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El abrazo de Dios 

abrazo4Hoy, 27 de febrero, 18 aniversario de la muerte de mi madre, no he podido salir de casa, por la nieve. Y en este regalo de tener una jornada en el hogar, se me hace imposible privaros de la belleza que nos rodea, aunque la intemperie del frío y de las comunicaciones sea muy grande.

Recibid este saludo, colmado de bondad, como si el Creador quisiera ponernos el manto blanco que cubriera nuestra desnudez y pecado.

Justamente, este día leemos el pasaje del retorno del “hijo menor” a la casa del padre, y la ternura paterna con la que el padre acoge a quien ha gastado sus vestidos, sus sandalias, y con hambre y arrepentimiento, vuelve a casa.

Desde que el papa Francisco nos explicó a los Misioneros de la Misericordia el pasaje abrazo3de Gn 9, en el que se describe cómo los hijos de Noé cubrieron con una manda la desnudez de su padre, para devolverle la dignidad, cada vez que aparece en la Escritura la referencia al manto, a la manta, al vestido, a la túnica, se reaviva en mí la emoción de la experiencia inenarrable del perdón.

Ayer, cuando leíamos el comportamiento de los hijos de Jacob con el más pequeño de los hermanos, con José, descubrí el contraste entre los que hicieron con el hijo amado del patriarca sus hermanos, y lo que narra el Evangelio en la parábola del “hijo pródigo”. Os invito a que releáis los dos pasajes: Gn 37 y Lc 15.

Desde Buenafuente, revestido como una novia, con el traje de luz, os deseo que experimentéis en vuestra vida el don precioso del abrazo entrañable de Dios, sobre todo en los momentos más duros.


Ángel Moreno

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