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El bautismo de Jesús 

El segundo domingo después de Navidad se celebra el Bautismo de Jesús, que cierra litúrgicamente el ciclo de Navidad y da paso al tiempo ordinario. Esta fiesta no es muy conocida pero tiene gran importancia. En esta teofanía se hizo presente la Santísima Trinidad, cosa que aparece en las Sagradas Escrituras pocas veces. Este acontecimiento es narrado por los cuatro evangelistas, lo que confirma la importancia del hecho. San Marcos, el más conciso en el relato, nos dice que Jesús llegó desde Nazaret de Galilea a las orillas del Jordán, donde Juan estaba bautizando. Apenas salió del agua vio rasgarse el cielo y al Espíritu Santo descender sobre Jesús como una paloma, y se oyó la voz desde el cielo: “Tú eres mi Hijo amado mi predilecto”. Una vez confirmado en su misión, Jesús inició su vida pública. No es que necesitara Jesús ser confirmado, pues era Dios igual al Padre, pero en cuanto hombre también en plenitud, quiso obedecer al Padre y recibió como hombre el Espíritu Santo, que lo acompañaría en su misión mesiánica.

En cuanto cristianos, hemos de resaltar la importancia de nuestro bautismo que recibimos en el nombre de la Santa Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Por él hemos recibido también una misión, pues el bautismo nos convierte en un pueblo escogido de sacerdotes profetas y reyes. Esta triple misión nos conduce a seguir las huellas de nuestro hermano mayor, Cristo. Somos, por tanto, llamados a rogar por el pueblo de Dios, a interceder por nuestros hermanos en la fe, he aquí la dimensión sacerdotal. Como profetas hemos de anunciar a Cristo con nuestra vida en medio del mundo y, además, denunciar con nuestro estilo de vida las incongruencias y desmanes que acaecen en esta sociedad cada vez más paganizada. Pero además hemos sido llamados a ser reyes, y no precisamente para vivir rodeados de riqueza y despilfarro, sino para reinar sobre las tendencias mundanas y las bajas pasiones, dominar sobre todo aquello que nos esclaviza y nos aparta de nuestra misión ineludible. Para llevar a cabo este cometido del que nos gloriamos en el Señor, es necesaria la presencia salvífica del Espíritu Santo en nuestras vidas.

Visto de este modo nuestro bautismo, no es algo baladí ser cristiano.

Isabel Rodríguez de Vera

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