Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|domingo, abril 5, 2020
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El cedro y el pino 

 

Y el cedro pequeño y el pino crecido que había en el parque, ¿te acuerdas de ellos, Platero?

Ahora ya no son pequeños. Ahora son altos y con muchas ramas crecidas y nuevecitas. Las que han salido en la primavera son diferentes. Su verde es otro verde

¡Cuánto han crecido el cedro y el pino!

¿Como cuánto? ¿ cerca de dos metros? Tal vez más.

Se levantan sus ramas jóvenes y nuevas.  Las del pino crecen elevándose hacia el cielo.

Cada rama parece el brazo de un candelabro gigante,

un candelabro de salón.

El día juega a sol y sombra, a blanco y a viento,

al escondite entre el pino y el cedro…

 

El pino ha crecido ligero con las lluvias tardías

de la primavera. ¡Un encanto de pino, Platero!

Un poco más abajo, la Rosa cantaba:

“…se pierde la mañana por la alameda,

por la alameda, se está rompiendo

el día de primaveraaa”

 

La niña de la Rosa, nácar y alba dormida, sobre su madre cantaora y morena.

El cedro, Platero, es distinto. El cedrito pequeño, hoy crecido, me recordaba siempre el pueblo judío, el templo de Salomón, el monte Líbano…

 

¡Será normal que un cedro te recuerde todo eso? ¿o no será corriente que ocurra? Vamos, a mi personalmente me ocurría, y era cuando contemplaba el cedro.

 

También me recordaba el Nuevo Testamento, me recordaba a Cristo. No sé explicarte, Platero, pero toda la historia del pueblo judío repiqueteaba en mi corazón, y el cedro era para mí algo sagrado, como santo.

 

Sus ramas, contrarias a las del pino, crecían hacia abajo. Si te parabas cerca, daba la impresión de un gran paraguas.

Cuando la lluvia silenciosa y cantarina caía sobre el cedro y el pino y sobre los paseos bien cuidados, parecían más hermosas sus ramas, más amplias y verdes.

 

Eran las ramas que llenaban el paseo perfumado y alegre.

 

 

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