Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|viernes, abril 23, 2021
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El aliento de Dios en un cuerpo maltrecho 

Desde hace tiempo pensaba que había llegado yo a un techo en la fe y que vivía un poco de rutinas. ¡Necio de mí! Basta que Dios toque un poquito la historia, solamente un poquito, y ¡plaf!, todo se desmorona… El estancamiento en que se encuentra mi hermano Paco pone a prueba la propia fe: no habla, no come, respira con ayuda de una máquina, tiene atadas las manos para que no se arranque los tubos, una herida enorme en el sacro no le permite ni sentarse… Lleva así ocho meses y no hace nada más que sufrir. Pero la fe, cuando se hace real, nos introduce en un mundo completamente transformado y nuevo. A esa experiencia me está llevando Paco… o el Señor a través de Paco.

Su pasado es aún más estremecedor si cabe. Es bipolar desde… quién sabe desde cuándo (afirmo que nada produce más rechazo que un enfermo mental) y fue precisamente en un internamiento tras el último brote, bien por un exceso de medicación o por una neumonía sobrevenida con muy pocas defensas, o por ambas cosas a la vez, donde se produjo el colapso de su naturaleza. Tras un prolongado coma despertó inmóvil, nada funcionaba salvo su mente que, por las indicaciones de su mirada, sus muecas, sonrisas o sollozos, advertíamos presente.

Las ideas, por muy buenas que sean, no permiten dar respuestas a una situación así. Pasé los primeros meses como un zombi, mirando a la estratosfera con una permanente sensación de vacío: ciertamente, si algo queda sin sentido en la vida, toda la vida queda sin sentido, razón por la que las visitas al hospital en la primera etapa se me hacían una losa pesadísima. De alguna manera sentía que el absurdo ganaba terreno dentro de mí y me dejaba sin argumentos. Era como si oyera una risilla en los oídos que desbarataba en un momento la arquitectura religiosa lentamente depositada en mi conciencia (Satanás sabe sacar tajada de todo). En una palabra, sentía clavárseme en el alma el interrogante del amor de Dios y el de su mera existencia.

“ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí”

Todo esto me fue situando como en un punto cero (no exactamente, la experiencia que se tiene está ahí pero como adormilada) hasta que de forma inconsciente comencé a entrar con una actitud completamente nueva en el acontecimiento, mucho más humilde, respetando la presencia misteriosa de Dios en él, como Moisés entra descalzo (desnudo de ideas preconcebidas) en el Horeb desde donde Dios le llama.

Fui mirando a mi hermano de otra manara, viendo en él un icono de esa opción divina por hacerse Dios mismo el último, el Siervo sufriente. Eché mano de los cantos del Siervo del profeta Isaías sin racionalizar nada, limitándome a contemplar la presencia del Ser que en ellos se describe: “No hay en Él parecer, no hay en Él hermosura que atraiga las miradas, no hay en Él belleza que agrade. Despreciado, desecho de los hombres, varón de dolores, conocedor de todos los quebrantos, como uno ante quien se vuelve el rostro… pero fue Él el que cargó con los dolores” (Is 53, 3-4).

¿Qué pensar de este pasaje? ¿De quién se habla? ¿Es posible que Dios mismo haya irrumpido en el periplo humano de esta guisa para cargar con la culpa que merecíamos nosotros? ¿Era realmente necesario? Si esta locura ha salido de la mente de Dios —y así parece que haya sido—, conviene hacer silencio para no enturbiar unas aguas tan increíblemente puras; solo algo así puede derribar nuestra soberbia tan antagónica a lo que aquí contemplamos. Basta mirar un poco este mundo para darse cuenta de que esta imagen sigue aconteciendo, sigue encarnándose en este mundo. Alguien tiene que hacerla presente para detener un poco nuestra soberbia, y voy intuyendo que Paco ha sido elegido misteriosamente —como tantos otros— para esta misión, lo sepa él o no lo sepa.

Para que surja la fe, o para avanzar en este combate que es la fe hasta la muerte, en un momento dado tiene que desaparecer aquello en lo que nos apoyamos, pulverizarse, y eso es durísimo, puedo asegurarlo. Veo con toda claridad que no sabemos nada, que detrás de nuestras aparentes seguridades se agazapa un ser pequeñísimo que no sabe nada de nada de lo más importante de la existencia, aunque crea saber algo. Pienso que cuando se descorra el velo y nos encontremos cara a cara con la Verdad definitiva…, nos vamos a quedar boquiabiertos. Nuestros conceptos sobre la verdad, sobre el amor y sobre tantas cosas tienen el techo de nuestra propia limitación, son… nada.

“Señor Jesús, Hijo de Dios, ten piedad de mí, pecador”

Un buen día sentí el deseo de rezar con mi hermano Paco. Comencé por lo más fácil, el Rosario y las Letanías. Otro día, unos salmos, los de la oración de Vísperas… y otro día, con la ilusión de ayudarle en esa soledad en la que permanece la mayor parte del tiempo (muchas veces me sorprendo en la cama o en la oficina pensando en él y viéndolo completamente solo mirando la esquina de su habitación), le insinué la posibilidad de hacer por sí mismo la oración incesante, la oración del corazón: “Señor Jesús, ten misericordia de mí que soy un pobre pecador”, una y otra vez, mañana y tarde, al anochecer y en noche cerrada, para que a fuerza de repetirla —esta es la experiencia de un monje narrada en el bellísimo libro “El peregrino ruso”— llegue a confundirse con la propia respiración. Yo suelo ponerla en práctica y enriquece muchísimo la vida, se experimenta una compañía permanente.

No sé si lo hace, pero comencé a notarle cada día más receptivo y, como lo que nos sobra es tiempo, fui haciéndole comentarios sobre los misterios del Rosario, sobre el amor de Dios, que es lo que se trasluce de fondo en todos ellos, sean los gozosos, los dolorosos, los luminosos o los gloriosos. Lo mismo fui haciendo con el evangelio del día y, de forma natural, fui sintiendo el sugerirle el amor de Dios como algo real; hablarle con una verdad que jamás hubiera sospechado —“¿Y si Dios ha permitido esta enfermedad tuya para que lo conozcas?”— y cosas así. Le animé a cogerse de mi mano para ir juntos a la fe, como lo cuento. Su respuesta fue un sollozo admirable.

Hay momentos en que está como ausente y la comunicación está rota. Yo respeto esos momentos y, cuando se producen, me limito a permanecer en silencio junto a él. En otros, en cambio, me mira y solloza profundamente ante determinados comentarios que arrancan de mí otros aún más audaces. Estas vivencias están cambiando radicalmente el clima de nuestros encuentros hasta el punto de sentir deseos de acudir junto a él, no por hacer mi obra buena del día, sino por la curiosidad de ver qué sorpresa nos deparará el encuentro de hoy.

Cada día profundizamos más y siento que Dios potencia estos encuentros. Alguna vez, cuando rezamos el Rosario —yo por los dos, claro— lentamente, como un susurro, deletreando las avemarías, experimento la presencia allí junto a nosotros de la Virgen María. No me estoy volviendo loco ni me considero un vidente. Sencillamente se está allí como en la Gloria.

La fe simplifica completamente los esquemas mentales y clarifica la única realidad, la presencia real del Señor; lo demás me sirve para poco. Cuando se produce esa conexión me brotan las palabras que hacen blanco en su interior . “Paco —le digo—, salimos seguidos del útero de mamá; tú detrás de mí. Y ¿sabes?, nos encaminamos juntos hacia el útero que nos espera, que no es otro que el inmenso amor que Dios nos tiene y que experimentaremos durante toda la eternidad. ‘Vivir con Cristo es con mucho lo mejor’, eso es el Cielo”. Y solloza convulsivamente, y clava los ojos en los míos como asintiendo.

amor de dolor

El Día de Todos los Santos me correspondía acompañarlo, y como antes había participado yo en la celebración de la Eucaristía, y la Palabra me había remitido a él, le proclamé el evangelio del día: un trocito del Sermón de la Montaña, la palabra más bella que jamás se haya pronunciado en este mundo. Me fue muy fácil aterrizarla allí mismo, le sentaba como un guante: “Bienaventurados los pobres, bienaventurados los mansos, bienaventurados los que lloran, los que sufren castigos injustos…”: todas esas bienaventuranzas hacían diana en su corazón. “Están expresadas como pensando en ti, Paco —le decía yo— y te espera lo que ellas prometen: la dicha de poseer la tierra, de vivir verdaderamente la Vida, lo que a nosotros se nos escapa aunque lo tengamos todo, la dicha de ser consolado, la alegría profunda de saberse hijo de Dios…”. Me sería muy difícil explicar la conmovedora respuesta con la que reaccionó, las lágrimas vertidas, la mirada agradecida clavada en mi retina… Jamás lo olvidaré.

No quiero pasar por alto las risas que también surgen de forma incontrolada y preciosísima hasta vérsela la campanilla. Ante la necesidad, por ejemplo, de tener que salir corriendo a “hacer mis necesidades” o de leerle un trabajillo mío que me publicaron en esta misma revista, al terminar, nos quedamos mirando en silencio y le dije: “¿Qué te parece?… No, no me digas nada. Infumable ¿no?, un rollo insoportable…”. Y se reía hasta destornillarse, hasta el punto de que una enfermera que acertó a aparecer por allí, nos preguntaba qué le pasaba, que ella quería participar también.

Y es que la comunicación supera con mucho a los sentidos que usamos para comunicarnos; estos son una mera herramienta, pero la verdad es que la comunicación se da incluso cuando aquellos fallan, porque va más allá de ellos. Se da en lo más profundo del ser y no se expresa con palabras, tiene más que ver con el amar y el sentirse amado. Tengo aún fresco el recuerdo del sacramento de la Unción de Enfermos que le llevamos estando en la UVI en pleno coma. En cuanto el presbítero se puso la estola y le habló, comenzó a hacer pucheros con lágrimas evidentes, un gesto que nos dejó boquiabiertos, un gesto con el que nos dio a entender claramente que reconoció al Señor en los signos del sacramento.

Las cosas más profundas acontecen a unos niveles más allá de los sentidos, en la conciencia, que es el santuario donde Dios habita dentro de cada uno, el templo en el que la vida divina reside en el hombre.

En ese sentido, les digo a mi hermanos —somos nueve hijos—: “Claro que es lamentable ver a Paco así. Pero no estamos solamente frente a una fatalidad, sino también frente a la posibilidad de ver que la vida es un valor en sí misma, y que nos puede sorprender. ¡Ya lo creo que nos va a sorprender!”. Y les sigo diciendo: “Paco puede hacernos un gran bien a todos. No se trata de que nosotros vayamos a ayudarlo a él, sino que él nos va a ayudar a nosotros a encontrar un sentido a la vida, que va mucho más allá del bienestar personal”.

No es que piense que este sea malo, pero no justifica nuestro paso por la existencia. No hay otro acontecimiento en nuestro horizonte que tenga la capacidad de hacernos plantear los grandes interrogantes como el sufrimiento extremo que estamos viviendo con Paco. El día a día, con sus pequeñas o grandes inquietudes, nos lo impide normalmente. La tentación es desaparecer de la escena, porque es muy duro afrontar la realidad tal cual es —comprendo que esta sociedad se plantee la eutanasia como una liberación—, pero nos perderíamos un tesoro que va a sernos imprescindible a todos en muy poco tiempo. Porque esto va estando muy avanzado —“la noche está avanzada”— y pronto, mucho más pronto de lo que pensamos, nos guste o no, nos iremos enfrentando a la única verdad que tenemos delante: la muerte.

“todo lo puedo en aquel que me conforta”

El camino que intento describir no está siendo un camino de rosas ni es lineal. El último día lo encontré totalmente ausente; todo intento de comunicarme con Paco, incluso el de rezar con él, fue inútill; su persona era un gemido permanente, me sentía incapaz de consolarlo. La única opción fue permanecer junto a él, acariciarle la frente, cogerle la mano y llamarle por su nombre repitiéndole en el oído de forma queda: “Paco, Paco, Paco…”. Todo fue inútil, su llanto era incontenible y con todo el dolor de mi corazón tuve que dejarlo así.

Desde hace un par de semanas la cosa se va haciendo más dura, del llanto se ha pasado a una total ausencia de expresión. El daño cerebral es muy severo y el tiempo que transcurre sin mejoría habla por sí solo de un deterioro irreversible. Además, tantas horas de aislamiento forzado tienen que generar en su cerebro un mundo personal impenetrable que debe ir minando su personalidad. Lo miro fijamente y me pregunto, al verlo así con la mirada perdida, dónde se encuentra en este momento: “¿Dónde estás Paco?”. En estas circunstancias, mi único consuelo es mirar a lo alto: “Señor, Tú lo sabes todo, Tú sabes el auténtico sentido de todas las cosas…”. Y me limito a permanecer junto a él en silencio, meditando, rezando…

Pienso en la Virgen María bajo la cruz, viviendo esa misma situación, pero más dolorosa aún al tratarse de un hijo maltratado y crucificado, y mucho más aún al tratarse del Hijo. Cómo me ayuda saber que ella, no pudiendo hacer nada por su Hijo, no pudiendo aliviarlo, se limitó a estar junto a Él, haciendo suyos sus sufrimientos con una serenidad pacífica, acompañándolo en un trance que ella sabía imprescindible, porque el proyecto de Dios pasaba por ahí.

Esta es, pienso yo, la clave que explica la serenidad de la escena: existe un designio —María lo sabe— que da sentido al tremendo acontecimiento, que lo aleja de lo casual, de lo caótico. Por esa razón no se percibe desesperación ni rebelión alguna en ella, ni siquiera resignación, solo aceptación; aquí se rompen todos los esquemas para el que contempla la escena. Todas las imágenes de “la Piedad” que tantos artistas han sabido plasmar nos dejan absortos, desaparece lo meramente natural para dar paso a lo sobrenatural, algo que no es de este mundo.

Me ayuda realmente mirar a mi hermano a la luz de estas meditaciones. Qué consuelo experimento pudiéndome desprender de una mentalidad puramente racional, dejando que la mera situación iluminada por la revelación me conduzca a una experiencia liberadora, sabiendo que Dios está en medio. Todo ello va fraguando en mí una vivencia real, para nada aprendida, y preñada de esperanza. Me alegra verdaderamente poder aprender de la Virgen María a guardar las cosas en el corazón y empezar a sentir que todo está bien así.

“yo sé que mi Redentor vive”

Como en estos momentos tan especiales uno se convierte en una esponja que absorbe todo lo que ayuda a trascender, esto es, a descubrir la plenitud del sentido de una situación sin salida como esta, releyendo las conclusiones del Sínodo de los Obispos sobre la Nueva Evangelización en este Año de la Fe, se me han ido los ojos a una de ellas —la n.º 32—, que, hablando de los enfermos, los considera protagonistas muy importantes de la Nueva Evangelización: “A través de los enfermos Cristo ilumina a su Iglesia, de modo que quien entre en contacto con ellos, encontrará reflejada la luz de Cristo”.

Esto, claro está, exige tener fe que permite ver lo invisible a los sentidos. Aquello que les está velado y que en la cruz alcanza su punto más álgido; una inflexión que separa una visión puramente natural de la vida de otra sobrenatural, tal como dice San Pablo: “La cruz es escándalo para unos” (los que tiene una mentalidad religiosa con poca hondura), “estupidez para otros” (los que no dan el paso a la fe), “mas para los creyentes, fuerza de Dios”. Y el mismo Jesucristo, hablando de la cruz dirá: “Mi yugo es suave y mi carga ligera”. Aquí se produce un salto de gigantes, un cambio de mentalidad que no puede improvisarse. Estamos en Cuaresma y es cierto que Cristo resucitará en el hoy, en la historia real de cada día, con Paco o a través de Paco.

Hace tiempo oí decir que un enfermo es un altar viviente al que Dios no niega nada. Y esto mismo he podido comprobarlo en los últimos días. A veces, al rezar hacemos algún repasillo a algún miembro de la familia que intuimos vive con zozobras y pedimos juntos por él. Pero el otro día le puse delante un par de situaciones muy personales que me preocupaban profundamente, y le expuse a las claras que en estas circunstancias él era para Dios un altar real: “Paco —le dije—, intercede ante el Señor, es un favor que te pido, a ti no te lo va a negar”. Estoy sobrecogido; en cuestión de días las dos circunstancias han dado un vuelco y se están orientando hacia su solución. Posiblemente, Paco no ha hecho nada, salvo ser testigo de la situación planteada, y Dios, mirándolo a él, no puede negarse a actuar.

Todo lo que aquí narro es completamente real, aunque alguien pudiera considerar que gran parte es fruto de una imaginación desbordante. A mí me está renovando la mente y me está permitiendo tocar la fe. Mientras tanto, Paco sigue ahí, afrontando una durísima situación que yo observo día a día con la esperanza de que Dios vaya adueñándose de su corazón y vaya siendo su auténtico consuelo.

Yo sé que a los que lo acompañamos, seamos conscientes o no de ello, en medio de momentos muy amargos, nos está haciendo un gran bien, como es por lo menos la posibilidad de mirar a lo alto. Y sé también, no me cabe la menor duda, que se está fraguando su entrada en el mismo Cielo, libre ya y para siempre de toda tristeza y sufrimiento. Hasta que esto suceda, os pido a todos, lo conozcáis o no, una oración por él y por tantos que como él atraviesan en este mundo este durísimo trance.

Enrique Solana de Quesada
Arquitecto

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