Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|domingo, agosto 25, 2019
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El beso de Dios 

A estas alturas, hacemos nuestra una apreciación de san Bernardo que tiene que ver con la relación amorosa entre Dios y el alma, el esposo y la esposa. Dice que es Dios quien ilumina el alma en orden a la comprensión de su Palabra. Es lo que podríamos llamar la sabiduría que nace de la contemplación. Seguimos de la mano de este padre de la Iglesia y, con irreprimible gozo, le oímos afirmar que cuando una persona es iluminada por Dios acerca de la Palabra, del Evangelio, es como si Él mismo llegara hasta lo más profundo de su alma y la besara. La esposa, pues, recibe un beso de Dios cada vez que Él le revela una faceta de su Misterio oculto en la Palabra.

Bajo la luz de Bernardo, nos acercamos nuevamente al susurro. Con
sorpresa, percibimos que es de ida y vuelta: Dios que susurra quedamente al alma haciendo correr hacia ella sus aguas vivas, y el alma que es toda ella un susurro contemplativo, amoroso, que eleva sus manos como lazos, aprisionando hacia sí a Dios al tiempo que grita alborozada: “Su paladar es dulcísimo, y todo él, un encanto” Para intentar dar una explicación a lo que la esposa está viviendo, tenemos que adentrarnos en el esfuerzo hecho por ella para despojar al Evangelio de toda aquella carga de utopía con que los bienpensantes y prudentes de este mundo lo han revestido para tranquilizar su conciencia.

No es una novedad decir que para multitud de personas el Evangelio es algo sumamente hermoso, por supuesto que importantísimo, al menos así se expresan con respecto a él, pero que a la hora de la verdad consideran que no es más que una utopía. De hecho, se ha acuñado esta expresión más que elocuente: “La utopía del Evangelio”.

Lo cierto es que esto no es más que un recurso, por cierto bastante infantil, para encubrir su desobediencia a Dios, su incredulidad ante su Palabra. Una trampa más del padre de la mentira (Jn 8,44). De cara al Evangelio, y para no desvirtuarlo, solo cabe la actitud obediencial. No estamos hablando de la sumisión a unas leyes sino al hecho glorioso de llegar a ser asimilados por la vida que emana del Evangelio del Señor Jesús. Es una obediencia progresiva, con sus idas y venidas, con sus desconfianzas y certezas. El Evangelio es el camino de la fe, el “laboratorio” donde el hombre se hace discípulo.

Ahora ya podemos afirmar que la obediencia al Evangelio sólo es entendible desde el amor inagotable que alcanza a todo aquel que se ha dejado tocar por Dios. Arropada por este amor sobrehumano, el alma excava en lo que llaman “utopía” del Evangelio con la ilusión “irracional” de un niño. Digo irracional, y espero que se me entienda, porque lo mismo que un niño, ensimismado en sus juegos o en sus sueños, no atiende a razones, también el alma que se pone a excavar en el Evangelio da oídos sordos a todos aquellos que quieren pensar por ella, aquellos a los que Jesús llamó “prudentes de este mundo que nunca entenderán nada” (Lc 10,21-22). Y es que el Evangelio tiene “algo de irracional” que paradójicamente eleva a la razón a su máxima altura. Por irracional entiendo a todo aquello que pone patas arriba lo “social y religiosamente correcto”.

Ajena, pues, a todo razonamiento que nace del escepticismo propio de los prudentes, se pone manos a la obra. Como he dicho antes, excava y excava en la Palabra hasta que encuentra -porque le es dado de lo alto- su pozo de aguas vivas, su fuente sellada, su hontanar aparte, que hacen de ella una esposa de Dios única y exclusiva.

¿Qué decir ahora? Pocas cosas. Simplemente confirmar que nada hay más bello, más sublime, más grandioso que este amor que alcanza a la esposa; es como si se desatara, como si estuviese esperando el momento en que ella se abriera a Él. Es un amor totalmente nuevo para la esposa, quien podría intuir la existencia de una pasión
tan adimensional…, toda una locura. Sin embargo, cuando este amor “irreal” ha llegado a ser parte de sus entrañas, alma de su alma, comprende que la realidad ha superado por completo su imaginación y deseos…, su intuición. Un amor así, o se tiene o se carece de él, no hay término medio. No nos resuelve nada el conocerlo de oídas. Se ha de tener en propiedad. Lo cierto es que una vez que se ha gustado, el paladar del alma no está en absoluto por la labor de perderlo, de dejarlo ir ni de paladear otros sabores.

                                                                                                                     Antonio Pavía.

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