Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|domingo, agosto 18, 2019
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El Carmelo, umbral del cielo 

Guarda la ciudad de Huesca un gran tesoro, cuya excelencia puede pasar desapercibida. Cuando uno deambula por delante de los altos e históricos muros del convento de la Encarnación no sospecha la maravilla que custodian celosamente sus piedras. Es la gozosa alegría de la comunidad contemplativa de las Carmelitas calzadas, popularmente conocidas como las Miguelas, que desde allí abrazan con dicha y sin reserva una vida consagrada a Dios en alabanza y oración continua. Como Abraham, han salido de la propia tierra y familia para el encuentro con Aquel que sella de amor sus almas. Fuera de Dios no hay más bien para ellas.

El origen más remoto de la Orden Carmelita se sitúa a finales del siglo XII, en la época de las Cruzadas, esas expediciones militares favorecidas por los Papas para recuperar los lugares sagrados que habían caído en manos de los musulmanes. Sin embargo, un pequeño grupo de cruzados y  peregrinos, inspirados en los primitivos ermitaños,  decidieron instalarse junto a la fuente del profeta Elías, en el valle del Wadi-es-Siah del  Monte Carmelo, en Tierra Santa y reemplazar el fulgor efímero de la espada por el brillo permanente de la oración.

El tiempo va sumando nuevos eremitas a aquel grupo originario y deciden  arraigar su consagración a Jesús y la devoción a la Virgen a través de una norma fija de vida. Para ello, entre 1206 y 1209, solicitan a San Alberto, el entonces patriarca de Jerusalén, la redacción de una regla de vida evangélica sustentada en la oración, el silencio y la mortificación, para un mayor y mejor servicio a Dios. Con la aprobación de esta regla por parte del Papa Honorio III nace la simiente de la futura Orden de los Carmelitas, finalmente aprobada en el año 1247 por el Papa Inocencio IV.

nuevos tiempos para la Orden: de ermitaña a mendicante

Pero el tiempo de paz del que disfrutan estos primeros monjes no es muy prolongado; a finales del siglo XIII las persecuciones religiosas por parte de los sarracenos se vuelven más virulentas. Cuenta la tradición que el  Monte Carmelo fue tomado en 1291 y  los hermanos degollados mientras cantaban la Salve Regina. Muchos de sus frailes pudieron huir hacia países de Europa como Chipre, Sicilia, Francia o Inglaterra,  donde extendieron la Orden sin dificultad; el fervoroso amor a la Virgen que les caracterizaba les hizo pronto granjearse el aprecio de las gentes.  Con el paso de los años la orden fue perdiendo su eremitismo originario y se fue adaptando a la realidad occidental, al modo de otras congregaciones religiosas mendicantes como los franciscanos y los dominicos. Los nuevos conventos ya no se fundan en los desiertos sino en las ciudades; la vida apostólica reemplaza al recogimiento en soledad de los antiguos monjes eremitas. Las mujeres comienzan a formar parte del Carmelo, enriquecido con la aportación femenina por parte de numerosos conventos de monjas.

Cuatro décadas antes de la destrucción del primer Carmelo a manos de los sarracenos, pero en una época igualmente convulsa, cuenta la tradición piadosa que el 16 de julio de 1251 un monje carmelita, San Simón Stock, recibió de manos de la mismísima Virgen María el escapulario, símbolo de la Orden,  como respuesta a sus súplicas de auxilio y protección para la Orden. Desde ese momento surge la advocación de Nuestra Señora del Carmen.

Casi dos siglos después, en el año 1434-1435, el Papa Eugenio IV aprobaba una serie de cambios en la congregación que suavizaban la observancia más antigua, lo que no fue  del agrado de la totalidad de los monjes carmelitas. En los años posteriores se iniciaba un movimiento de reforma para volver a la regla anterior a las atenuaciones de 1434-35, auspiciado por el beato Juan Sorteh, y en España por las figuras más relevantes del misticismo,  Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz.  En 1593 a esta nueva congregación se llamó Orden de los Carmelitas Descalzos, mientras que los anteriores fueron conocidos por la Orden de los Carmelitas Calzados o de la Antigua Observancia. Unos y otros han hecho patente su amor a Dios y a la Virgen mediante el servicio al prójimo y a la Iglesia,  tanto en su dimensión activa como contemplativa, religiosa o seglar.

Tú lo sabes todo, Tú sabes que te amo

Los frailes carmelitas llegaron a Huesca  en el año 1283, pero no será hasta cuatro siglos después, en 1622,  cuando lo hacen las monjas carmelitas calzadas. En un primer momento vivían en casa de una benefactora de nada menos que cien años de edad, y que murió pasados diez años, una vez que se construyó el convento. “¡Siempre hay tiempo para hacer buenas obras!” apostillan las hermanas.

A las afueras de la ciudad existía una iglesia perteneciente a la cofradía de San Miguel,  a la que se decidió anexionar el convento de la Encarnación, de ahí el sobrenombre de las Miguelas. Son estas monjas de trato cercano y solícito.  Llama la atención la alegría verdadera que contagian. “El Carmelo es festivo y alegre, y este especialmente”. Aunque arrancadas visiblemente del mundo, participan activamente de sus dolores y esperanzas. “Nosotras no vivimos apartadas del mundo porque este sea malo ni peligroso; hemos venido respondiendo a una llamada de Dios, que ha salido a nuestro encuentro. El cristiano tiene la misión de dar gloria a Dios y nosotras hemos elegido la vida contemplativa para hacerlo. No nos desvinculamos de los problemas ni de los afectos, pero son sublimados; vividos de otra forma. Lo que nos preocupa de los demás ya no es el bienestar de su vida,  sino su fe y la salvación de sus almas”,  señala Sor María Gloria de Dios.

Saben que no reman solas; que la nave de su alma sigue firme surcando el mar de su vocación a pesar de que algún viento meza su barca. “Aquí me ha traído el Señor. Por eso la vocación no es mía, la lleva Dios y  Él va por delante”, apunta Sor Mª Blanca. “Menos mal que el Señor te permite decir sí, pero haciéndolo Él, porque si tuviéramos que esperar a ser buenos o estar capacitados…. ¡No haríamos nada!” apostilla Sor Mª Luisa, la Madre Priora.

Cada una de ellas cuenta cómo la llamada ha sido tan fuerte, y tan imposible de ahogar, que no han dudado en abandonar sus proyectos de vida contra viento y marea, posponiendo todo afecto humano. “Cuando una quiere ser monja, el enemigo pone todo tipo de estorbos para robar la vocación,  pero si se está convencida de que este es el sitio, cuantas más pruebas aparecen, más ayuda Dios a  ganar la batalla” , explica la Madre.

ven y ve,  busca y encuentra, entra y ama  

En el convento, todos los días, aunque parezcan iguales, son diferentes. La jornada se distribuye entre oración, lectura, trabajo y comunión. Se levantan temprano dando gracias a Dios y poniendo en sus manos el regalo del nuevo día que amanece. Ofrecen sus trabajos, esperanzas, fracasos, palabras y silencios para el bien y necesidades de la humanidad. El centro de su vida es la Eucaristía; sin este alimento nada de lo que hacen tendría sentido. Trabajan en el bordado de ropas de iglesia (corporales, purificadores, manteles, cubreatriles…), en la elaboración de formas, en la distribución de vino de misa, decorado de velas, etcétera. Entre medias se unen a la oración de la Iglesia mediante el rezo de las diferentes horas litúrgicas. Comen juntas, escuchando la Palabra de Dios, así como la regla y constituciones de la Orden. Tras la comida y la cena disfrutan de un pequeño recreo en comunidad, que afianza la vida de familia y les hace crecer como personas y como Iglesia. La visita al Santísimo, el rezo del Rosario y la oración personal son momentos de intimidad con Aquel que todo lo impregna.

Sor María Luisa, es la Madre Priora. Natural de Loporzano, un pueblecito de Huesca, hace 54 años que ingresó en el convento. “Cuando tenía 19 años me planteé ser monja al escuchar  a unos Corazonistas. En aquel entonces  salía con amigas y amigos pero,  aunque era feliz, no me satisfacía del todo. Un chico me pidió que le diera una respuesta para empezar una relación y eso me hizo llorar. No entendía por qué. Llegó Semana Santa y acompañé a mi prima a este mismo convento. Sentí algo especial. He sido muy feliz en el Carmelo. ¡Mil vidas que tuviera, mil vidas que viviría en la misma orden, en el mismo convento y con las mismas hermanas!”.

yo soy del Señor

Sor María Gloria de Dios es la última en ingresar, en el año 2001, pero no la más joven en edad: “Para mí la vida en el Carmelo está siendo la antesala del cielo, con sus  momentos difíciles,  como todo en la vida. Ya lo creo que se puede vivir feliz  privándose de los beneficios del mundo. El Señor es realmente quien te trae, pero a mí me engancharon las hermanas. Estoy aquí ante todo, para dar gloria a Dios,  por eso escogí este nombre,  y luego para la salvación de las almas. He tenido muchísimos detalles por parte del Amado hacia mí, del Novio que  me quiere seducir. Una vez, estando en pleno verano paseando por la huerta me acordé del mar y lo eché de menos. De repente comenzó una pequeña brisa y el movimiento de las espigas silvestres movidas por el viento sonaba igual que las olas. Hay temporadas que el corazón te confirma sin más que Dios te ama, pero en otros momentos se necesita que el Amado regale  a la amada un detalle de amor. Y Él lo hace”.

venid y ved las obras de Dios

Sor Mª Blanca es la hermana menor, con 46 años, y lleva 18 en el convento. “Siempre he tenido una vocación clara al matrimonio. Cuando me preguntaban de niña qué quería estudiar yo respondía: Lo mismo que mamá, casarme y ser ama de casa ¡Y mira por dónde, estoy en el convento! He renunciado a formar mi propia familia pero con la oración tengo presente los sufrimientos y las alegrías de todas las familias del mundo”.

Sabe bien, tanto como maestra de novicias como por experiencia propia, que la elección de Dios hacia cada uno es un  misterio inescrutable. “En las familias,  precisamente la hija más movida, la más comunicativa y expresiva, la que más vida le bulle por dentro, es para monja de clausura. Aquí no hace falta nada  porque Dios lo lleva,  pero una persona introvertida quizá no se adapte”.

Si bien las catorce monjas tienen un mismo sentir y un mismo querer, cada una aporta su singularidad a la comunidad, lo que enriquece al Carmelo. En estos últimos años,  cuatro chicas han hecho la experiencia pero ninguna se ha quedado. “Cuando viene una joven, por la expresión de los ojos y la manera de actuar se sabe si la llamada es seria y firme. Para eso está el tiempo de postulantado, de noviciado, de conocer a la comunidad y  la comunidad a ella. La vocación no es ñoña ni meliflua. Una vocación inconsistente, basada  en el puro sentir, no da resultado. Aquí si no estás tocando tierra, malo”.

voy, Señor, dame la gracia de ver

Sor María Dolores es natural de Málaga y lleva 25 años viendo cumplido su deseo desde niña, de ser monja de clausura. “Me formé con las Hijas de la Caridad de san Vicente de Paúl y bien pequeña me enamoré de Jesús. Como todavía no sabía leer, me leían la vida de Santa Teresita del Niño Jesús. Quedé tan fascinada que quise ser como ella, una monja “encerrada”, pues no conocía la palabra clausura. A los 18 años me fui a trabajar a una casa en Zaragoza. Cuando dije que quería marcharme a la vida contemplativa, los señores intentaron quitarme la idea de la cabeza diciéndome que no podía dejarles solos. Le  pedí a San Pedro que mandara al día siguiente una sustituta, y para sorpresa de todos (aunque yo estaba segura que San Pedro iba a interceder),  una chica se presentó ese día para solicitar trabajo. Quedé libre e ingresé en este convento”.

Sor Pilar María  lleva 25 años en el convento y recuerda cómo la vocación a servir a la humanidad con la oración le palpitaba en su corazón  sin poder detenerla. “La llamada era más fuerte que mi escaso valor para separarme de mi gente. El Señor, conociéndome tan débil en los afectos, me puso delante la oportunidad de ingresar cuando mis padres debían asistir a una boda, y así nadie me pudo acompañar. Al llegar al claustro y ver la imagen del Sagrado Corazón de Jesús con los brazos abiertos, acogiéndome, pensé: ¡estoy en casa!”.

“vuestra soy, para Vos nací , ¿qué mandáis hacer de mí?”

Sor Pilar Borau lleva casi medio siglo de carmelita calzada. “Conocí a unas monjas de vida activa de la congregación de Santa Ana y otras de las Hermanitas de los Pobres, que recaudaban dinero por las casas y me quedé maravillada de su carisma, pues sentía una atracción especial hacia los ancianos. Tenía 18 años y les planteé a mis padres mi deseo de ser monja de Santa Ana. Como en esa fecha la mayoría de edad no se alcanzaba hasta los 21 años, mi  padre me dijo que hasta entonces no se hablara del tema. Yo obedecí pero en mi interior ardía el deseo de entregar mi vida para que no estuviera ningún anciano solo. Me hablaron de este convento y pensé que con la vida contemplativa podría llegar a todos los ancianos del mundo. El mismo día que cumplía 21 años dije en la cena: “Ya soy mayor de edad,  ¿se acuerdan que les dije  que quería irme de monja de Santa Ana? Pues lo he pensado mejor, ¡me voy de clausura! Ya he pasado 48 felices años en el convento”.

Sor Carmen ha sido madre priora y maestra de novicias. Entró con apenas 19 años y ahora tiene 71. “Yo lo tuve fácil pues un hermano mío estaba en el seminario y una hermana había hecho los papeles para ser carmelita seglar. Pero a mí me llamaba la vida contemplativa. Mi corazón me dice que si volviera a nacer sería de nuevo carmelita, en el mismo sitio y con las mismas monjas. Si algún día digo lo contrario, no me hagáis caso porque he podido perder la cabeza”.

Sor Inmaculada es natural de Villareal, Castellón e ingresó en el año 1957, recién estrenada la mayoría de edad.Confidenciaba mucho con mi madre. Sentada en sus brazos le contaba mis idas y venidas con mis amigos, pero cuando pensaba en el matrimonio me ponía a llorar. Mi madre era carmelita seglar  y deseaba que me hiciera terciaria, pero el  Señor me había reservado,  para mi sorpresa y la de todos, para ser carmelita contemplativa. ¿Dificultades? Como en cualquier parte, pero con la gracia de Dios todas se superan”.

Todas han contemplado a Cristo, le han oído, visto con los propios ojos y tocado con las propias manos, y no solo en momentos de unión espiritual. También desciende al detalle en lo cotidiano. “Un día, estando en la cocina, dice la cocinera en voz alta: ¡Qué bien me hubiera venido queso rallado para estos macarrones, pero no tengo”. En ese momento llega una hermana con una cesta grande de comida que nos habían regalado: ¡ Aquí viene la Providencia!, dijo. ¡A ver si nos trae queso rallado! dije yo bromeando. Vaciamos la cesta y aparece un paquete de queso rallado enorme. Y lo curioso es que nunca antes nos lo habían regalado ni después lo han vuelto a hacer.  Y como esta anécdota,  cientos”, cuenta Sor María Gloria de Dios.

“La hermana Teresa, ya fallecida –apunta Sor Mª Blanca- decía que el Evangelio recogía una inexactitud; no es que Dios dé el ciento por uno, es que da el mil por uno”.

 la Señora del lugar

Ante la pregunta de quién es la Virgen para una carmelita calzada, todas coinciden en que María es la flor del Carmelo; la madre, la maestra, la hermana… la Señora del lugar. Amar a María es parte de la identidad del Carmelo. Se les endulzan los ojos cuando recuerdan los muchos momentos en los que ha quedado patente la protección e intercesión de María para todas ellas. “En una ocasión, en plena guerra civil, una bomba fue lanzada al convento. Las monjas se encontraban en el coro cantando el “Magníficat” en el rezo de la oración de Vísperas de la festividad de Nuestra Sra. de los Dolores, del 15 de septiembre. Providencialmente la bomba cambió de  cambió de rumbo. Ninguna de las que estamos aquí lo presenció pero lo hemos oído de nuestras hermanas ya fallecidas. Todavía mantenemos la puerta donde se aprecia la explosión. Más recientemente, en la víspera de la festividad de la Asunción, un rayo cayó justo en el cuadro de luces y tampoco pasó nada”.

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