Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|lunes, septiembre 16, 2019
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El amor es santidad de ley 

“Pues toda la ley alcanza su plenitud en este solo precepto: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”…Pero, si sois conducidos por el Espíritu, no estáis bajo la ley. En cambio el fruto del Espíritu es amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio de sí; contra tales cosas no hay ley… Ayudaos mutuamente a llevar vuestras cargas y cumplid así la ley de Cristo”. (Ga 5, 14; 18, 22-23; 6,2)

Para subrayar fuertemente la bondad de alguien decimos que es “de ley”, que posee un corazón de oro. Precisamente si el amor tiene en el corazón su guarda y custodia es porque el amor es “oro de ley”, y el oro con oro se guarda. ¿Qué otra cosa podrá ser la santidad (la de Dios y la nuestra) sino este amor? Santidad y amor son las dos caras de la misma moneda de oro de ley con que llegar al cielo. Es decir, “Sed perfectos como vuestro Padre del cielo” (Mt 5, 48) es lo mismo que “Sed santos, porque yo, el Señor, vuestro Dios, soy santo” (Lv. 19, 2), e idénticos ambos a “Amaos unos a otros como yo os he amado” (Jn 13, 34).

Ya vimos que, “Sed perfectos como vuestro Padre del cielo lo es”, no es un desmedido mandato ético, sino una propuesta que recoge el anhelo profundo del conocimiento de Dios en su Hijo Jesús. Amar a Dios y al prójimo con todo el corazón y con toda el alma vale más que todos los sacrificios y holocaustos. Descubrir esta identidad es una sabiduría que, como nos decía San Pablo, supera cualquier ciencia, ya que procede de Dios: “Como el Padre me ha amado a mí, así os he amado yo a vosotros; permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor, como yo he guardado los mandamientos de mi Padre, y permanezco en su amor.” (Jn. 15, 9-10).

La mejor interpretación de Mt 5, 17: «No penséis que he venido a abolir la Ley y los Profetas. No he venido a abolir, sino a dar cumplimiento” la encontramos en el evangelio de Juan, especialmente en el “Libro de la Gloria” (capítulos 13 a 17) donde se expone la inmensa riqueza de vida espiritual que se encierra en la perfección y santidad de Dios, ahondando en que no se trata de mandatos éticos. Jesús no es un maestro de moral, sino el Maestro y el Señor al mismo tiempo (“ho Didaskalos kaí ho kyrios”). “Vosotros me llamáis “el Maestro” y “el Señor”, y decís bien, porque lo soy” (Jn 13, 13). Señorío y Magisterio se confunden de tal manera con el ser de Jesús de Nazaret, que para nosotros, conocer y amar esta realidad, es vida eterna.

nuestra patria es el Cielo

“Padre justo, si el mundo no te ha conocido, yo te he conocido, y estos han conocido que tú me enviaste. Les he dado a conocer y les daré a conocer tu nombre, para que el amor que me tenías esté en ellos, y yo en ellos” (Jn 17, 25-26). Son estos dos versículos hondos como el pozo de Jacob en que Jesús aguardó a la Samaritana en Sicar, para darle a beber un agua que cambiaría su vida y la de sus vecinos.

La justicia de Dios, dice Jesús, es el don de su amor en el hombre que lo hace perfecto y santo. ¿Y si esto fuera verdad? ¿Y si fuera posible que nosotros correspondiéramos a un amor así? Entonces aparecerían unos cielos nuevos y una tierra nueva, habitados precisamente por la justicia. Entonces la vida terrena sería el cielo, porque seguramente la vida celestial consista en poder devolverle a Dios el amor que nos tiene. La escatología cristiana no es una utopía más: la muerte tiene su explicación biológica y natural, pero no es el fin, sino la imprescindible condición para un amor sin fronteras.

La conclusión es sencilla: el cielo es Cristo Jesús resucitado y vivo. Quien cree en Él y alimenta, ya desde aquí, su vida en esta fe sabe que ha pasado a la Vida (1Jn 5,12-13).
Quien ama así, quien participa del amor de Cristo a los hombres sabe que ha pasado de la muerte a la vida, puesto que Dios está vivo y es Amor. Por el contrario, “…todo el que no obra la justicia no es de Dios, ni tampoco el que no ama a su hermano… El que no ama permanece en la muerte. (1Jn 5, 10.14). Muerte y vida realizan su dramática dialéctica en el campo de la justicia y el amor. A quien salga vencedor le decorarán el último día con el inefable título de “perfecto como Dios” o “santo como Dios” y el Justo Juez le dirá: “Venid, benditos de mi Padre”. ¿Se puede aspirar a más?

presencia viva que acompaña

Para el creyente judío del Antiguo Testamento su relación personal con Dios y con los demás se articulaba en una Ley de Santidad que abarca inseparablemente el culto y la moral. Así lo recordarán permanentemente todos los profetas, especialmente Isaías en su Libro de la Consolación. Una lectura atenta a sus capítulos 41, 42 y 43 pone de manifiesto cómo entiende Isaías la santidad de Dios. Para empezar, no es un atributo externo de Dios; como si, además de Dios, Yahvéh fuera bueno en grado supremo. En segundo lugar, este ser santo consiste en su actuar, en su implicarse en los hechos. De tal modo que la divinidad de Yahvéh consiste en su dinamicidad; su tomar parte en la historia de los hombres la convierte en Historia de la salvación, frente a la estaticidad de los ídolos, que son vacuidad y nada.

Además, la teofanía salvífica de Dios es el modo adecuado a la capacidad perceptiva de Israel, que de otro modo no vería a Dios, ni le oiría. Los hechos revelan a Dios, no la especulación filosófica ni el mero culto ritualista. De hecho, Isaías advertirá y denunciará como lo más contrario a la relación de Dios con su pueblo el tener ojos y no ver, y oídos y no oír, limitándose al culto vacío y hastiante. Dios es la salvación actuante e inmersa en la Historia del hombre, y le pide al hombre la justicia y las obras que a esta corresponden.

El nombre de Dios se asocia inseparablemente a los hechos de su obrar salvífico. Dándole la vuelta, nuestra historia es sacramento y patente expresión de la santidad de Dios: el “Santo de Israel” asume la vida real del pueblo como suya; el pueblo es pueblo suyo, su propiedad personal, quedando en Él asumida y santificada toda la humanidad, de modo que a todos los hombres compromete en el recto obrar, conforme con la voluntad del Dios fiel y redentor.

“¿cómo voy a dejarte, Efraím, cómo entregarte, Israel?”

Y todo ello por amor. Nada hay en Israel ni en la humanidad que impulse a Dios a actuar sino el puro amor y la gloria de su nombre (Is 43,6-7). La santidad de Yahvéh es un amor de predilección, tan singular y exquisito, que hace de esta predilección una llamada a Israel por su nombre. De modo que queda, por el mismo amor, unido al nombre de Yahvéh: “Por mí, por mí, lo hago, pues ¿cómo mi nombre será profanado? No cederé a otro mi gloria” (Is 48, 11).

En este Israel, descendencia de Abraham, son amadas y bendecidas todas las naciones de la tierra, porque Dios es santo para los buenos y para los malos. La bendición llegará a todos por el testimonio del pueblo de la elección, siervo de Yahvéh “ a quién elegí para que se me conozca y se me crea por mí mismo y se entienda que yo soy” (Is 43, 10.13).

De este modo, el amor es el elemento articulador de la implicación de Dios en la historia, de su nombre de Dios verdadero y de su poder de salvación que transforma la realidad. Será en el Nuevo Testamento cuando esta estructura doctrinal acerca de la santidad de Dios consuma su realidad en la persona del Verbo Encarnado. El cántico de María, al que aludiremos al final, expresa cómo la comunidad cristiana primitiva fraguó la experiencia del Amor santo y salvífico de Dios, dando testimonio de que su nombre es santo porque hace llegar su misericordia a todas las generaciones (Lc 1, 46-55).

En la conciencia cristiana primitiva la santidad de Dios madura a medida que la experiencia pascual del Señor va calando en las comunidades de creyentes. En Hch 1,16-26, Lucas habla del ministerio del que Judas Iscariote prevaricó y en el que Matías le sustituirá como testificación de la resurrección del Señor. Una vez completado el número de testigos, el evangelista narra la secuencia de Pentecostés y el testimonio de Pedro con los Once. Así, pues, el testimonio de los creyentes deriva, como de su misma raíz y fuente, del actuar de Dios en la vida, milagros y Pascua del Señor. Se trata del testimonio con la palabra y con la vida; algo que alcanza carta de naturaleza en la esencia misma de la Iglesia más antigua, de la de hoy y de la de siempre. Esteban y Santiago pregonan con fuerza la experiencia que el Espíritu Santo ha sellado en ellos: su sangre es la fuerza de su fe apostólica.

si Dios no existe, la vida es una tragedia con parches

De siempre, pero hoy con matices propios y de gran hondura, el problema del mal ha cuestionado el entendimiento del Dios verdadero. Desde el dilema aporético de Epicuro, esta cuestión venía referida fundamentalmente a la existencia de Dios, pues nunca ha estado claro cómo pueden conciliarse la existencia del mal en el mundo con la de Dios. Sin embargo, hoy el acento está puesto, no tanto en la cuestionabilidad de la existencia de Dios, cuanto en la de su santidad.

El pensamiento posmoderno increyente sostiene que esta misma increencia no tiene otro problema frente al mal más que el de acabar con él; el problema lo tienen los cristianos, quienes reclaman para su Dios la bondad y el poder infinitos, y pretenden ser la respuesta a la pregunta fundamental de la vida. Para dicho pensamiento, la cuestión está en que esa pregunta ya nadie se la hace. De otra manera: el ateísmo actual evidencia que no es el ateo quien tiene un problema, más bien es Dios quien lo tiene.

El asunto es que con la Ilustración y la modernidad se habló de la muerte de Dios y luego de la muerte del Hombre. Hoy ya no se habla: una sorda mudez recorre muy amplios espacios de la cultura occidental y poscristiana. Los otros espacios son poseídos por formas de religión en las que es francamente difícil encontrar los rasgos que caracterizarían una divinidad “verdadera”. De Dios y del mal ¿para qué hablar?

Ahora bien, esta cultura “teosilente” que pretende imponer el silencio a todo lo relacionado con Dios y el hombre en su dimensión más honda, hila muy fino. No niega el diálogo ni el debate, pero el tema no versa sobre Dios, o sobre sus cosas, al menos como cuestión prioritaria. , sino que la ética universalista de fondo relativista es la que se impone. ¡Faltaría más! Me parece que no es relevante en esta interlocución el crucifijo, ni probablemente el pensamiento del viejo ateismo, ni su in-humanismo. Quizá pudiera presidir estas conferencias un logotipo de la ética universalista convenientemente inscrito sobre el fondo incoloro del relativismo…, ¡faltaría más!.
Para gran parte del pensamiento de hoy día, el mal nos desafía solo de tejas abajo, no en el topos uranos de lo metafísico (por no decir de ciertos lunáticos). Por tanto, ¡silencio sobre Dios!, y acaso, siempre recluído en lo particular o privado. Hablemos, esto sí, de cómo bracear en este mar del mal y del bien sin desesperarnos hasta el punto de naufragar.

“brillen vuestras buenas obras ante los hombres”

Pero el cristianismo no puede quedarse callado. La palabra le es consustancial, porque su creencia básica es un Dios verdadero en tanto que Palabra encarnada como hombre también verdadero. Esto equivale a sostener la fe en Jesucristo, en la esperanza en el cielo, y en el amor a todos los hombres…, al enemigo también.

Esta fe tiene que ver con la verdad, no tanto con las experiencias internas o propias del subjetivismo religioso personal, por más legitimas que sean. Tengo la necesidad de resaltar que es en la vida de los hombres donde el amor santo de Dios tiene su expresión más fuerte. Se necesitan grandes santos que atestigüen que no es la presencia del mal la que hace absurda e imposible la existencia de Dios, sino que es más bien la omisión de toda referencia y alusión divina la que hace inexplicable y difícilmente combatible en su raíz el mismo mal.

¿Y por qué grandes santos? ¿Es que puede haber un santo pequeño? Lo que se quiere decir es que con Con el ruido ensordecedor que mete el mal hoy es necesaria una potencia grande, muy grande, de voz. Los grandes santos de hoy, efectivamente, se dejan oír alto y claro, precisamente porque a veces su condición humana física es débil y quebradiza. Esta paradoja resalta la sabiduría que nos acerca a la Verdad. Es en la cruz de Cristo donde la verdad abarca al hombre entero, y entero lo redime.

La santidad de Dios, que obra la liberación del mal, se ha hecho palabra en Cristo Jesús y se prolonga en la Iglesia. Sobre todo hablamos del peor de los males: el miedo a la muerte de la que habla la carta a los Hebreos. Este mal es una mordaza que grita un silencio ignominioso acerca de Dios y acerca del hombre. El amor cristiano, como entrega de la vida sin reservas en la vida diaria y concreta, vocea la poderosa santidad de Dios que ha hecho suyo el drama humano y no se desentenderá nunca de él. Este amor es santidad de ley.
Pero donde hay un hombre con miedo, acurrucado en un rincón esperando la Palabra, ahí está María, la madre de Jesús. Y María proclama la grandeza del Señor santo, de modo que este amor de Dios se oiga en todos los rincones: “Proclama mi alma la grandeza del Señor… su Nombre es santo…, hace proezas con su brazo… auxilia a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia, como lo había prometido a nuestros padres, en favor de Abraham y su descendencia por siempre” (Lc 1 46-55).
María es depositaria de dos cosas de incalculable valor para los hombres de hoy. Las lleva en su corazón de oro: una espada forjada con el sufrimiento de sus hijos, y la esperanza cierta del triunfo definitivo del Amor, tres veces santo, de Dios sobre el mal y el enemigo. Ella misma es, junto con el Señor Jesús, este triunfo en el cielo. De allí nos llega una señal portentosa que aparece en el amanecer diario de cada hombre.

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