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Drama de Moisés 

“Respondió Moisés y dijo: No van a creerme, ni escucharán mi voz; pues dirán: No se te ha aparecido Yahvé” (Éx 4,1).


Abrimos este versículo y nos disponemos a hablar de lo que llamamos la tragedia de Moisés, que es en realidad la tragedia de toda persona a quien Dios envía con una misión concreta. Tragedia porque lo cierto es que existe un abismo brutal entre la experiencia que el enviado tiene de Dios, y que es personalísima, y el escepticismo que normalmente envuelve y acompaña a los hombres a quienes es enviado.

Abismo de vértigo es el que se apodera del corazón de Moisés. Éste trasluce su drama por medio de una objeción aplastante: ¡No me van a creer, no querrán escucharme! Me dirán que soy un farsante, peor aún, un loco, si les digo que te has aparecido a mí y me has confiado una misión. 

Escepticismo, desconfianza, esto es lo que normalmente encuentran los enviados de Dios en los hombres hacia los que se dirige la misión confiada. Escepticismo y desconfianza propios del corazón del hombre que necesita ver con sus ojos, oír con sus oídos y hasta tocar con sus manos todo aquello que sobrepasa los esquemas normales de su religiosidad.

Éste fue también el gran drama de Jesús. Drama que se hace más y más hiriente y doloroso cuando el pueblo de Israel, ni aun viendo con sus ojos los signos que testificaban su misión mesiánica, no movió un dedo por sacudirse de su escepticismo. De ahí que todo signo de Jesús les pareciese insuficiente, y que pidiesen, como niños caprichosos, un signo detrás de otro. Como ejemplo de esto, podemos remitimos a su actitud después de haber multiplicado los panes. Aun así, y a pesar del gran milagro, presos del escepticismo, le preguntan: “¿Qué hemos de hacer para obrar las obras de Dios? Jesús les respondió: La obra de Dios es que creáis en quien él ha enviado. Ellos entonces le dijeron: ¿Qué señal haces para que viéndola creamos en ti? ¿Qué obra realizas?” (Jn 6,28-30).

No hay enviado de Dios, no hay profeta que no haya pasado por esta situación. Es por ello que podemos decir que uno de los sellos que más nítidamente identifican a estos amigos de Dios es la paciencia, la perseverancia ante la necedad de los hombres. No es nada fácil mantenerse en la misión cuando el drama alcanza al alma, cuando el abismo entre la altura de lo que se ha recibido de parte de Dios y el rechazo de lo que se anuncia parece insalvable.

Abismo, drama, que pueden incluso llegar a amargarle el alma como le sucedió al mismo Moisés: “Hablaba ya de exterminarlos, si no es porque Moisés, su elegido, se mantuvo en la brecha en su presencia, para apartar su furor de destruidos. Una tierra de delicias desdeñaron, en su palabra no tuvieron fe; murmuraron dentro de sus tiendas, no escucharon la voz de Yahvé… Le amargaron -a Moisés- el espíritu…” (Sal 106,23-33).

Moisés sufre en sus entrañas la tristeza del alma a lo largo de su misión. También Jesús, y El más que nadie, conoce este tipo de tristeza, le duele hasta derramar lágrimas. El rechazo de su propio pueblo le atraviesa como un dardo a lo largo de todo su ser hasta el punto de provocar su llanto: “Al acercarse y ver la ciudad, lloró por ella, diciendo: ¡Si también tú conocieras en este día el mensaje de paz! Pero ahora ha quedado oculto a tus ojos. Porque vendrán días sobre ti, en que tus enemigos te rodearán de empalizadas, te cercarán y te apretarán por todas partes” (Le 19,41-43).

Tristeza de Moisés ante lo que prevé de parte de los suyos. Tristeza y también temor: no van a creerme, no van a escucharme. Si voy y les digo que te has aparecido a mí y que me has enviado donde ellos porque has decidido cumplir las promesas que hiciste a Abraham, cuyo recuerdo está más que difuminado en sus mentes y en sus corazones, me van a tomar por loco.

Drama, tristeza, soledad. Todo ello acompaña a los que presentan a los hombres el verdadero Rostro de Dios. Moisés lo sabe, y no hay la menor duda de que el Espíritu Santo puso en su boca estas palabras de resistencia. Las puso para que quedase constancia de que tanto el drama como la soledad son compañeros inseparables que se atan a aquellos que Dios envía al mundo.

Drama y soledad que acompañaron al Hijo de Dios. Mas junto con su drama y soledad, también su puerta abierta. Todos la tuvieron, pero Él dejó constancia de ello. La puerta abierta es que Dios Padre se hace responsable de Él, de estar con Él cuando ninguna mano le sostiene, ni apoya, ni acompaña: “Mirad que llega la hora, y ha llegado ya, en que os dispersaréis cada uno por vuestro lado y me dejaréis solo. Pero no estoy solo, porque el Padre está conmigo” (Jn 16,32). Así como el Padre está con Él, también aquellos que Él envía cuentan con su compañía y presencia: “Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes…y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28,20). 

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