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El amor y la fe en las obras se ve 
27 de Febrero
Por Ernesto Juliá/strong>

«En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: “El que os dé a beber un vaso de agua porque seguís al Mesías, os aseguro que no se quedará sin recompensa. El que escandalice a uno de estos pequeñuelos que creen, más le valdría que le encajasen en el cuello una piedra de molino y lo echasen al mar. Si tu mano te hace caer, córtatela: más te vale entrar manco en la vida, que ir con las dos manos al infierno, al fuego que no se apaga. Y, si tu pie te hace caer, córtatelo: más te vale entrar cojo en la vida, que ser echado con los dos pies al infierno. Y, si tu ojo te hace caer, sácatelo: más te vale entrar tuerto en el reino de Dios, que ser echado con los dos ojos al infierno, donde el gusano no muere y el fuego no se apaga. Todos serán salados a fuego. Buena es la sal; pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la sazonaréis? Que no falte entre vosotros la sal, y vivid en paz unos con otros”». (Mc 9,41-50)


En el evangelio de hoy, el Señor nos invita a prestar atención a la meta final de nuestra vida: el Reino de Dios, y nos señala el camino que hemos de recorrer en nuestro andar en la tierra si anhelamos alcanzarla: pensar y amar a nuestros hermanos los hombres, por Cristo y en Cristo, unidos al corazón de Cristo.

¿Cómo lo haremos? Sirviéndoles con nuestras acciones y dándoles buen ejemplo con nuestras vidas. “El que os de un vaso de agua, porque seguís al Mesías, no quedará sin recompensa”. No vivimos aislados; no podemos despreocuparnos de los demás; sus necesidades, sus preocupaciones tienen que ser las nuestras, como fueron las de Cristo, como fueron las de San Pablo. ¿”Quién desfallece que yo no desfallezca? ¿Quién se escandaliza que yo no me indigne?” (2 Cor 11, 19).

 Son muchos los caminos que tenemos para ayudar y vivir con los demás en sus penas y en sus alegrías, en sus enfermedades, en sus ratos de soledad, en sus angustias; y vivir con ellos en el deseo de transmitirles un poco de paz, de serenidad, de esperanza en los momentos más difíciles de su vida, comprendiéndoles, perdonándoles, pidiéndoles perdón. Así les ayudamos a descubrir y a vivir, en una palabra, el amor que Dios les tiene.

El Señor nos presenta, además, la necesidad de dar buen ejemplo, para que nuestro actuar refleje algo del amor con el que Dios ha creado, ha redimido, ha santificado el mundo y transmitir el “bonus odor Christi”, el buen aroma de Cristo, para hacer el bien a quienes comparten su vida con nosotros.

Es el buen ejemplo de sacrificio del padre que lucha para educar a sus hijos; de la buena madre que trasmite amor a toda la familia; del amigo que atiende al amigo en la enfermedad y en la contrariedad; del amigo que se preocupa de la vida cristiana del amigo; del profesor que se sacrifica para atender y formar a sus alumnos; del médico que pone todo su cariño en la atención del enfermo, niño o anciano que sea; etc.

El Señor nos señala el mal que provocan, y que merecen, los provocadores de escándalos: “El que escandalice a uno de estos pequeñuelos que creen, más le valdría que le encajasen en el cuello una piedra de molino y lo echasen al mar”.

Las palabras del Señor son netas, claras y fuertes. El escándalo querido y provocado abre las puertas del infierno. Es más; es ya el infierno. Cualquier escándalo crea un mal a su alrededor; y en personas débiles, ingenuas, cariñosas, ese mal puede destrozar sus vidas.

¿Cómo podremos seguir estas buenas recomendaciones del Maestro, preocuparnos de los demás, servir a los necesitados y dar un buen testimonio de nuestra fe con nuestra conducta, que les anime a seguir también ellos una vida cristiana de fe, de esperanza, de caridad?

“Buena es la sal; pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la sazonaréis?”. Para vivir con ese empeño y esos horizontes necesitamos la ayuda del Señor, que sabe que nosotros solos no podemos y que nos envía el Espíritu Santo. “El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo” (Rm 5, 5 ), e ilumina nuestra inteligencia para que no perdamos el horizonte de nuestra vida terrena: la vida eterna. El Espíritu Santo llena de fe nuestra inteligencia y nuestro corazón, y nos mueve a amar con el amor de Cristo a Dios y a los demás.

“La comprensión de la fe es la que nace cuando recibimos el gran amor de Dios que nos transforma interiormente y nos da ojos nuevos para ver la realidad” (Lumen Fidei, n. 27).

Ser sal, ser luz. En otros pasajes del Evangelio el Señor nos invita a ser sal y a ser luz. Como cristianos, que conocemos y amamos a Cristo, que es la Luz del mundo, solo podremos transmitir esa luz si vivimos y caminamos con Él a lo largo de nuestra vida, en su compañía siempre. ¿Cómo es esto posible?

“Todos nosotros, los bautizados, somos discípulos misioneros y estamos llamados a ser en el mundo un Evangelio viviente: con una vida santa daremos “sabor” a los distintos ambientes y los defenderemos de la corrupción, como hace la sal; y llevaremos la luz de Cristo con el testimonio de una caridad genuina” (Papa Francisco, 9-II-14).

“Con una vida santa”, dice el Papa. ¿Qué es una vida santa? El entonces cardenal  Joseph Ratzinger, escribiendo sobre san Josemaría Escrivá, dice lo siguiente: «Para muchos la santidad se convierte en algo reservado para determinados “grandes” cuyas imágenes vemos en los altares, y que son muy diferentes a nosotros, normales pecadores. Pero esta es una idea equivocada de la santidad, una percepción errónea que ha sido corregida precisamente por Josemaría Escrivá (…) Con otras palabras, ser santo no es otra cosa que hablar con Dios como un amigo habla con un amigo. Ser santo no comporta ser superior a los demás; es más, el santo puede ser muy débil y cometer numerosos errores en su vida. La santidad es el contacto profundo con Dios, el hacerse amigo de Dios. Es dejar obrar al Otro, al Único que puede hacer realmente que este mundo sea bueno y feliz”». (6-X-2002)

La Virgen Santísima, Madre de Dios y Madre nuestra, nos ayudará siempre a tener esa confianza con Dios, a dirigirnos a Él con todo el corazón, y poder, así, transmitir ese amor de Dios a todos nuestros conocidos y amigos.

Ernesto Juliá Díaz

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