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El adviento de José 
Por Manuel Requena

 

Es muy prudente Mateo al informarnos el descubrimiento del hombre justo y sencillo José del embarazo de su esposa María, con la que no había tenido relación carnal alguna. La forma de llegarle la noticia, se resume en una palabra, ‘halló’, en griego “eureze”, ‘descubrió’, o quizás se entenderá mejor con la inapelable traducción literalísima: ‘encontró ser así’. Tiene todo el contenido admirativo que nosotros conocemos con aquel ¡eureka! histórico de Arquímedes al descubrir que el volumen de agua ascendido en la bañera en que estaba inmerso allá en Siracusa, era igual al volumen de su cuerpo sumergido. Esto le llevó a solucionar el problema de medir el volumen de cuerpos irregulares y le permitió saber además si la corona del rey Hierón II, estaba hecha de oro puro al calcular su densidad, a partir de la masa ya conocida. Tal fue su alegría que salió a las calles de la mítica ciudad sicialiana, dicen las crónicas que desnudo y gritando ¡Eureka! ¡Lo encontré! ¡Estaba aquí, delante de nosotros, y ya sé cómo es! Este puede ser para nosotros el resumen esencial del verbo ‘eurisko’ que utiliza el Evangelio de Mateo. Tiene también su sentido paralelo y físico pleno en la fe, o en los signos de nuestros sacramentos. Lo tiene más ¡y de qué forma!, en la experiencia de José aquella noche que comenzó su Aviento en tristeza y amaneció en alegría  con luz de sentido total a su vida y la de todo hombre. Desde entonces pudo medir la realidad de la vida de otra manera a la tradicional judía. Y es que hay noches y sueños que tienen más fuerza de iluminación para el universo, que el mediodía de todos sus años. José encontró la obra perfecta del Espíritu Santo en el vientre de Maria su esposa que él mejor que nadie, sabía que era virgen. Y creyó que aquello que ‘encontró’, era la medida exacta de toda justicia y gracia de Dios para el hombre. Era el peso específico en la realidad del poder de Dios de todas las cosas, las “visibles, invisibles, tronos dominaciones, potestades…” Todo estaba hecho por Él y para Él, y a José le tocaba sufrir y gozar el regalo en primera persona. Dios Espíritu Santo tendría por esposa a su mujer, y su hijo tendría por esposa a toda la humanidad en el cuerpo de su Iglesia.

Obviamente cuando narra Mateo que María se ‘encontró’ o ‘resultó’ embarazada, lo que nos dice es que fue conocido por algunos. Casi siempre leemos esta noticia, queriendo llegar pronto al resultado conocido de antemano de que el Cristo de Dios ya era hombre, se había encarnado engendrado por el Espíritu Santo de Dios en el seno de la Virgen María, y José iba a ser tenido por su padre, pero pasamos por alto con frecuencia el momento mismo del hallazgo que puede definir el perfil humano, el carácter, raro en Israel pero cristiano ya, de nuestro Patriarca. ¿Quien se dio cuenta que María estaba embarazada? ¿Quién se lo dijo a José? ¿La misma María? ¿Cómo se lo dijo? ¿Cuanto tiempo pasó desde que lo supo, hasta que tomó la resolución de repudiarla en privado y el ángel entró en sus sueños para remediarlo? Parece sugerir el Evangelio que todo fue muy rápido, casi en una jornada. Pero quizás no fuese así, sino que hubo un proceso de asimilación de la noticia, y posiblemente la intervención mediadora de otras personas con prestigio, con experiencia del Misterio y autoridad suficiente ante el Patriarca. Quizás María no subió sola a la montaña a casa de Isabel y del sacerdote Zacarías, sino acompañada por José, que había de ser su eterno compañero en las cosas del Verbo de Dios. Allí arreglaron sus emociones la casa de David y la saga de Aarón. Reyes, sacerdotes y profetas. Eso canta el Benedictus.

Según Mateo, sin decirnos exactamente cuando ocurrió, fue el “ángel del Señor”  el que comunicó al humilde carpintero en sueños, que el embarazo era obra del Espíritu Santo, y que él mismo estaba inmerso en la enorme obra de la salvación  humana. Pero un hombre semita de hace dos mil años no podía entender aquel procedimiento usado por Dios, por el Yavhé eterno y trascendente, al que le ordenaban representar aquí en la tierra. José pudo haber dicho que no recibía a su esposa, y lo hubiese entendido cualquiera. Pero no lo hizo. Aquello era un plan demasiado complejo y simple a la vez. Era lo que hoy llamaríamos un contrato de adhesión. Lo tomas o lo dejas. El plan es mío y tu no puedes mejorarlo. Al que has servido toda la vida, que te ha dado todo lo que tienes y todo lo que te han quitado como hijo de David, es el que realiza esto. A su ancestro nadie le preguntó si quería ser ungido Rey, sino que cuando llegó del campo, Natán lo ungió y quedó realizada su misión profética. Después ¡todos a comer y alegrarse! Habían encontrado al nuevo rey que estaban esperando. Tampoco a José le preguntaron nada. Su extraña misión que angustiaba sus entrañas de hombre, de justo, de esposo, de santo y de dueño, se la anunció un ángel en sueños. ¡Cuanta confianza debía tener el Padre en él! ¡Cuantos ratos previos de oración, de intimidad, de ofrecimiento silencioso pero sincero, profundo! ¡Cuantos sueños anteriores, que quizás no tuvo valor de seguir, precederían al sueño definitivo, el que había de cambiar su vida, y la nuestra! ¿Tendría costumbre José de hablar con los ángeles, para no preguntar siquiera quien era el de su sueño? Seguro que sí. Por eso su adviento acabó en nuestra ¡Feliz Navidad!
                  Manuel Requena

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