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El arte de saber descansar 
3 de Julio
Por Tomás Cremades

 

 

<<Tomó la palabra Jesús y dijo: “Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, así te ha parecido bien. Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar. Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera”>>. Mt 11, 25-30

Con la llegada del mes de Julio hemos entrado de lleno en el tiempo vacacional. Tiempo anhelado por unos y por otros; tiempo planificado con antelación para buscar lugares y espacios para hacer lo que durante el resto del año no hemos podido realizar. Las vacaciones (que etimológicamente significa “descanso temporal de una actividad habitual, principalmente del trabajo remunerado o de los estudios”), se presentan ante nosotros como un tiempo “en blanco” para llevar a cabo proyectos por vivir en gratuidad y libertad, no marcados por la rutina monótona del trabajo o por la disciplina siempre exigente del estudio y de las ocupaciones de la vida ordinaria. Sin embargo, cuando llegan estas fechas, siempre nos sale al acecho la tentación de “tirar la casa por la ventana” y de dar rienda suelta a un espíritu incontrolado e inmoderado. De ahí que este tiempo pueda ser vivido como un tiempo de gracia o como una pérdida de tiempo y de energías.

Coincidiendo con este segundo domingo de Julio, la Palabra de Dios, sale a nuestro paso para indicarnos dónde está el secreto del verdadero “descanso”. Jesús que sabe de nuestros agobios de la vida, de nuestros proyectos quiméricos y de nuestros planteamientos, tantas veces egocéntricos, nos da una “clave” para hacer descansar nuestro espíritu y nuestro cuerpo: “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, nos dice, y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera”.

A luz de esta invitación del Señor, descubrimos, que no descansaremos nunca si buscamos el descanso fuera de la voluntad de Dios. Ya decían los Padres de la Iglesia que hay dos formas de vivir la existencia: la de aquellos que siempre hacen su voluntad y, por más que hacen, siempre están cansados; y, la de aquellos que hacen la voluntad de Dios y siempre están contentos y descansados. En el fondo es lo mismo que expresara San Juan de la Cruz al afirmar que “los que andan en amor ni cansan, ni se cansan”. Por tanto, allí donde vayas este verano, allí donde estés procura vivir del Espíritu pues “si vivís según la carne vais a la muerte; pero si con el Espíritu dais muerte a las obras del cuerpo, viviréis”, nos recuerda San Pablo en la segunda lectura de hoy. Otra “clave” que nos da el Señor, para poder vivir el verdadero descanso, consiste en no evadirnos de la historia y, por tanto, no inventarnos castillos en el aire. Allí donde vayas o donde estés no olvides nunca que la cruz es la llave de la verdadera felicidad. No la dejes en casa, ni la ocultes o disfraces, y menos aún, intentes bajarte de ella, porque te estrellarás en tus propias mentiras y evasiones. Jesús te invita a cargar con tu yugo y aprender de él que es manso y humilde de corazón porque sólo en la cruz encontrarás tu verdadero descanso. Así lo canta un himno de la Iglesia de los primeros siglos: “La cruz gloriosa del Señor resucitado, es el árbol de la salvación; de él yo me nutro, en él me deleito, en sus raíces crezco, en sus ramas yo me extiendo. Su rocío me da fuerza, su Espíritu como brisa me fecunda; a su sombra he puesto yo mi tienda. En el hambre es la comida, en la sed es agua viva, en la desnudez es mi vestido y en el agobio es mi descanso”. No lo olvides: “el que anda en amor ni cansa ni se cansa”.

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