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Dónde te encontraré 

Carta a mí Señor                                                                                                        Ángela C. Ionescu

Era una cuesta muy dura, por terreno pedregoso, y al mirar hacia arriba, pensé que jamás se me ocurriría intentar subirla. Dejé a mis amigos que subieran solos y les dije que los esperaría abajo haciendo fotos. Estaba contenta de todos modos por estar con ellos y por lo bonito que era cuanto veíamos. Pero uno de ellos se volvió y mirando hacia abajo, me dijo: “Anda, sube”. “No puedo”, le contesté sinceramente convencida. “Sí puedes, sube”. Y la verdad es que me hizo subir. A veces me ayudó con la mano, otras puso su fuerte brazo para que me agarrara, otras simplemente me miraba dándome ánimos y fuerza. Y subí.

Yo misma estaba sorprendida de mi hazaña, que no era mía, y me propuse pensar detenidamente en lo que me enseñaba lo sucedido. Fue la subida más hermosa que nunca hice, incluyendo el Sinaí y el Cebreiro, adonde subí duramente por mis solas fuerzas.

Puse las ramitas de boj del Domingo de Ramos en una maceta en la que desde hacía bastante tiempo vivía una pobre planta que no se decidía a prosperar. Siempre parecía que se iba a morir, pero ahí seguía. Para que las ramitas echaran raíces y vivieran, yo mantenía la tierra húmeda y esponjosa y me preocupaba de ellas todos los días. Y, como ya te he contado, las ramitas fueron viviendo y ahora están verdes y hasta parecen desarrollar yemas.

Pero un día, hace muy poco, me di cuenta de que pasaba algo más. La pobre planta que languidecía largo tiempo en aquella maceta, estaba mucho más firme, su color verde matizado de blanco era mucho más vivo, y sin que yo me diera cuenta, ¡había echado tres hojas nuevas! Me llevé una gran sorpresa. No solamente sobrevivía, sino que por fin estaba prosperando.

Las ramas, en su tenacidad por mantenerse en vida, habían tirado de la planta  hacia la vida, como mi amigo con su brazo y con su mirada.

Nunca sabemos del todo ni de lo que somos capaces ni de las consecuencias últimas de lo que hacemos. Pero en todo lo que se pone amor germina el amor y el amor engendra vida. Y ahí te encuentro, Señor, ahí te encuentro. En la dura cuesta que me hicieron subir y en la mano tendida como la tuya  a Pedro sobre las aguas del Tiberíades;  en las hojas nuevas de la planta que parecía que no iba a vivir y en las ramitas que no se secan… Ahí te dejas encontrar.

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