Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|domingo, agosto 9, 2020
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Donde hay humildad, hay sabiduría 
Por Ernesto Julia

«En aquel tiempo, lleno de la alegría del Espíritu Santo, exclamó Jesús: “Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y a los entendidos, y las has revelado a la gente sencilla. Sí, Padre, porque así te ha parecido bien. Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce quién es el Hijo, sino el Padre; ni quién es el Padre, sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiere revelar”. Y volviéndose a sus discípulos, les dijo aparte: “¡Dichosos los ojos que ven lo que vosotros veis! Porque os digo que muchos profetas y reyes desearon ver lo que veis vosotros, y no lo vieron; y oír lo que oís, y no lo oyeron”». (Lc 10, 21-24)


Tiempo de Adviento. Todos los creyentes en Cristo Nuestro Señor preparamos el espíritu para acoger a Jesucristo, Hijo de Dios hecho hombre, nuestro Salvador, que nace en Belén.

“Lleno de la alegría del Espíritu Santo, exclamó Jesús”. Así comienza el Evangelio que leemos hoy. El Señor acaba de recibir a los discípulos, gozosos porque han anunciado su nombre y, en su nombre, han expulsado demonios. Jesús les dice: “No os alegréis solo porque los espíritus os estén sometidos; alegraos más bien de que vuestros nombres están escritos en los cielos”.

Cristo nos invita hoy a dar gracias a Dios Padre, como se las da Él, por el don de la Fe que ilumina nuestra inteligencia y nos indica el camino hasta Belén, “donde nos va a nacer el Salvador”. A dar gracias porque somos esa “gente sencilla” —como los pastores de Belén— a quienes se refiere el Señor, porque Dios Padre ha tenido misericordia y nos ha revelado el misterio de su vida y de su amor, y ha escrito nuestros nombres en el libro de los cielos.

Jesucristo nos recuerda hoy que somos bienaventurados, porque “nuestros ojos ven lo que vosotros veis. Porque os digo que muchos profetas y reyes desearon ver lo que vosotros veis, y no lo vieron; y oír lo que oís, y no lo oyeron”. ¿Qué vemos nosotros que profetas y reyes no vieron? Los israelitas podían decir con el profeta: “Somos bienaventurados, Israel, porque conocemos lo que a Dios place” (Baruc, 4, 4). Nosotros, que nos preparamos para ver nacer a Cristo, somos bienaventurados porque conocemos, no solo la ley de Dios, lo que a “Dios place” que nosotros vivamos, sino que conocemos a Dios mismo.

Le conocemos en su Hijo, envuelto en pañales, en los brazos de María, en el portal de Belén; y sabemos que conocemos al Hijo porque el Padre nos ha dado la Fe. “Nadie conoce quién es el Hijo, sino el Padre”. Siempre podremos dar más gracias a Dios por nuestra Fe.

Jesucristo nos invita también para que, al dar gracias, descubramos y vivamos la “alegría de la Fe”. ¿Por qué esa “alegría de la Fe”? En el Evangelio de hoy, Cristo nos dice que viene a la tierra para revelarnos el Amor de Dios Padre hacia cada uno de nosotros. “Tanto amó Dios al mundo que le dio su Hijo Primogénito”. Y al realizar esa misión, se encuentra “lleno de la alegría del Espíritu Santo”.

Cristo es el “Camino, la Verdad y la Vida”. Los cristianos no deberíamos olvidar nunca esta afirmación del Señor. Cristo, Dios hijo encarnado, nos revela a Dios Padre, nos habla del corazón paterno y materno de Dios. “Nadie conoce quién es el Padre, sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiere revelar”. Toda la vida de Cristo es una manifestación del Amor de Dios Padre. Descubrimos el Amor con el que Dios nos ha creado, en el mismo nacimiento de Jesús, “verdadero Dios y verdadero hombre”; y después, en sus milagros, en su Cruz, en su Resurrección.

Jesucristo “da gracias” a Dios Padre. ¿Elevamos también nosotros el corazón a Dios Padre para agradecerle nuestra Fe? ¿Para agradecerle que somos “hijos de Dios en Cristo Jesús” desde el instante de nuestro bautismo? ¿Para agradecerle que nos haya creado “para que le conozcamos, le amemos, vivamos con Él en la tierra, y gocemos después con Él para siempre en el Cielo”?

Quizá alguna vez nos hemos preguntado por qué ha querido Dios Padre revelarse a la gente sencilla, y no a los sabios y a los entendidos, si quiere que “todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la Verdad”. La respuesta es sencilla: la gente que acoge la Verdad de Dios, son los que buscan a Dios, lo que rezan, los que confían en Él, en su Palabra, en la Iglesia; y abren así su inteligencia a la luz de Dios, y su corazón al amor de Dios. Son los humildes de inteligencia y de corazón. Los verdaderos sabios sobre la tierra.

Los sabios y los entendidos, a los que se refiere el Señor, son quienes no abren su inteligencia a la luz de Dios; a la palabra de la Iglesia. Quienes se cierran en los límites de su propia razón, y quieren a veces razonar sobre Dios como si razonasen sobre las cosas de la naturaleza, de la vida social, de la política, de la cultura. Los que no quieren oír hablar de un Dios que se hace hombre, que pasa frío, que quiere compartir las alegrías y las penas de sus criaturas; que quiere dialogar; y que nos invita también para que, al dar gracias, descubramos y vivamos la “alegría de la Fe”.

En muchos lugares de la tierra se celebra, en estos días, la Novena de la Inmaculada Concepción. Pidamos a la Virgen Santísima, Reina de la Fe y Causa de nuestra alegría, que se pueda decir de nosotros lo que a Ella le dijo su prima santa Isabel: “Bienaventurada tú, que has creído”.

Ernesto Juliá Díaz

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