Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|martes, septiembre 17, 2019
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¿Dónde está nuestra mirada? 

Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os haré descansar. Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas; porque mi yugo es suave, y ligera mi carga. (Mt 11,28ss)

¿Dónde está nuestra lucha, nuestro afán? ¿Dónde nuestros ojos? “Nuestra lucha no es contra la carne ni la sangre…” ¿Es que Pablo, Pedro, Santiago y los apóstoles, después de Pentecostés dedicaron su vida a denunciar el hedonismo del Imperio Romano, el fariseísmo de los judíos y el relativismo de los griegos? ¿Fue esto a lo que los movió el Espíritu Santo? Entonces aquel mandato de “Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación”, ¿qué quiere decir? No hay salvación sin persecución. Y dió mucho fruto. Los mártires cantan y cantan en el foso donde van a ser devorados y no hay una queja en su boca, ni un reproche. ¿Por qué…? Porque miran al cielo, “de donde les vendrá el auxilio”; y esa unción cambia el corazón de los que miran, de los que toca el viento, incluso de los que odian. Nadie puede entrar en la ignominia, en el sufrimiento, sin abrir la boca, sin demostrar la injusticia; solo el Cordero, que no esconde la cara ante las burlas ni los escupitajos: “No clamará, ni voceará, ni alzará en las calles su voz. Ante él los reyes cerrarán la boca”. No es la ley la que convierte, sino la gracia y el perdón.

¿Quiénes quieren apedrear a la adúltera: los paganos, los de fuera; o los judíos fariseos, cumplidores estrictos de la ley? Jesús no la condena, ni le recuerda su infidelidad; solo la perdona, y eso sí la toca. Ya solo le mirará a Él. ¿Dónde miramos, pues? ¿Miramos atrás, a lo preté- rito, a las cosas que nos seducían inmersos en la fascinación? “Pasó lo viejo, todo es nuevo”. Si hay muertos que entierran a sus muertos, ¿por qué poner la mano en el arado y mirar atrás? ¿No será mejor quemar las yuntas de los bueyes y dejar que el humo arrastre el tizne y el hollín de la vanidad? ¿Acaso no tenemos el manto que nos cubre y nos protege de la ambición y la codicia? ¿Dónde reposa nuestra mirada? Tal vez abajo, donde está Longinos empuñando su lanza, para condenarlo por su homicidio; o traspasando las nubes y descubriendo “un cielo nuevo y una tierra nueva”. Porque, tal vez, “no saben  lo que hacen”; o no saben hacer otra cosa; o, si saben lo que hacen, no pueden cambiar.

Que nuestra mirada descanse en el dolor, en el que se ahoga en su miseria, en el que no resiste su fardo, en quien no aguanta ya sus flaquezas, “porque mi yugo es suave y mi carga ligera”. Se abre el día nuevo y limpio y miramos hacia oriente, procurando que el viento nos mude, nos abaje del caballo, nos ciegue el sol que nace de lo alto, para conducir nuestra mirada al árbol de vida eterna, a la Buena Nueva que transmuta la mente, a la aquietada María que ora sin tregua por nosotros, y a la tumba vacía… Para anunciar a los hombres que no está ahí, que ya no habita entre los muertos y que pronto lo verán, que ha Resucitado como lo había prometido. Que en Él repose nuestra mirada.

 Duele el sueño

sin querer

musita el áspid

añoro la fe aún

la culpa me punza

me nubla la sed

y cuando me traga la noche

amanece tu misericordia

                                                                                                                                   Jorge Santana

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