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Dios cancela nuestras deudas 
Por César Allende

«En aquel tiempo, entró Jesús en Jericó y atravesaba la ciudad. Un hombre llamado Zaqueo, jefe de publicanos y rico, trataba de distinguir quién era Jesús, pero la gente se lo impedía, porque era bajo de estatura. Corrió más adelante y se subió a una higuera, para verlo, porque tenía que pasar por allí. Jesús, al llegar a aquel sitio, levantó los ojos y dijo: “Zaqueo, baja en seguida, porque hoy tengo que alojarme en tu casa”. Él bajó en seguida y lo recibió muy contento. Al ver esto, todos murmuraban, diciendo: “Ha entrado a hospedarse en casa de un pecador”. Pero Zaqueo se puso en pie, y dijo al Señor: “Mira, la mitad de mis bienes, Señor, se la doy a los pobres; y si de alguno me he aprovechado, le restituiré cuatro veces más”. Jesús le contestó: “Hoy ha sido la salvación de esta casa; también este es hijo de Abrahán. Porque el Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido”». (Lc 19, 1-10)


Sube el Señor a Jerusalén, como primera subida; la segunda será a la Cruz, luego subirá del sepulcros a la vida, y, la definitiva, —a la espera de una bajada gloriosa, como juez de vivos y muertos— la subida al cielo.

También Zaqueo hace su subida: dice Lucas que se subió a un sicómoro para ver pasar a Jesús, porque como era pequeño la muchedumbre se lo impedía. Hemos de suponer que el “de poca estatura” era Zaqueo, aunque ha habido también quien lo ha pensado de Jesús sin fundamento. Y ¿también hemos de suponer que la pequeñez de Zaqueo se refiere a la estatura o tamaño de su cuerpo…, no a la de su alma? La palabra que Lucas utiliza (“helikia”) significa propiamente fuerza de la edad, vigor… además del tamaño o estatura física. Así que Zaqueo era “pequeño en vigor”. A lo mejor lo que el evangelista nos quiere decir es que Zaqueo (fuera o no más bien bajo corporalmente) estaba “empequeñecido” por algo. Y que para ver a Jesús debe utilizar algo que le estirara o agrandara: un alzador…, ¡necesitaba un suplemento a su pequeñez!

No es menos significativo que, así las cosas, corra Zaqueo “hasta ponerse delante”; es lo que dice el texto griego. ¿Delante de qué? De Jesús que le viene de frente, porque al llegar a aquel punto, Jesús no hace más que levantar los ojos; no tiene a Zaqueo a un costado, de modo que para hablarle haya de girarse, sino que le basta con alzar la vista. Ni siquiera dice Lucas que Jesús se parara.

Y le urge a bajar por la simple razón de que “convenía”. Sobre todo le convenía a Zaqueo; la parte que a Jesús le correspondía en esta conveniencia ya la había realizado: encontrarse con el publicano. Zaqueo ha de dejar que este encuentro llegue a su plenitud acogiendo en su casa al Señor, de modo que la conveniente o salvadora voluntad de Dios se haga realidad contando con nuestra decidida colaboración.

Un síntoma inequívoco de la salvación que trae Jesús es la alegría que produce. Abrir el corazón a su acción curativa causa una iluminación gozosa que preludia el cambio moral o regeneración práctica que se va a operar. La voluntad amorosa y salvadora de Dios reúne en un tiempo y en un lugar la vida de Zaqueo y la misión de Cristo, de camino a Jerusalén. La conveniencia de este cruce radica en que de él se sigue para Zaqueo (para nosotros) la vida misma.

“Ponerse en pie” en Lucas tiene un significado maravilloso: es efecto del amor de Dios a través de Jesús, que levanta el ánimo, y expresa así el don del perdón que atrae el corazón a la conversión y a una nueva vida. Mientras otros murmuran y protestan por la predilección del Señor por los pecadores, en estos se obra la salvación: Dios cancela nuestras deudas, la pena del cuádruplo o quíntuplo que habríamos de pagar (Ex. 22,1) por nuestros robos y delitos.

Y si esto es magnífico lo es aún más la aclaración neta y precisa que Jesús nos hace de cuál es el encargo que ha recibido por parte de Dios y que da su sentido último, aunque vaya al final del texto, a todo él. Jesús, entrando en Jericó, atravesaba la ciudad buscando intencionadamente a un pecador cualificado como tal: era, literalmente, “archipublicano” y “abundantemente rico”. Asombra (y nos reconforta) ver, en la vitalidad narrativa que Lucas imprime al texto, el actuar de Dios en el corazón del Señor y en el de Zaqueo: hay una fuerza extraordinaria en toda la narración, pero expuesta con ese estilo tan peculiar de suavidad y ternura que Lucas imprime a sus relatos de perdón y salvación.

El rico Zaqueo, por encontrarse aquel día y en aquella hora donde Jesús sabía que le encontraría, negoció el más redondo y lucrativo negocio de su vida: exactamente ganó su vida misma, que andaba perdida entre recibos y monedas. Por otra parte, el Evangelio de estos pocos versículos es de total oportunidad y conveniencia para nuestros momentos presentes: el afán de lucro y riquezas, el uso y abuso desmedidos del dinero nos están perdiendo, nos están obligando a un deambular errático. El mundo padece de la primera parte de este zaqueismo… pero Dios, en su Hijo nos abre la esperanza de una segunda parte redentora, a partir de un encuentro que se llevará a cabo ciertamente, en cuanto nosotros reconozcamos también nuestra estatura pequeña y la necesidad de la misericordia del Señor.

César Allende

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