Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|martes, enero 19, 2021
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EL ÁNGEL DE MARÍA – IV 

«El Ángel del Señor anunció a María, y concibió por obra del Espíritu Santo… He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu Palabra», y Dios se hizo Navidad en ti, Madre nuestra. Tu “Ángelus” es la oración más repetida en dos mil años, con el Padrenuestro y el Avemaría. Su fuente es el Ángel grande de tu Adviento.

María de Nazaret, madre nuestra, desposada y virgen, resplandece aún la alegría de aquel primer Adviento que perfuma tu auténtica pureza. Mirando hacia el eterno mundo de los espíritus, muestras la ilusión en tu cara, reflejo de tu alma de niña y tu vientre de mujer. Se te nota en los ojos y en tu manera peculiar de orar. Sin demasiada prisa, pero con gracia fecunda. Traes este Adviento la determinación extraña, que contagia a todo el que te mira. En cada sentimiento le vas diciendo a la Vida “Sí, hágase…” El camino largo de tu pueblo nunca había visto algo parecido hasta que llegaste. Hablas con ángeles, y puedes aceptar o rechazar lo que te dicen. Tu señorío sencillo puede incluso pedirles alguna explicación para entender bien el insólito mensaje. Ni el profeta más grande de Israel, de los muchos que caminaron la Palabra y la escucha, se hubiera atrevido a tanto. Pero tú traes un alma limpia en un cuerpo sano y hermosísimo, como la tierra santa, preparada para recibir al Verbo de Dios de una forma integral. Nunca antes se había recibido así la Palabra en pueblo alguno, ni siquiera en aquel pueblo Israel. La luz creadora, íntima, se te hizo presente como vida sensible en la carne, en el propio cuerpo. Y no solo fue experiencia para ti, sino que puede ser percibida desde entonces por el pueblo que te mira y te ve en la oración sencilla. Primero lo supieron los cercanos, incluyendo tu esposo José, que siendo de la misma estirpe de David, no supo bien qué hacer con aquello. Después el pueblo llano y algunos escogidos que esperaban al Salvador de Israel. Luego fue ya todo el pueblo, y después el mundo entero, hasta el Adviento difícil de este 2020. El arcángel Gabriel, cuando entró a la estancia de tu oración íntima, fue claro y directo. Con todo el respeto que le merecía su Reina, te iluminó en el momento más íntimo de una oración profunda: “¡Jaire kejaritomene!, o kirios meta sou”. «¡Alégrate en la plenitud de la gracia del Señor, que brota dentro de ti!» (Lc 1, 28). No era el saludo tradicional de tu pueblo humilde de Nazaret. El saludo en tu pueblo era simplemente ‘Shalón’, ‘Paz’. Lo que te dijo el Arcángel Gabriel, más que un saludo fue una proclamación de la Noticia, de la gran Noticia de la Iglesia, que desde entonces nos anuncia el misterio de la presencia de Dios entre nosotros. La gran Noticia es que tú, María, ibas a ser para siempre fuente que mana gracia de salvación. Desde “el principio”, de la Anunciación, hasta el final en cruz de tu hijo. Pero testigo vivencial de la Encarnación solo fuiste tú, María de Nazaret, con el confidente íntimo de aquella gracia, tu esposo José de Belén, poco después.

Alégrate, te dijo el Ángel ¿Quizás estabas triste? ¿Quizás se daban también en ti, como en nosotros, alguna de esas horas de incomprensión y desconfianza de las propias fuerzas? ¿Acaso presentías con miedo el descomunal destino? No sabemos el estado de ánimo que tenías antes de la visita del Arcángel, pero sin duda era un estado oculto al mundo, solo, íntimo y profundo, porque el enviado tuvo que “entrar a donde estabas tú” (Lc 1,28) y para los ángeles las barreras no son las paredes, sino los sentimientos, así es que si entró a donde estabas tú, es porque tu fe, tu amor y confianza en Dios estaban cerrados al mundo y abiertos solo para Él. Fuera como fuese, lo cierto es que escuchaste el saludo y tu alma de niña en su limpieza y de mujer madura en su fecundidad, creyó aquella palabra turbadora. Era la Verdad de tu propia vida lo que te anunciaban. “O kirios meta sou”. El Señor está dentro de ti como un hombre que viene a este mundo, haciéndose niño. El habitante íntimo del alma, al que conocías como tu Dios, estaba ahora en ti como el primer y único ocupante de tu seno de mujer. Y así te hicieron madre. No sabemos si quedaste perpleja o aturdida por mucho tiempo ante aquel destino de luz, pero sí que quedaste embarazada para seguir dando luz toda la eternidad. ¡Gracias Madre del alma! Aún te vemos hoy ‘asombrada’ en la Luz del Espíritu que anunciaba el saludo, embarazada de Dios, y concibiendo en lo eterno a la nueva humanidad. En soledad, ante el Verbo, tu entrega auténtica se abrió al misterio humano de la reproducción. Por aquella ventana de la esperanza viva de Israel que era tu oración íntima, pasó el viento fecundo del Espíritu, y supimos al fin los hombres para qué estaba hecho el vientre de la mujer en relación a lo eterno. Todas las demás ‘encarnaciones’, todas la generaciones de los hombres del cosmos hasta entonces, habían sido un puro ensayo. Todos los nacidos de mujer, en todos los tiempos de la historia, somos como un esbozo de la imagen del Hijo de Dios, ahora el hijo de tu vientre, Jesús, cuya imagen será celebrada y conocida como perfecta, cuando llegue a cada uno aquella plenitud que tú alumbraste. Así empezó la historia en el ‘Principio’. El anuncio del ángel, y un «Hágase en mí»; la sombra del Espíritu cubriéndote, y «aquí está la esclava del Señor»; en esos dos segundos, estalló la auténtica palingenesia para el hombre, la nueva creación que hace distinto todo lo que existe en esta longitud de onda que llamamos cosmos.

La Anunciación del ángel no fue el simple saludo, sería una redundancia inútil. «¡Alégrate, llena de alegría!». Ni siquiera te saludó con tu nombre hebreo de María, sino que usó tu nombre del cielo, descriptivo de tu propia naturaleza: “Kejaritomene”,’Plena de gracia’, o “fuerza en plenitud de la gracia”. ¿Eso fue lo que te asustó y te dejó pensando qué querría decir aquello? Quizá te diste cuenta de que su primer “jaire”, que significa alegría y gracia, no era un simple saludo, sino una petición. Así lo es hoy para nosotros cuando la repetimos, unidos al ángel en oración. Si los ángeles pudieran asombrarse, Gabriel estaría más admirado aún que tú por el inmenso regalo de Dios al hombre. ¿Cómo podía dar Dios tanto a seres tan pequeños? Se asombró el Arcángel, y temió más que su Señora María, por haberla turbado.

Alegría, admiración, desconcierto, pero también tranquilidad ante la gracia de Dios, deseo de conocer la obra de Dios, cercanía del Espíritu, entrega total, diligencia valiente para andar el camino, y por fin, el estado especial que supone el gran canto: «Magníficat anima mea dominum» (Lc 1,47-55) Y así, con tu humildad, con tu bienaventuranza, con la fe de los fieles y la pobreza de los pequeños en contraposición con la soberbia de los poderosos y los ricos, abriste, María de Nazaret, el nuevo camino hacia la nueva tierra. Ese Camino que consiste en guardar la Palabra de Dios y sus cosas en el corazón. La Anunciación no fue, como otras grandes manifestaciones de Dios en la historia de la salvación, aparatosa y deslumbrante. Al menos no fue así vista desde la tierra. Otra cosa sería ver la escena desde el cielo, pues la fiesta de los ángeles debió ser inmensa. Pero aquí, en la intimidad de una muchacha virgen, en una pequeña aldea, se produce el encuentro y la siembra. La Palabra de Dios se hace un hombre de la raza y del pueblo escogido por Él para habitar. Y el secreto quedó guardado, cubierto por el pudor de una virgen que iba a ser madre sin intervención de varón. La semilla de Dios se hizo hombre. La Ley se hizo Gracia.

Resalta el Evangelio la gran feminidad de María, que ante la enormidad del anuncio del Gran Rey, el esperado que llega, ante la eternidad de su reino que le anuncia un Arcángel, en aquellos tiempos tan efímeros del Israel de la tierra dividido y ocupado por los romanos, la mujer Virgen de Nazaret, no pregunta por el resultado histórico del anuncio, sino por su función maternal, ¡Cómo podía hacerse realidad aquello!, No dudó del hecho, pero preguntó por su papel, porque ella no tendría relación carnal con hombre alguno. Su feminidad sobrepasó su admiración por el gran personaje que se le anunciaba. Nos enseña Lucas, y la respuesta de María al Ángel, que nuestras facultades más naturales, puestas al servicio de la obra de Dios, realizan su obra en la historia de la humanidad. Y hasta los que no creen, se felicitan hoy diciendo ¡Feliz Navidad!

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