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El camino necesario de la Cruz 
26 de Noviembre
Por Miquel Estellés

«En aquel tiempo, algunos ponderaban la belleza del templo, por la calidad de la piedra y los exvotos. Jesús les dijo: “Esto que contempláis, llegará un día en que no quedará piedra sobre piedra: todo será destruido”. Ellos le preguntaron: “Maestro, ¿cuándo va a ser eso?, ¿y cuál será la señal de que todo eso está para suceder?”. Él contestó: “Cuidado con que nadie os engañe. Porque muchos vendrán usurpando mi nombre, diciendo: ‘Yo soy’, o bien: ‘El momento está cerca; no vayáis tras ellos’. Cuando oigáis noticias de guerras y de revoluciones, no tengáis pánico. Porque eso tiene que ocurrir primero, pero el final no vendrá en seguida”. Luego les dijo: “Se alzará pueblo contra pueblo y reino contra reino, habrá grandes terremotos, y en diversos países epidemias y hambre. Habrá también espantos y grandes signos en el cielo» (Lc 21,5-11).


La razón humana se plantea muchas veces la pregunta, sugerida por el tentador: Si Dios existe, si es bueno, ¿por qué permite que suceda esto? Normalmente uno se cuestiona esto ante sucesos o catástrofes naturales, pero también muchas veces las desgracias o las situaciones dramáticas no provienen del orden natural, sino por la injusticia que provoca el pecado, y también, a veces, se las achacamos a Dios. El Señor responde con autoridad ante unos y otros sucesos: tienen que ocurrir primero todas estas cosas antes de un fin que no es inmediato.

Quiere decir que antes del fin del mundo, y del final particular para cada uno, tenemos un tiempo en el que no todo es jauja, que nos va a provocar también momentos de angustia y sufrimiento. Y esto ¿para qué? Pues para que podamos ablandar nuestro corazón, agachar la cabeza para entrar por la puerta estrecha. Es un tiempo de conversión, y el sufrimiento viene en ayuda nuestra, porque somos de dura cerviz.

Tan necesario lo ha visto Dios, que cuando se ha hecho hombre en la persona del Hijo, lo ha hecho con todas las consecuencias, es decir, asumiendo el paso por la muerte con una pasión brutal previa, para que sus palabras tengan la autoridad de quien nos acompaña en todo momento y circunstancia.

El mundo que Dios ha creado es hermoso, y en él podemos intuir Su presencia, pero corremos el riesgo de idolatrar la belleza que contemplamos. Por eso, el mundo está en continua transformación y nada hay eterno en el tiempo, todo está destinado a su destrucción y renovación. Si Jesús afirma que no quedará piedra sobre piedra del templo material dedicado en una época histórica al Dios único y verdadero, ¿qué no ocurrirá con los altarcitos, capillitas o templitos dedicados a los ídolos? Visto desde estas palabras nos debería causar estupor las fuerzas que se dedican a crear falsos paraísos terrenales —que no hacen más que aumentar el dolor de los inocentes— desde la política, el nacionalismo, la ciencia, la cultura o la propia religión, y ¡cuántos se dejan engañar! Incluso se da la paradoja de que grupos católicos, órdenes religiosas e instituciones cristianas, se van tras los pasos de esos líderes, o actúan como avalistas de proyectos mundanos. No está de sobra, pues, la advertencia del Señor en el evangelio de hoy, porque tal vez tengamos una cabeza bien amueblada que no se deje arrastrar por ningún sectario milenarista, pero ¡cuidado!, sí por otro tipo de charlatanes.

La ciencia y los medios de comunicación nos permiten conocer que el suelo que pisamos no es tan firme como aparenta, ni la atmósfera es siempre suave con nosotros; la experiencia histórica nos dice que los imperios tienen un final, que los tiranos tienen sus días contados —aunque tras ellos vengan otros—; la experiencia vital nos enseña que nuestro propio cuerpo está destinado a pasar por la enfermedad, por el desmoronamiento de la vejez, y por la muerte. Pero nosotros nos resistimos a aceptar nuestra debilidad y hacemos grandes proyectos para nuestra vida, y diseñamos el futuro de los demás, especialmente el de los hijos, para comprobar que luego sale lo que sale.

Sí, ciertamente es necesario que no quede piedra sobre piedra; que, como cantamos en el salmo 32, Dios frustre los planes de las naciones, para que podamos tener una correcta perspectiva, la de que “aquí no tenemos ciudad permanente, sino que andamos en busca de la futura” (Hb 13, 14).

Es una verdadera ayuda para reconocer que solo el proyecto de Dios subsiste por siempre, que solo el Reino de Dios es eterno, porque solo Dios es “El que es”, y que nuestros anhelos de eternidad no tienen otro camino que Aquel que ha dejado que destruyan el templo de su cuerpo para reconstruirlo en tres días, venciendo a la muerte; todo encuentra su sentido porque ahora la muerte ya no tiene la última palabra.

Y el tentador vuelve aquí a la carga, nos señala con el dedo las catástrofes que arrasan las poblaciones del Tercer Mundo y nos pregunta: ¿Por qué Dios se ensaña más con los pobres? Parece que la naturaleza descarga toda su ira contra el tercer mundo… Pero como todo lo que viene del tentador, la mentira se disfraza de aparente verdad. No es Dios, sino la injusticia humana la que ha creado las desigualdades entre los hombres y los pueblos, la que hace que muchísimos seres humanos no gocen de los avances que otros tenemos para amortiguar los desastres naturales. Por eso ellos son sus predilectos, porque cargan con la parte más pesada de la cruz.

Miquel Estellés Barat

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