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Domingo de Pascua 2020 

Querido Amigo:

Hemos experimentado el límite. Hemos palpado la fragilidad. La prepotencia inconsciente ha chocado con los hechos inesperados. En este tiempo recio, en el que se palpa hasta dónde puede llegar un hombre, no nos tienen que predicar sobre la muerte ni sobre la vulnerabilidad de nuestra naturaleza. Mas, justo en estas circunstancias, o se despierta la trascendencia, por la que cabe transfigurar la Cruz, o se puede sucumbir por la pérdida de toda esperanza humana.

Más que nunca necesitamos proyectar sobre la historia la verdad cristiana del Misterio de Pascua, la referencia a Quien ha triunfado sobre la muerte y convierte todo sufrimiento en semilla de gloria.

Puede parecer un recurso débil tener que iluminar la noche de la prueba con la luz de la Pascua Cristiana, cuando la apelación a la técnica y a la ciencia se hace insoslayable. Y, sin embargo, resuena la oración del resto de Israel en tiempos del exilio: “En este momento no tenemos príncipes, | ni profetas, ni jefes; | ni holocausto, ni sacrificios, | ni ofrendas, ni incienso; | ni un sitio donde ofrecerte primicias, | para alcanzar misericordia. Por eso, acepta nuestro corazón contrito | y nuestro espíritu humilde. Ahora te seguimos de todo corazón, | te respetamos, y buscamos tu rostro; | no nos defraudes, Señor; trátanos según tu piedad, | según tu gran misericordia. Líbranos con tu poder maravilloso | y da gloria a tu nombre, Señor” (Dn 3, 38-39. 41-43). Y el salmista nos invita a confiar: “Espera en el Señor, sé valiente, ten ánimo, espera en el Señor” (Sal 26).

Escribo desde el mundo rural, y desde un espacio monástico. Sorprendentemente, en estos momentos de intemperie, se descubre la sabiduría del modo de vida de quienes permanecen en el desierto y atraviesan las jornadas de manera rítmica, como si fuera una danza que gira del ora al labora.  La disciplina del horario, la dedicación equilibrada del tiempo al trabajo, a la oración, al descanso, a la convivencia, revela una forma de vida doméstica que supera el estrés, la ansiedad por lo novedoso y la agitación extrovertida, porque se ancla la vida en Dios y se vive en la esencialidad.

El monacato se ha convertido en profecía. Pero los monjes y contemplativos viven de esa forma por amor. No es una norma la vida en el desierto, pero es testimonio que demuestra otra forma de vivir.  Anticipo de la vida que no acaba.

Cristo resucitado es la razón de nuestra esperanza y motivo de afrontar las pruebas con serenidad, sabiendo que todo conduce al bien. ¡Feliz Pascua de Resurrección!

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