Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|domingo, mayo 26, 2019
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EL CENTINELA 

“A ti, hijo de hombre, te he hecho yo centinela de la casa de Israel. Cuando oigas una palabra de mi boca, les advertirás de mi parte. Si yo digo al malvado: “Malvado, vas a morir sin remedio”, y tú no le hablas para advertir al malvado que deje su conducta, él, el malvado, morirá por su culpa, pero de su sangre yo te pediré cuentas a ti. Si por el contrario adviertes al malvado que se convierta de su conducta, y él no se convierte, morirá él debido a su culpa, mientras que tú habrás salvado tu vida” (Ez 33,7-9).

Son éstas, palabras dirigidas por Dios a su profeta, recordándole su obligación de advertir al pueblo que, debido a su alejamiento de Dios, camina hacia su perdición. El pueblo de Judá y los habitantes de Jerusalén, desoyendo las palabras de vida que Dios les había dirigido cuando estableció una Alianza de amor con ellos, se habían vuelto hacia los ídolos, siguiendo sus caprichos y apetencias. El profeta es enviado para prevenir a Jerusalén que vuelva a la verdad si quiere evitar su ruina. Jerusalén, en dicha ocasión desestimó las advertencias del profeta y sus habitantes pasados a cuchillo o enviados al destierra, mientras que la ciudad fue reducida a ruinas. Moisés mismo, por boca de Yahveh, amonesta al faraón para que cambie de actitud, pues de perseverar en su intransigencia, sólo conseguirá que las aguas benéficas del Nilo se conviertan en sangre. Jesús aconseja a sus enviados que, si después de anunciar la palabra que trae la paz, la gente rechaza el anuncio y se empecina en su mala conducta, sacudan el polvo de sus sandalias como señal de que ellos están libres de toda culpa cuando sobrevenga la desgracia sobre ellos, pues el mal acaba siempre en mal. Y el mismo Cristo llorará sobre Jerusalén, que no ha querido acoger su mensaje de paz, por lo que no quedará de ella piedra sobre piedra, ya que no conoció el día en que fue visitada por el que le traía la salvación.

Hoy se dan, de nuevo, las mismas circunstancias. La sociedad de Occidente rechazado a Dios y ha renegado de la Verdad, y vive en la mentira al erigir al hombre como dios de su misma existencia. No es consciente de la gravedad de su situación y vive totalmente al margen de la realidad. Sus dirigentes son ciegos que guían a otros ciegos para caer en el hoyo. Es imperioso, por tanto, advertir a la ciudad del inminente peligro que le acecha. Es cometido del centinela avisar a la ciudad, oficio del profeta amonestar al pueblo, misión de la Iglesia prevenir al mundo y anunciarle la Verdad que le hace libre y le trae la paz. Porque sin Dios no es posible vivir en concordia y en paz. Él es el fundamento de la dignidad del hombre y la garantía de su libertad: sin Dios todo está permitido, hasta el sometimiento y destrucción del hombre y la abolición de lo humano, como sobradamente han demostrado las experiencias del pasado.

Es importante releer al profeta Jeremías. Judá va a ser arrasada porque, abandonado al Dios verdadero ha caído en la idolatría, lo que le ha llevado al ateísmo práctico y a la indocilidad y la apostasía, la lujuria y la opresión social. La responsabilidad recae sobre las clases dirigentes y los falsos profetas que auguran ilusorias seguridades. Algo similar está ocurriendo en el mundo cristiano de occidente. Las calamidades que le puedan sobrevenir serán fruto de su necedad y obcecación, “pueblo sin cordura” como lo calificará el profeta Oseas. Nuestra obligación es advertir de la deriva a la que se encamina fatalmente, aunque no seamos escuchados.

Corrige a tu prójimo para no cargar con su pecado. La corrección es un acto de amor y, como tal, implica renuncia a uno mismo y la aceptación del sufrimiento y de la muerte. El que corrige se arriesga a ser malinterpretado y rechazado por el culpable por lo que resulta más cómodo despreocuparse y no implicarse en la suerte del otro. Sin embargo, el que ha sido puesto como centinela, no puede inhibirse y callar, so pena de traicionar a los que debía prevenir. Es su deber advertir seriamente del error en el que camina la sociedad occidental para no hacernos cómplices de sus extravíos y copartícipes de su ruina. La Iglesia ha sido instituida por Cristo para ir al mundo entero y enseñarle a guardar todo lo que él nos ha mandado y no puede desertar de su misión.

El mundo camina hacia el desastre de seguir por el camino que ha emprendido[1], por ello, por amor al mundo, es imperioso advertirle de la necesidad de volver a Dios y reconocer la verdad sobre Dios y sobre el ser mismo del hombre. Dios no es enemigo ni rival, sino amigo del hombre, al que ha creado por amor y con al que quiere hacer partícipe de su misma naturaleza y gloria. Es necesario llamar al hombre a conversión y advertir de la causa y raíz de todos los males que le afectan. No son las injusticias ni la pretendida falta de libertad, estas son sólo consecuencias. La verdadera causa es el pecado del hombre que se ha separado de Dios y ha decidido labrarse por sí mismo la felicidad. Al romper con Dios, fuente del ser y de la vida, se ha encontrado con lo que no había previsto: la muerte y el sinsentido de su existencia, y es por “el miedo a la muerte” por la que el hombre, al pretender escapar de ella, peca y hace el mal. Del miedo a la muerte viene del rechazo a Dios y mientras el hombre no vuelva a Él, seguirá el pecado haciendo estragos sin que se pueda remediar. Pero Cristo ha vencido a la muerte, con su obediencia a Dios y entrando libremente en ella al cargar con el pecado del mundo, nos ha librado del dominio del mal y nos ha ganado la resurrección y la vida. Quien ha vencido a la muerte no hace daño, no envidia, no busca su interés. Lo más grande que se puede hacer por el mundo es propagar el evangelio, pero, ¿lo escuchará el mundo? Justamente cuando se está propagando el odio contra todo lo cristiano, cuando se propone despenalizar las ofensas contra la religión católica –expresamente las referentes a la religión católica, no las dirigidas hacia otras confesiones–, cuando se acaba de atentar en Sri Lanka contra lugares cristianos de culto y nadie se molesta en condenarlos por su significado cristiano, y cuando se propagan las profanaciones de lugares de culto cristianos. Parece que no se va a escuchar a la Iglesia y el mal seguirá su curso. Habrá mucho sufrimiento. El mundo se puede derrumbar e imperar la iniquidad, pero no debemos inquietarnos porque es Dios el que dirige la historia y corrige al hombre, siempre para bien.

Es, por ello, necesario proclamar la verdad. Dios ha creado al ser humano único e irrepetible, nadie sobra, todos son necesarios y nadie, ningún gobierno ni ningún órgano legislativo ni cualquier otra organización o realidad, tiene el derecho de privar a ningún ser humano de la vida; esté por nacer o en su fase final. Decir que el aborto es un derecho o que hay que legislar ya la eutanasia, es lo más retrógrado, oscurantista e imperialista que se pueda pensar. El hecho de que se pueda decretar la pena de muerte a personas que tienen menos de nueve meses de existencia o que sean prescindibles y se puedan eliminar las personas enfermas o inútiles para la sociedad es volver a la barbarie más atroz, el más espeluznante dominio del hombre sobre el hombre.

Avisar que la familia, que se sustenta en la comunión de un hombre con una mujer, abiertos a la vida; es lo que garantiza el buen funcionamiento de la sociedad; las otras posibles relaciones son estériles y no están en grado de proponer un mayor beneficio ni a las personas en particular ni a la sociedad en general, por mucho que ésta camine en sentido contrario, es decir, hacia el desastre.

Es necesario advertir, igualmente, sobre el auge que está tomando la homosexualidad, fomentada por los poderes ocultos que manejan los hilos de los acontecimientos. No existen personas homosexuales o lesbianas, sino personas que, por una razón u otra, por experiencias y situaciones vividas en su historia personal, se sienten atraídas hacia otras personas del mismo sexo. Pero la práctica de esta atracción no es constructiva, no contribuyen al crecimiento personal de los individuos sino que los mantienen al margen del verdadero significado de la sexualidad: la capacidad de poder negarse a sí mismo y donarse por el otro que no es uno mismo; es decir: poder amar. No existe la transexualidad, sino sólo hombre y mujeres. El supuesto cambio de sexo es un mero cambio superficial que no afecta a la genética. La operación externa no cambia la realidad biológica, pues cada ser humano está genéticamente determinado desde el momento de su concepción y nada ni nadie puede cambiar esta realidad. Lo que se conoce como disforia de género es un proceso psicológico que se corrige, la mayoría de las veces, con el paso del tiempo. Y, por cierto, ninguna ley puede prohibir el que una persona desee reencontrar su verdadera identidad sexual. El pretender lo contrario atenta contra la libertad individual y es expresión de la más rancia imposición ideológica.

Lo que hay detrás de todo esto, las raíces podridas que impiden que el mundo se desarrolle en verdad y libertad son el marxismo social, el feminismo radical, los lobbys homosexuales, los grupos masónicos que desean imponer la ideología de género y otras fuerzas que propugnan construir un mundo feliz en esta tierra, al margen de Dios, sin darse cuenta que todos los intentos que se han prodigado a lo largo de la historia con este fin, han terminado en el más rotunda fracaso y han provocado innumerables sufrimientos a los hombres. Quienes tal cosa pretenden son guías ciegos que conducen a otros ciegos hacia el abismo. Nuestros dirigentes no ven la realidad del hombre ni conocen su verdad, sus políticas están condenadas al fracaso y están llevando a la humanidad al desastre.

Es verdad que Dios permite la violencia y la injusticia, consecuencias del pecado del hombre, que lo tiene esclavizado por el miedo a la muerte. Dios lo permite porque respeta la libertad del hombre, sin la cual éste no podría escoger el don de Dios. Dios permite el mal para nuestra salvación. Hay un misterio escondido en el sufrimiento, cuando es libremente aceptado. Es cierto que Dios parece escondido, pero este ocultamiento de Dios es la garantía de nuestra libertad. La única solución a los problemas del mundo es la aceptación del Evangelio. Hay que decirlo claramente, nada puede devolver al hombre la paz y el sentido de su vida sin la vuelta a Dios, a ese Dios que tan neciamente se empeña en descartar. Únicamente se puede combatir eficazmente el mal, amando al enemigo; la violencia engendra violencia; el amor al enemigo es la verdadera revolución, la única medida eficaz para cambiar la sociedad. No es Espartaco, sino Cristo, el que cambia el mundo.

Cierto que el proclamar esta verdad puede y lleva de hecho, el rechazo y la persecución –hemos tenido ocasión de comprobarlo repetida y recientemente, en el caso de Mons. Reig Plá–, no debe extrañarnos cuando Cristo mismo fue perseguido por esta razón, y nos lo advirtió claramente, pero no podemos ni debemos detenernos por esta eventualidad. Sólo un niño pequeño puede gritar que el rey está desnudo. La Iglesia es este niño pequeño, como lo es Cristo. Hemos sido elegidos para ser testigos de la Verdad. El  mundo se precipita hacia su ruina, hay que advertirle por amor; callar por cobardía o por no perder la estima de los hombres, sería odiarlos. El mundo ha perdido a Dios y por ello hay que advertirle que sólo Dios es y este ser es amor. Se necesita proclamar la verdad sobre el hombre, creado por Dios con un designio preciso de amor y comunión; la verdad sobre la sexualidad, que nos capacita para amar, no para el disfrute egoísta y deshumanizador; la verdad sobre la vida, don de Dios para nuestro encuentro con Él, en la que nada ni nadie se puede inmiscuir. Estas y otras cuestiones semejantes son sobre las que la Iglesia ha de prevenir al hombre. Echo en falta una proclamación más firme y expresa de la Iglesia sobre estas cuestiones que amenazan con desestabilizar la sociedad. En otros momentos, la Iglesia se pronunció sobre el nazismo o el comunismo, ¿No sería necesaria una orientación clara y directa sobre las ideologías que amenazan hoy con la abolición de lo que es humano? Aunque sea nadar contra corriente y precisamente porque estos asuntos no son políticamente correctos, es necesario proclamarlo sin miedo. No es siguiendo las modas del mundo como encuentra éste la salvación; tal como afirmó una vez Chesterton: “A cada época la salva un puñado de personas que tiene el coraje de ser in actuales”. No puede ser de otra manera. También lo fue Cristo.

[1] Tal como ya advirtió el P. Pío: “El mundo está caminan do a la ruina. El hombre ha abandonado el camino correcto para adentrarse en caminos que termina n en el desierto de la violencia. Si no vuelven a Dios será una catástrofe. Cosas terribles vendrán”. Y en otra ocasión, en confidencias con el P. Armoth, advertía que Satanás había entrado en el seno de la Iglesia y, en poco tiempo llegaría a gobernar una iglesia falsa, y que se produciría una gran apostasía de la Iglesia. Interrogado el P. Armoth si el tercer secreto de Fátima se refería a este punto, afirmó. “Exactamente”. Si a esto se refería este tercer secreto de Fátima, hemos de temer, porque la sociedad no ha hecho más que ir a peor desde aquellos tiempos. Cf Foros de la Virgen María del 24 de abril de 2019.

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