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Dios en la literatura contemporánea: Unamuno 

Miguel de Unamuno: fragmento de El Cristo de Velázquez

 

DIOS – TINIEBLAS

De noche la redonda luna dícenos

de cómo alienta el sol bajo la tierra:unamuno

y así tu luz, pues eres testimonio

Tú el único de Dios, y en esta noche

sólo por Ti se llega al Padre Eterno:

sólo tu luz lunar en nuestra noche

cuenta que vive el sol. Al reflejarlo,

brillando, las tinieblas dan fulgores,

los más claros, que el mármol bien bruñido

mejor espejo da mientras más negro.

Te envuelve Dios, tinieblas de que brota

la luz que nos rechazas; escondida

sin tu pecho, su espejo. Tú le sacas

a la noche cerrada el entresijo

de la Divinidad, su blanca sangre; porque Tú, el Hombre,

cuerpo tomaste donde la incorpórea

luz, que es tinieblas para el ojo humano

corporal, en amor se incorporase.

Tú hiciste a Dios, Señor, para nosotros.

Tú has mejido tu sangre, tuya y nuestra,

tributo humano, con la luz que surge

de la eterna infinita noche oscura,

con el jugo divino. Y es herida

que abrió el fulgor rasgando las tinieblas

de Dios, tu Padre, el sol que ardiendo alumbra

por tu pecho, de ardiente amor llagado.

Y Tú la infinidad de Dios acotas

en el cerrado templo de tu cuerpo

e hilas la eternidad con tus suspiros,

rosario de dolor. Tu pecho muéstranos

la blanca eternidad que nos espera

y en su fúlgido espejo el alma ansiosa

ve sus raíces de antes de la vida.

Tu humanidad devuelve a las tinieblas

de Dios la lumbre oculta en sus hondones

y es espejo de Dios.

                                   Es como el alba

tu cuerpo; como el alba al despojarse

del negro manto de la noche, en rollo

a sus pies desprendido. Con tus brazos

alargados en gesto dadivoso

de desnudar tu cuerpo y de ofrecerlo

a cuantos sufren del amor hostigo,

descorres la cortina de tinieblas

del terrible recinto del secreto

que a la casta de Adán acongojaba

mientras ansiosa consumía siglos;

con tus abiertos brazos, la negrura

del abismo de Dios, tu padre, rasgas,

y echándolo hacia atrás, de tu cruz cuelgas

el negro manto en que embozado estabas

dándotenos desnudo. Sacudido

muriendo Tú, rasgóse de alto a bajo

del templo el velo cárdeno, las tumbas

abriéronse y los santos que dormían

se irguieron para ver tu cuerpo blanco

que en desnudez al Padre retrataba

desnudo. Destapaste a nuestros ojos

la humanidad de Dios; con tus dos brazos

desabrochando el manto del misterio,

nos revelaste la divina esencia,

la humanidad de Dios, la que del hombre

descubre lo divino. De tu cuerpo

sobre el santo recinto, iglesia, vamos

en Dios, tu Padre, a ser, vivir, movernos

de abolengo divino hermanos tuyos.

Y envuelves las tinieblas, abarcando

tenebrosas entrañas en el coto

de tu cuerpo, troquel de nuestra raza,

¡porque es tu blanco cuerpo manto lúcido

de la divina inmensa oscuridad!

(Miguel de Unamuno, El Cristo de Velázquez;  Espasa-Calpe (Col. Austral),  edición de 1963, pp. 22-24)

Comentario:

He aquí un fragmento del extenso poema unamuniano nacido de la contemplación del famoso cuadro pintado por Velázquez para el convento de San Plácido de Madrid, hoy expuesto en el Museo del Prado. La dialéctica luz-tinieblas, larguísima tradición del pensamiento cristiano cuyo origen podemos rastrear en el comienzo del Evangelio de San Juan (“la luz resplandece en las tinieblas, y las tinieblas no la sofocaron”, Jn 1, 5), se hace patente en el dramático contraste que muestra el lienzo y que el poeta desarrolla con especial intensidad en esta parte de su obra.

En el cuerpo de Cristo, que es expresión del amor divino, las tinieblas de la “divina inmensa oscuridad” se vuelven luz ante nosotros: “cuerpo tomaste donde la incorpórea/luz, que es tinieblas para el ojo humano corporal, en amor se incorporase”. Se nos muestra ahí un trayecto que Cristo hace posible para nosotros: pasar de las tinieblas a la luz (“sólo por Ti se llega al Padre Eterno:/sólo tu luz lunar en nuestra noche/cuenta que vive el sol”…  “Tu pecho muéstranos/la blanca eternidad que nos espera”). Pero en Cristo no sólo se humaniza Dios, sino que también se diviniza el hombre: “Destapaste a nuestros ojos/ la humanidad de Dios; con tus dos brazos/ desabrochando el manto del misterio,/nos revelaste la divina esencia,/la humanidad de Dios, la que del hombre/descubre lo divino”; el hombre recupera en Él su filiación divina, liberando sus ojos del oscurecimiento del pecado, que le ha hecho perder la conciencia de su genuina condición: “en su fúlgido espejo el alma ansiosa/ve sus raíces de antes de la vida”.

Emergiendo de lo más profundo de nuestras tinieblas, el cuerpo de Cristo aparece aquí, pues, como el lugar de reencuentro del hombre con Dios; como el camino, la vía de retorno que se ofrece al hijo pródigo cuando el sufrimiento que encuentra en el mundo despierta en él la nostalgia de la casa del Padre (Lc 15, 11-32); en definitiva, como “la luz verdadera que con su venida al mundo ilumina a todo hombre” (Jn 1, 9). Francisco J. Palenzuela, profesor de E.L.E.

Antonio Barnés.

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