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Dios renuncia a su poder por amor 
27 de Septiembre
Por Ramón Domínguez

En aquel tiempo, los discípulos se pusieron a discutir quién era el más importante.
Jesús, adivinando lo que pensaban, cogió de la mano a un niño, lo puso a su lado y les dijo: «El que acoge a este niño en mi nombre me acoge a mí; y el que me acoge a mí acoge al que me ha enviado. El más pequeño de vosotros es el más importante.»
Juan tomó la palabra y dijo: «Maestro, hemos visto a uno que echaba demonios en tu nombre y, como no es de los nuestros, se lo hemos querido impedir.»
Jesús le respondió: «No se lo impidáis; el que no está contra vosotros está a favor vuestro» (San Lucas 9, 46-50).

COMENTARIO

Los apóstoles discuten entre ellos, sobre quién es el mayor. Miran con ojos humanos. Buscan el sobresalir y triunfar -como la mayoría de los hombres-. No han comprendido todavía el misterio de Cristo: Dios hecho hombre, el todopoderoso que renuncia a su poder por amor.
Jesús, como buen pedagogo, los conduce poco a poco hacia la verdad. Toma un niño como modelo y cambia las reglas del juego. No se trata de ganar ni de prevalecer a costa de los demás. Al contrario, el más pequeño es el mayor. Un niño es pequeño, no tiene poder por sí mismo, pero es totalmente poderoso porque se fía y se deja conducir por sus padres, y lo es en la medida en que confía y se deja guiar.
Este es el modelo del cristiano. Ya nos advierte el Señor en otro lugar: “si no os hacéis como niños, no entrareis en el reino de lis cielos”. El cristiano, por sí mismo -como el niño-, nada puede, pero abandonado a la voluntad de Dios Padre lo puede todo, porque Dios, como padre amoroso lo conduce a un destino glorioso. Pero, ni según nuestros planes, que poco conocemos, sino según los suyos, quien se deja llevar por Él tiene vida eterna.

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