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Dios me salvó – Rocé la muerte para abrazar la vida 

La enfermedad de Crohn
consiste en la formación
de úlceras sangrantes
y cortantes en el intestino,
produciendo grandes dolores, infección y fiebre alta,
lo que impide que los
alimentos permanezcan en él, pues según los ingieres,
directamente son expulsados por fuertes diarreas
o vómitos, de tal forma que
te desnutres y te deshidratas.

Yo llegué a ir unas veinte veces al servicio en un solo día, por lo que mis padres decidieron llevarme al hospital. Allí me empezaron a hacer numerosas pruebas muy dolorosas y a meterme tubos por todos los sitios. El tratamiento que me administraron me curó y me dieron el alta. Había permanecido unos veinte días ingresada y estaría una semana más recuperándome en casa de mis padres.

Pero la mejoría duró poco tiempo. Al cabo de unas semanas volvieron las diarreas, hasta que llegó el momento en que no podía valerme por mí misma y tuve que regresar a casa de mis padres. Me llevaron de médico en médico, me pusieron un montón de tratamientos, me hicieron infinidad de pruebas, pero yo cada día estaba peor.

el dolor y la desesperanza como compañeros de viaje

Cuando te da un brote de esta enfermedad, no controlas, con lo cual te lo haces todo encima y tienes que ver cómo los que están cercanos a ti te cambian y te limpian, pues una se queda sin fuerzas para poder realizarlo por sí sola. Te tienen que poner pañales y te sientes fatal en tu dignidad personal, pierdes toda la intimidad y dependes de todos para todo….

Recuerdo que las noches eran interminables y me subía la fiebre hasta cuarenta. El dolor se hacía insoportable y no paraba de ir al servicio hasta que aparecía el primer rayo de luz por la ventana. Entonces era cuando me quedaba dormida. Yo sentía el dolor de mis seres queridos, la impotencia de mis padres, el llanto de mi madre, y no podía hacer nada; deseaba fuertemente curarme, pero cada día estaba peor, me encontraba más débil, más enferma, más deprimida…

Comprendí la soledad y la desesperación, la irritabilidad y el miedo de todas aquellas personas que sufren enfermedades crónicas que les imposibilitan llevar una vida normal. Porque sientes que eso no es vida: un día y otro, una semana, un mes…y todo se vuelve oscuro, todo se convierte en amargura, desesperanza, dolor, angustia y muerte. Sí, yo la rocé, ¡la sentí tan cercana! Pero lo que más me hacía sufrir era la angustia de mis padres, ese querer y no poder, ese sinvivir que les causaba mi enfermedad, mi agonía.

Una noche, quise desaparecer, quise quitarme la poca vida que me quedaba, la poca vida que corría por mis venas, la poca vida que sentía en mi interior. No soportaba el dolor tan intenso de mis amigos y familiares, no soportaba mi propio dolor. Me iba a levantar, pero el dolor fue tal que ni siquiera pude incorporarme. Me sentía morir y eso me salvó. La muerte hizo que viviera. Me rebelaba: “¿Por qué, Dios mío, tanto dolor, tanto sufrimiento, tanta miseria? Dios, una vida así no tiene sentido…”

Llegó el día 11 de enero e ingresé en el hospital. Para entonces ya había perdido cerca de 25 kilos y sólo tenía huesos.

cara a cara con la muerte

A las nueve de la noche del día siguiente me subieron por fin a la habitación. Me quedé sola en la oscuridad entre otras enfermas que ni siquiera veía, sólo oía sus lamentos y gemidos. Empecé a llorar amargamente y esa noche no pude dormir. Cuando salió el sol, pude comprobar que estaba en una habitación con tres camas, yo en el medio, entre dos señoras mayores que no tenían muy buen aspecto. En efecto, posteriormente, pude confirmar que ambas estaban agonizando a causa del cáncer y pensé: “¿Por qué me han metido en una habitación de terminales? ¿Acaso yo estoy en esa misma situación?”

La segunda noche que pasé en el hospital, la enferma de la derecha empezó a agonizar, sólo decía: “Me muero, me muero”. Se arrancaba las vías de los sueros que tenía puestos y empezaba a sangrar a borbotones. Yo, como podía, porque era la única consciente de la habitación, apretaba el botón para llamar a las enfermeras. Cuando llegaron, las oí decir: “Hay que avisar a su familia, se está muriendo”. Vino su familia y llenaron la habitación de gemidos y llantos, de dolor y miseria. Yo pedí que me sacaran de allí, pero me dijeron que en mis formularios constaba como el número 324 de una cama y que todos los informes estaban adscritos a dicho número, con lo cual no se podía hacer nada.

Pregunté si había capilla en el hospital y me dijeron que sí, así que me montaron en una silla de ruedas y mi madre me bajó. Recuerdo que estuve horas. No quería regresar a la habitación y le pedía a Dios que me sacara de allí y a mis padres que me llevaran a casa. Lloraba y lloraba ante tanta impotencia, tanto sufrimiento. A la semana murió una compañera y a los quince días de estar allí, murió la otra.

Sólo Dios sabe la marca tan profunda que me ha dejado el paso por el hospital. Sólo Él sabe lo que sufrí y lo que aguanté. Pero si no hubiera sido por ese dolor, si no hubiera sido por esos momentos de silencio y de oración en su presencia en esa capilla del hospital, quizá hoy no viviría porque me hubiera dejado morir. Él me dio la fuerza para luchar en la adversidad de aquel hospital y de mi enfermedad. Él me enseñó el camino de mi curación, me dio la vida de nuevo y me enseñó a verla y a descubrirla de forma diferente.

¡Cómo es el ser humano! Tenemos que llegar al límite, rozar la muerte, el sufrimiento, la amargura y el dolor, para darnos cuenta de que la vida, tal y como la vivíamos, carecía de significado y de sentido: que somos en muchas ocasiones muertos vivientes. Nos creemos dueños de nuestras vidas y sólo somos prisioneros abocados a una angustia existencial. Por eso, aunque sufrí lo que nadie sabe, tanto física como interiormente, tengo que agradecerle a Dios durante toda mi vida esta enfermedad. Terrible, implacable, pero bendita enfermedad, que me enseñó que, más allá del síntoma de la muerte y del dolor, se me estaba dando una oportunidad para empezar de nuevo, para cambiar mi forma de vivir, mi existencia.

Al cabo de los meses, cuando me dieron el alta, no podía andar; me tenían que llevar entre dos personas y era un esqueleto viviente. Tardé casi un año en recuperarme totalmente. Entonces empezó mi búsqueda de Dios.

Pero lo que yo no sabía es que Él siempre me había estado buscando a mí. Yo ya no le quería dejar escapar, no le quería volver a perder; porque no sólo me dio la vida de nuevo, sino que Él es la vida y quiero que sea mi vida por la eternidad.

Responder a Dios me salvó – Rocé la muerte para abrazar la vida

  1. GONZALO MENDIVELOSI OJEDA

    Dios te bendiga y te garde Laura Gòmez. Que lindo testimonio y que gran milagro. Gloria a Dios. AMEN.

     

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