aunque no haya oído nunca hablar de Dios o no crea en él. Esto es genial porque Dios respeta la libertad del hombre. Él, que nos crea la belleza de la naturaleza, nos deja libres para que viendo dicha belleza digamos “Dios no existe”. Pero indudablemente el arte contemporáneo es fruto del siglo XX, y expresa la antropología que este ha producido.
Es el caso de Duchamp y del mundo de entreguerras y posguerra en el que vivió. Después de él, vienen dos artistas, que junto con Duchamp forman la “trinidad” del arte contemporáneo: Joseph Beuys y Andy Warhol. Ambos expresan esta antropología: para Andy Warhol, el arte es dinero, sin tapujos; para Beuys, el arte es melancolía, soledad del artista consigo mismo.
Respecto a su pregunta, tengo un amigo pintor, Juan Olivares, que para mí es buenísimo. Es un pintor que tiene experiencia de belleza, porque sus cuadros son de una verdadera belleza. Su obra es abstracta, pero utiliza una combinación de materiales que expresa una intuición de algo que hay en la naturaleza. Si hablas con él, puede que no sepa expresarlo, pero lo ha entendido, porque si no, no podría pintar así.
-Entonces, un artista necesita tener una “revelación” personal sobre lo que es bello, aunque no sepa conectarlo con una belleza universal, pero que es su “manera particular” de buscarla…
-Eso es, en efecto. De hecho, una de las series de mi última exposición en Valencia se llama “arte es revelación”. Reconocer que el arte es una revelación supone un acto de humildad: no es una “genialidad” de uno, sino que es algo que se nos ha revelado, que se nos ha confiado.
Otro caballo de batalla es la dicotomía entre originalidad y tradición. Hoy hay una idolatría de la originalidad, de una originalidad mal entendida. La originalidad viene de nuestro mismo ser persona, única e irrepetible. La originalidad aparece cuando uno se sincera, se muestra a sí mismo.
-Esta pérdida del sentido universal de belleza, ¿puede haber afectado también al arte sacro?
-La fe es verdaderamente acogida cuando se transforma en cultura, han dicho los dos últimos Papas. Esto es profundísimo: si tu evangelizas a una persona, ¿cómo sabes si esa evangelización ha “tomado cuerpo” en ella? Solo es visible si se ha transformado en cultura, en forma de vivir. Según se cree, así se vive. En algunos lugares de la Iglesia hay hoy un eclecticismo en el arte, una huida de la tradición. Cabría preguntarse si esto no refleja una crisis de fe mucho más profunda.
Hay que señalar otro aspecto: el Occidente cristiano ahora está viviendo un proceso de acercamiento al Oriente, y esto va a ir a más, a mucho más. El día que estemos más próximos, empezaremos a “beber” muchas cosas de Oriente que nos van a ayudar muchísimo. Por ejemplo, la importancia que ellos dan a la belleza.
-Una curiosidad respecto a su obra, que llama mucho la atención, ¿por qué utiliza tanto el blanco? Blancos puros, rotos, opacos o transparentes, de diferentes texturas… ¿Por qué los negros no son consistentes ni definidos?
-No lo sé, nunca lo he articulado de forma lógica… es una pregunta difícil de contestar. En realidad, el blanco es un color que se utiliza mucho en el arte conceptual, porque es un color neutro, que permite centrar la atención en lo que se quiere expresar. En el caso de mi obra, de alguna manera el blanco está ligado a las cosas verdaderas.
-Al concluir la exposición de Valencia, se hizo una especie de “Atrio de los Gentiles” artístico. Explíquelo un poco.
-La preocupación del Papa por crear un “Atrio de los Gentiles” es una intuición que algunos artistas habíamos compartido. En realidad, es algo que hacía ya san Felipe Neri para la gente que no entraba en la Iglesia a escuchar una predicación, por dificultad, prejuicios o lo que sea. ¿Cómo entrar en diálogo con ellos? Neri se dio cuenta de que la cultura era un vehículo importante para el diálogo, porque hay verdades comunes que nos son comunes a muchos – la verdad, la bondad, la belleza – y hay que ayudar al hombre. Entonces, organizaba tardes de conciertos que eran seguidos de tertulias. En ellas colaboraba uno de los grandes músicos de la época, Palestrina.
En la JMJ, entre los artistas que participamos en la exposición de arte contemporáneo ARTE+FE en la Fundación Pons de Madrid, hubo católicos, protestantes y ortodoxos, pero indudablemente fue un punto de encuentro con la modernidad.
Mi primera aportación a dicha exposición fue una obra de la serie Nowa Huta, fue un gran Cristo. El lenguaje es contemporáneo. Una persona no creyente que entre a verla reconocerá el lenguaje, aunque pueda no conocer el contenido. Pero también hay personas entre los cristianos que nunca irían a una exposición de arte contemporáneo, porque no entienden este lenguaje, pero sí reconocen el contenido.
El lenguaje del arte contemporáneo es muy interesante y tiene muchas posibilidades. Mi obra quiere, en este sentido, ser un puente. ¿Por qué Nowa Huta? Es famoso el proyecto comunista en Polonia de hacer una ciudad sin Dios, la ciudad moderna del futuro. A los pocos meses de vivir allí, los habitantes empiezan a levantar una cruz en el sitio donde se reúnen a rezar. Por la noche rezaban, por el día las autoridades les derribaban la cruz. Así estuvieron años, poniendo la cruz que al día siguiendo les derribaban.
-Según el cardenal Cordes, nació allí el concepto de “nueva evangelización” del papa Juan Pablo II.
-¡No lo sabía! Hace dos años estuve allí, en Nowa Huta. Quería ir a verlo. Es muy impresionante. Mi segunda aportación a dicha exposición fue un videoinstalación (Bath 2011), trabajo preliminar de mi próximo proyecto, Las Moradas.
-¿Cuál es el significado de esa exposición que estás preparando actualmente?
-Es un tema que viene de largo, y que ahora con la colaboración de la Fundación Mainel y el Ayuntamiento de Valencia, estoy acabando de definir. Es un proyecto más vanguardista que mi anterior exposición en el Palau; con siete videoinstalaciones, es una reflexión –Las Moradas- sobre la sacramentalidad de la vida familiar, también llamada Iglesia doméstica. En el día a día familiar, encuentro muchos ecos sacramentales, por ejemplo; el bañar un bebé (bautismal), el partir-repartir el pan (eucarístico), los momentos de oración (sacerdotales), etcétera.
Son proyecciones de video sobre el mismo objeto de la representación; es decir, el baño del bebé proyectado sobre la propia bañera…
Junto a la música de carácter transcendente y la modificación de la velocidad de reproducción son piezas de mucha fuerza visual, que creo llegan a producir una emoción estética.
-¿Qué sentido tiene la luz en esta obra?
– Sin la Luz, no hay imagen , no hay historia. Considero que el video tiene muchas posibilidades espirituales, y lo espiritual es siempre dinámico. Es un trabajo muy influenciado por el espíritu del Barroco, su teatralidad en la representación de una luz en medio de gran tinieblas, la escala natural como Velazquez, Caravaggio … ayudan a la veracidad del acontecimiento, a su realización. En un sacramento, por la fe se actualiza lo que representa.
Además, la pintura decorativa o tranpantojo del barroco tiene algo muy interesante que yo pongo en relación a las proyecciones. Hay una representación ficticia, esta solo funciona visualmente desde un cierto punto, como en San Ignacio en roma, donde hay un punto marcado en el suelo de donde toda la arquitectura funciona, fuera de él se pierde el sentido. Con ello, frente a Lutero, es decir, al subjetivismo, la Iglesia afirmaba que no se puede interpretar la Historia desde cualquier punto. Con las proyecciones de luz sobre objetos, como es mi caso, ocurre algo parecido.
-La emoción estética ¿puede llevar a la fe, o al menos ayudar en su camino?
-Si una emoción estética remite al Amor y San Pablo define la fe como la certeza del Amor de Dios, podríamos decir que sí. Pero una afirmación categórica sería peligrosa, pues pondría en evidencia a Dios y el fundamento de su Amor al hombre; la libertad.
Dios podía haber optado por manifestarse de otra forma, pero ya dirá Jesús a Felipe; “Quien me ve a mi, ve al Padre”. Y esto hoy pasa por un acto de fe.
Me impresiona que Dios cuando crea un paisaje bellísimo, que nos produce una emoción estética, que nos remite al Amor, que nos da placer, nos lo da libremente, de modo que el que esta al lado disfrutándolo con nosotros pueda seguir pensando que Dios no existe. Si esto pasa con la obra de Dios imagínate con una obra de arte. Es algo muy profundo, podrá uno maldecir, no entender nada de su historia, pero que no le quiten la belleza de esa naturaleza. En el fondo intuyen algo verdadero. Y esto tiene que ver en cómo se vive hoy la ecología.
Con todo esto quiero decir la emoción estética posibilita, pero no obliga. Está más directamente ligada a la esperanza. Te da esperanza. ¡Eso es fantástico!

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