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EL CIELO EXISTE Y ESTÁ HABITADO 
01 de Noviembre
Por Juanjo Calles

En aquel tiempo, al ver Jesús al gentío, subió a la montaña, se sentó, y se acercaron sus discípulos; y él se puso a hablar enseñándoles:

Dichosos los pobres en el espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Dichosos los sufridos, porque ellos heredarán la Tierra.

Dichosos los que lloran, porque ellos serán consolados.

Dichosos los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados.

Dichosos los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.

Dichosos los que trabajan por la paz, porque ellos se llamarán «los Hijos de Dios».

Dichosos los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los cielos.

Dichosos vosotros cuando os insulten y os persigan, y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Estad alegres y contentos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo. (San Mateo 5, 1-12a).

COMENTARIO

La Iglesia celebra en la liturgia solemne de este día que el Cielo es la meta definitiva y última de la peregrinación del hombre que se abre a la voluntad de Dios sin reservas, con humildad y confianza. Hoy, celebramos lo que somos: ¡ciudadanos del Cielo! En él están – como afirma la visión del Apocalipsis- una multitud incontable de hombres y mujeres de toda lengua, raza, pueblo y nación. Muchos de ellos son miembros de nuestras familias (abuelos, padres, hermanos), amigos y conocidos que nos han precedido y adelantado en esta carrera hacia la eternidad. Así lo profesamos y cantamos en el Prefacio de la liturgia de esta solemnidad: “Porque hoy nos concedes celebrar la gloria de tu ciudad santa, la Jerusalén celeste, que es nuestra madre, donde eternamente te alaba la asamblea festiva de todos los Santos, nuestros hermanos. Hacia ella, aunque peregrinos en país extraño, nos encaminamos alegres, guiados por la fe y gozosos por la gloria de los mejores hijos de la Iglesia; en ellos encontramos ejemplo y ayuda para nuestra debilidad”.

El Cielo es la patria de los cristianos, de los hijos de Dios, de todos los hombres de buena voluntad que a lo largo de su vida fueron fieles al Evangelio, a su conciencia y la verdad inscrita en lo profundo de sus corazones. El Cielo es regado de Dios y no conquista del hombre, pero al Cielo sólo se llega si uno aspira a querer ser morador de él, porque -como afirma san Agustín- “el Dios que te creó sin ti, no te salvará sin ti”. Cuando profesamos creer en la Vida Eterna, estamos afirmando y confesando creer en la existencia del Cielo. He aquí el alcance de este artículo central de nuestra fe: “Los que mueren en la gracia y la amistad de Dios y están perfectamente purificados, viven para siempre con Cristo. Son para siempre semejantes a Dios, porque lo ven tal cual es (1 Jn 3, 2), cara a cara (cf. 1 Co 13, 12; Ap 22, 4): «Definimos con la autoridad apostólica: que, según la disposición general de Dios, las almas de todos los santos […] y de todos los demás fieles muertos después de recibir el Bautismo de Cristo en los que no había nada que purificar cuando murieron […]; o en caso de que tuvieran o tengan algo que purificar, una vez que estén purificadas después de la muerte […] aun antes de la reasunción de sus cuerpos y del juicio final, después de la Ascensión al cielo del Salvador, Jesucristo Nuestro Señor, estuvieron, están y estarán en el cielo, en el Reino de los cielos y paraíso celestial con Cristo, admitidos en la compañía de los ángeles. Y después de la muerte y pasión de nuestro Señor Jesucristo vieron y ven la divina esencia con una visión intuitiva y cara a cara, sin mediación de ninguna criatura» (Benedicto XII: Const. Benedictus Deus: DS 1000; cf. LG 49).

Esta vida perfecta con la Santísima Trinidad, esta comunión de vida y de amor con ella, con la Virgen María, los ángeles y todos los bienaventurados se llama el cielo. El cielo es el fin último y la realización de las aspiraciones más profundas del hombre, el estado supremo y definitivo de dicha” (Cat., nn. 1023-1024).

El Cielo existe y está habitado, en él, como nos recuerda el Papa Francisco, “hay una nube ingente de testigos (Hb 12, 1) que nos alientan a no detenernos en el camino, nos estimulan a seguir caminando hacia la meta. Y entre ellos puede estar nuestra propia madre, una abuela u otras personas cercanas (2ªTim 1, 5). Quizá su vida no fue siempre perfecta, pero aun en medio de imperfecciones y caídas siguieron adelante y agradaron al Señor. Podemos decir que estamos rodeados, guiados y conducidos por los amigos de Dios. No tengo que llevar yo solo lo que, en realidad, nunca podría soportar yo solo. La muchedumbre de los santos de Dios me protege, me sostiene y me conduce” (cf. Gaudete et exsultate, 3). Así pues, con esta confianza, celebremos gozosos la Solemnidad de Todos los Santos.

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