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Dolor que purifica 
24 de octubre
Por Hijas del Amor Misericordioso

«En una ocasión, se presentaron algunos a contar a Jesús lo de los galileos cuya sangre vertió Pilato con la de los sacrificios que ofrecían. Jesús les contestó: “¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que los demás galileos, porque acabaron así? Os digo que no; y, si no os convertís, todos pereceréis lo mismo. Y aquellos dieciocho que murieron aplastados por la torre de Siloé, ¿pensáis que eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén? Os digo que no; y, si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera”. Y les dijo esta parábola: “Uno tenía una higuera plantada en su viña, y fue a buscar fruto en ella, y no lo encontró. Dijo entonces al viñador: “Ya ves: tres años llevo viniendo a buscar fruto en esta higuera, y no lo encuentro. Córtala. ¿Para qué va a ocupar terreno en balde?”. Pero el viñador contestó: “Señor, déjala todavía este año; yo cavaré alrededor y le echaré estiércol, a ver si da fruto. Si no, la cortas”». (Lc 13,1-9)


El evangelio de hoy nos pone frente a una realidad que suele ser piedra de escándalo para mucho cristianos: el problema del sufrimiento y del dolor, ya tenga como causa una persona, en este caso Pilato, cuando asesinó a los galileos que ofrecían sacrificios, o una catástrofe natural: el derrumbamiento de la torre de Siloé.

Ante tragedias humanas de este tipo son muchas las personas que se preguntan: ¿Cómo Dios puede permitir esto? Y no son pocos los que, cuando la tragedia les toca de cerca, reniegan de Dios como si Él fuera el origen de su dolor, como si fuera un Dios malo y castigador.

Pero la raíz del problema del sufrimiento está en que tenemos un concepto erróneo del mismo. Tememos el sufrimiento porque lo vemos como algo negativo, terrible y que hay que evitar a toda costa, y no nos damos cuenta que el sufrimiento es un aspecto del amor. El amor es como una moneda con dos caras: la cara del gozo y la cara del sufrimiento. Cuando el amor es verdadero hay gozo y hay sufrimiento; si falta alguno de los dos, no es verdadero amor. Y a la hora de la verdad el amor se demuestra en el sufrimiento.

Ciertamente, el sufrimiento es consecuencia del pecado original, pero es una ayuda que el Señor nos da para desinstalarnos y recordarnos que estamos de paso, que esta vida no es definitiva ni absoluta. En este sentido, decía San Pablo que los sufrimientos que tengamos en esta vida son nada en comparación con la gloria que nos espera (cfr. Rm 8,18). Por tanto, si sabemos mirar con ojos de fe y visión sobrenatural todo lo que nos ocurre, seremos capaces de relativizar los problemas y momentos dolorosos de nuestra existencia, y no dejar que nos atrapen como si ellos tuviesen la última palabra en nuestras vidas.

Pero conviene no engañarse, no todos los sufrimientos que tenemos son queridos por Dios. A veces culpamos a Dios de los sufrimientos que tenemos cuando no son más que consecuencia de nuestras propias decisiones, tomadas al margen de o contra la voluntad de Dios. Con no menos frecuencia vivimos inmersos en multitud de sufrimientos inútiles, que no sirven para nada, y que proceden de nuestros sentimientos y voluntad contrariada. Pero los sufrimientos queridos por Dios, esos son fructuosos porque nos purifican, nos hacen crecer en amor, en humildad, en paciencia, nos hacen madurar; nos santifican, en definitiva. Y cuando uno vive estos sufrimientos desde la visión sobrenatural, sin absolutizarlos, no hay lugar para la tristeza ni la desesperanza, sino para la alegría.

Decía Santa Teresa de Lisieux al final de su vida que su única tristeza era no poder sufrir por Cristo, porque cada sufrimiento que tenía se le transformaba en gozo. Y el propio San Pablo pone el sufrimiento al mismo nivel que la fe cuando dice: “A vosotros se os ha concedido, gracias a Cristo, no solo el don de creer en Él, sino también el de sufrir por Él” (Flp 1, 29). De ahí que el sufrimiento sea también una gracia de Dios, como afirma el apóstol Pedro: “Eso es realmente una gracia: que por consideración a Dios, se soporte del dolor de sufrir injustamente (…), que aguantéis cuando sufrís por hacer el bien, eso es una gracia de parte de Dios” (1Pe 2, 19-20).

Tengamos pues, como modelo lo que nos dice la Sagrada Escritura y los santos, y veamos el sufrimiento como algo positivo, que nos purifica, nos hace crecer en el amor y nos une más profundamente a Cristo.

Hijas del Amor Misericordioso

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