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Dos nuevos santos, dos centellas de luz 

El próximo 27 de abril serán canonizados los papas Juan Pablo II y Juan XXIII en Roma, en una ceremonia conjunta que se prevé muy emotiva y multitudinaria. Curiosamente, el primero de ellos beatificó al segundo el 3 de septiembre del año 2000 y estableció que su fiesta se celebrara el 11 de octubre, día en que Juan XXIII inauguró solemnemente el Concilio Vaticano II, el acontecimiento eclesial más relevante de los últimos tiempos. «Quiero abrir las ventanas de la Iglesia para que podamos ver hacia afuera y los fieles puedan ver hacia el interior», manifestó ese día de 1962 ante el asombro del mundo entero.

Mucho se ha escrito y conocido del enorme carisma de Juan Pablo II. Sin embargo, el “Papa Bueno” —como así se le llamó a Juan XXIII por sus muchas cualidades humanas y cristianas— ha pasado más desapercibido en las generaciones posteriores a su muerte. Si bien, la profunda huella a favor del diálogo y la concordia que dejó a su paso es más que evidente. «Conocemos todos las virtudes y la personalidad del papa Roncalli, no es necesario explicar los motivos de su santidad», dijo el P. Federico Lombardi, portavoz del Vaticano, cuando anunció su próxima canonización.

Angelo Giuseppe Roncalli (1881-1963) nació en Bérgamo (Italia) y era el tercero de once hermanos, de una humilde familia de campesinos de profundas convicciones cristianas. A los once años ingresó en el Seminario y comenzó a escribir su “Diario del alma”, obra que continuó prácticamente sin interrupciones durante toda su vida y que constituye un testimonio clave para conocer sus desvelos y reflexiones. Ordenado sacerdote ocupó puestos de relevancia en la Iglesia donde supo encarar, de una manera afable pero enérgica, los desafíos del período de entreguerras, ganándose la confianza y el aprecio de todos los que le trataron.

En 1958, tras la muerte de Pío XII y ante una gran sorpresa y expectación por sus 77 años cumplidos, fue elegido nuevo Papa. Precisamente, del que se esperaba fuera un “papa de transición” surgió uno de los eventos históricos —no solo eclesial y religioso— más trascendentes y renovadores de la historia. Murió el 3 de junio de 1963 sin haber promulgado ningún documento resultante del Concilio Vaticano II. «Mi jornada terrena se acaba; pero Cristo vive y la Iglesia continúa su misión; las almas, las almas, las almas: ut unum sint, ut unum sint… », dijo una vez consciente de que no iba a verlo concluido. Su sucesor, Pablo VI, orientó su pontificado a su culminación y puesta en marcha.

Extraemos un fragmento de “Diario del alma” (Beato Juan XXIII, Roma, 1961).

Decálogo de la serenidad

1. Solo por hoy trataré de vivir exclusivamente el día, sin querer resolver el problema de mi vida todo de una vez.

2. Solo por hoy tendré el máximo cuidado de mi aspecto: cortés en mis maneras, no criticaré a nadie y no pretenderé mejorar o disciplinar a nadie, sino a mí mismo.

3. Solo por hoy seré feliz en la certeza de que he sido creado para la felicidad, no solo en el otro mundo, sino en este también.

4. Solo por hoy me adaptaré a las circunstancias, sin pretender que las circunstancias se adapten todas a mis deseos.

5. Solo por hoy dedicaré diez minutos de mi tiempo a una buena lectura; recordando que, como el alimento es necesario para la vida del cuerpo, así la buena lectura es necesaria para la vida del alma.

6. Solo por hoy haré una buena acción y no lo diré a nadie.

7. Solo por hoy haré por lo menos una cosa que no deseo hacer; y si me sintiera ofendido en mis sentimientos procuraré que nadie se entere.

8. Solo por hoy me haré un programa detallado. Quizá no lo cumpliré cabalmente, pero lo redactaré. Y me guardaré de dos calamidades: la prisa y la indecisión.

9. Solo por hoy creeré firmemente aunque las circunstancias demuestren lo contrario que la buena providencia de Dios se ocupa de mí como si nadie existiera en el mundo.

10. Solo por hoy no tendré temores. De manera particular no tendré miedo de gozar de lo que es bello y de creer en la bondad.

Puedo hacer bien durante doce horas, lo que me descorazonaría si pensase tener que hacerlo durante toda mi vida.

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