Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|lunes, septiembre 16, 2019
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El banquete de bodas 

Cuando asisto a una boda, no puedo dejar de pensar: ¡qué bella camina la novia hacia el altar, donde la espera su joven esposo! ¡Qué bien vestidos los invitados! ¡Qué guapas las amigas de la novia!¡Qué belleza la liturgia de la ceremonia! En las bodas de plata tampoco puede dejar de admirar lo bien que se ha arreglado la esposa, la unión de los esposos después de veinticinco años de matrimonio, la alegría de los hijos… Pero cuando se trata de unas bodas de oro, lo que de verdad me maravilla es la belleza del Esposo, de Jesucristo, el más Hermoso, el verdadero Autor de tanta maravilla.

Cristo es el Orfebre que ha trabajado el barro de los esposos durante años para transformarlo, primero en plata, y luego en oro; un oro tan fino que pueda reflejar su santo rostro. Nunca ha abandonado a los esposos, ni de noche ni de día, ni en la pobreza ni en la riqueza, ni en la vejez ni en la enfermedad.

Cuenta un antiguo midrash que un aprendiz preguntó a su maestro: <<”¿Por qué golpeas tantas veces el metal y lo vuelves a meter al fuego una y otra vez? El maestro contestó: “Lo golpeo tantas veces como sea necesario, y lo meto al fuego tantas veces como haga falta, hasta que complete mi obra en él”. Y le volvió a preguntar el discípulo: “Maestro, ¿y cómo sabes cuándo has terminado tu obra?” A lo que le contestó: “La he terminado en el mismo instante en que se refleja mi rostro sobre el metal”>>. De la misma manera, el matrimonio llega a su culmen cuando refleja la imagen de Jesucristo.

Y me acuerdo de la obra teatral “El Taller del Orfebre”, escrita por Karol Wojtyla en 1960, mucho antes de ser nombrado el Papa Juan Pablo II. En ella, el autor nos hace meditar sobre la belleza del matrimonio y la familia, la sacralidad del cuerpo y la sexualidad, valiéndose de situaciones comunes con las que cualquier pareja se puede sentir identificada.

“bienaventurados los llamados a la cena de las bodas del Cordero”
Todos estamos invitados al Banquete de Bodas, pero hace falta mensajeros que nos traigan la invitación. A pesar de ser convidados, algunos no querrán asistir por estar muy ocupados en no hacer nada. Lo más sorprendente son aquellos que acuden a la boda sin traje de fiesta.

“Jesús también tenía experiencia de aquellos invitados que vendrían, sí, pero sin estar vestidos con el traje de boda, sin alegría por su cercanía, como cumpliendo solo una costumbre y con una orientación de su vida completamente diferente. San Gregorio Magno, en una de sus homilías se preguntaba: ¿Qué tipo de personas son aquellas que vienen sin el traje nupcial? ¿En qué consiste este traje y cómo se consigue? Su respuesta dice así: Los que han sido llamados, vienen, en cierto modo tienen fe. Es la fe la que les abre la puerta. Pero les falta el traje nupcial del amor. Quién vive la fe sin amor no está preparado para la boda y es arrojado fuera”. (Benedicto XVI).

A nadie se le puede llevar a la fuerza al Banquete de Bodas, ni se le puede imponer el traje de fiesta. El amor no se impone, se propone, y se acepta libremente. Por eso la declaración de libertad es necesaria para la realización del Sacramento del Matrimonio en la Iglesia Católica. Así, el ministro pregunta a los contrayentes: ¿Habéis venido libre y voluntariamente?, y cada uno de los contrayentes responde: Sí, venimos libremente.

No llevan el traje de fiesta al banquete de bodas aquellos de quienes se puede decir que nunca confiaron en el Señor, de los que decía Charles Péguy: “Como el niño se acuesta inocentemente en los brazos de su madre, así ellos nunca se abandonan totalmente inocentes en los brazos de la Providencia”.

Seguro que el hijo pródigo se puso el traje de bodas para asistir al banquete que dio el padre en su honor. Agradecido por recibir tanto amor, él, que no merecía más que el desprecio, se quitaría aquel traje maloliente de cuidador de cerdos y se vestiría con ropajes dignos de tal convite. Como aquella mujer pecadora que, arrojándose a los pies de su Maestro, los perfumó y regó con sus lágrimas de alegría.

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