Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|viernes, diciembre 6, 2019
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El alzar de las manos 

En la celebración de la Santa Misa, en el momento del rezo del Padrenuestro, muchos

cristianos alzamos las manos de diferentes formas y posturas. Unos lo hacemos con las palmas

vueltas hacia el altar, otros con las manos en actitud de presentación de nuestras ofrendas,

otros en actitud de escucha con los brazos doblados y los cantos de las manos al frente, etc.

Otros, al fin, sin ninguna actitud especial, con respeto, como se debe a la celebración del

momento que se está viviendo.

La realidad es que no hay ninguna recomendación en la liturgia que nos indique qué postura

tomar, y se deja en el sentimiento de los fieles, como una forma de dirigirnos al Padre celestial.

En mi caso particular, yo presento mis palmas a Jesucristo crucificado, siempre presente en la

celebración y con la imagen en el altar del celebrante. Él me enseña las suyas, sangrando por

mis pecados y los pecados del mundo. Él, el “sin pecado”, el Cordero manso que “quita el

pecado del mundo”, el que en una traducción más exacta es el “que borra” el pecado del

mundo, me enseña sus Santas y Venerables Manos en la Cruz. Él, que se entregó a sí mismo

por nuestros pecados, para librarnos de este mundo perverso (Gal 1,4). Él nos rescató de la

maldición de la ley, haciéndose Él mismo, maldición por nosotros, pues dice la Escritura:

“Maldito el que cuelga del madero (Gal 3,13)”

Ya está profetizado en el Salmo 24:

¿Quién puede subir al Monte del Señor?

¿Quién puede estar en el recinto sacro?

El Hombre de Manos inocentes y puro corazón

Que no confía en los ídolos

Ni jura contra el prójimo en falso

Este Hombre es Jesucristo. En Él se cumplen todos los Salmos. Y en mi alzar de mis manos, yo

le enseño las mías: estas sí están manchadas de sangre, de la sangre de mis pecados, los que Él

recogió para hacerlos suyos. Y en esta actitud, con las palabras que Él mismo nos enseñó,

recuerdo mis pecados borrados con su sacrificio, le pido perdón y me dispongo a recibirlo en la

Eucaristía. Y le digo:

“Que mi oración sea como incienso para Tí

Mis manos alzadas, como ofrenda de la tarde” (Sal 141, 2)

Alabado sea Jesucristo.

                                                                                                                                                                                                         Tomás Cremades

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