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Don Quijote y Don Juan: cara y cruz de una misma moneda 

Miguel de Cervantes y Tirso de Molina crearon a comienzos del siglo XVII los dos personajes más universales de la literatura española: don Quijote, protagonista de la novela El ingenioso hidalgo/caballero don Quijote de la Mancha; y don Juan, protagonista de la comedia El burlador de Sevilla o El convidado de piedra. El siglo XVI español había visto la aparición de dos personajes relevantes: el pícaro Lázaro de Tormes y la Celestina, pero su repercusión no alcanza las cotas de don Quijote y don Juan. Don Quijote y don Juan han influido en numerosísimas obras literarias de diversos géneros y de diversas lenguas. Don Juan ha provocado la aparición de muchas piezas con el mismo nombre. La presencia de don Quijote en otras obras literarias es menos visible, porque los personajes que inspira tienen un nombre distinto, pero no por eso es menos importante.

Es fructífera la comparación entre don Juan y don Quijote porque las comparaciones, lejos de ser odiosas, arrojan luz sobre lo que se compara, y en literatura son fundamentales. Don Quijote y don Juan son como la cara y la cruz, el positivo y el negativo; dos personajes antagónicos, modelos antropológicos opuestos.

de fábula a realidad

Ambos son de condición noble, aristocrática: don Quijote, de la escala inferior; don Juan, de la superior. El primero entiende la nobleza como deber; el segundo, como derecho. Esta es la principal diferencia. Para don Quijote “el cargo” implica responsabilidad para hacer justicia; para don Juan, privilegio para el provecho personal. En estos tiempos de crisis política, de corrupción… no es superfluo detenerse sobre los dos tipos.

La relación con las mujeres es clave para diferenciar ambos personajes. Don Quijote idealiza a la mujer, como heredero de una tradición poética europea de raíz provenzal (amor cortés) e italiana (dolce stil novo), en la que ha mediado el culto a la Virgen. Don Juan, en cambio, reduce las mujeres a cuerpos gozables. El caso es que don Quijote idealiza a una campesina (Andolza Lorenzo) y la convierte en la princesa Dulcinea del Toboso; a don Juan, en cambio, le es indiferente la condición de noble o de plebeya: solo le interesa el carácter apetecible de los seres femeninos.

Pero no pensemos que la dicotomía entre don Quijote y don Juan radica en el modo de afrontar las relaciones sexuales. No. Ello es una consecuencia del concepto que cada uno posee de la justicia, la virtud que regula las relaciones con los demás, sean gobernantes, iguales o gobernados. Don Quijote posee un concepto universal de la justicia —herencia del cristianismo—: socorrer a cualquier persona necesitada, especialmente a los más débiles: el joven Andrés, los galeotes, los enamorados Basilio y Quiteria… Don Juan, sencillamente, carece de sentido de justicia. Por ejemplo, don Quijote defiende la libertad de la mujer para contraer matrimonio (Marcela), mientras que don Juan avasalla a las mujeres, incumpliendo sistemáticamente la promesa de matrimonio que ellas solicitan. Don Juan desea satisfacer sus apetitos con las féminas, no cumplir su palabra, tratándolas como esclavas de sus caprichos, no como personas libres.

En el Quijote el amor es una dimensión humana riquísima en matices: una pasión que debe vivirse en libertad (Marcela), con prudencia (el curioso impertinente), con compromiso (Fernando y Dorotea, Cardenio y Luscinda)… En El burlador de Sevilla el amor aparece, ante todo, como fuerza incontenible que no se detiene ante nada. Dice el rey:

 

                        No importan fuerzas,
                        guardas, criados, murallas,
                        fortalecidas almenas,
                        para Amor, que la de un niño
                        hasta los muros penetra.

 

Don Quijote aconseja a Sancho el temor de Dios como principio de la sabiduría (idea bíblica):

 

Primeramente, ¡oh hijo!, has de temer a Dios, porque en el temerle está la sabiduría, y siendo sabio no podrás errar en nada.

 

La ausencia de temor de Dios en don Juan es coartada para cualquier tropelía:

 

CATALINÓN:                        Los que fingís y engañáis
                                           las mujeres de esa suerte,
                                           lo pagaréis en la muerte.

 

JUAN:                                ¡Qué largo me lo fiáis!

Ese “¡Qué largo me lo fiáis!”, que repite a menudo don Juan, es una de las principales claves de la comedia de Tirso. La justicia no posee solo una dimensión humana: hay también una justicia divina. Quien se burla de los hombres no puede burlarse de Dios. Y don Juan es arrastrado a la muerte por el espíritu de quien él había asesinado.

Don Quijote y don Juan. Dos modelos antropológicos sobre los que reflexionar. Dos paradigmas que pueden aplicarse a la política, al trabajo o a cualquier aspecto de la vida: respetar o avasallar; ser justos o aprovechados.

Antonio Barnés
Filólogo 

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