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El ciprés y el mirto 

Una de las concepciones judías más diferenciadas de las antiguas filosofías es su comprensión de la Historia como una fecha que se tiende linealmente dando lugar al tiempo. El cosmos, y en él todos los demás seres, se alinean al vector del tiempo y son caducos. ¡Sólo el hombre es histórico!

Así, el pensamiento judío superó las cosmogonías míticas antiguas y desacralizó el espacio y el tiempo. Pues Dios es ante todo Creador y Dios de los Padres, que ejerce su poder sin vincularse a ningún lugar ni tampoco sujetarse a un tiempo sacral. La Historia implica, por consiguiente, el espacio y el tiempo, conformados al pensar y hacer de Dios, es decir a su Providencia, que rige todas las cosas según la lógica del Amor. Ninguna otra condición, sino una libertad que se hace infinita porque se mueve por un Amor sin límites, puede reconocerse en la acción de Dios. Es una condición sin condiciones.

En esta trayectoria del Amor al Amor en plena libertad, se ve el sentido de la palabra de Isaías:

 «En lugar del espino crecerá el ciprés,
en lugar de la ortiga crecerá el mirto» (Is 55,13a).

“un reclamo de eternidad”

¿Por qué elige el profeta el ciprés en lugar del espino, y frente a la ortiga el mirto? Porque la “consolación” del afligido no puede venir del espino y la ortiga, que pinchan e irritan hasta hacerse insoportables. Porque el ciprés “apunta alto”. Es flecha al cielo. Y el mirto es de gran belleza; porque la madera del ciprés se toma como incorruptible y su resina es de suave olor y medicinal, y porque las hojas del mirto no son caducas sino perennes, de intenso verde, con bayas de negro azulado que les da un toque de color muy distinguido y muy especial. Además, sabido es que sirve a las mil maravillas para acotar espacios en jardines y parques. Por otra parte, el ciprés —y esto es “definitivo”— es el árbol de nuestra esperanza, un sempervirens, como se denomina en botánica a los vegetales de verde permanente.

Su estilización —recogidas hacia arriba las ramas— es un indicador del cielo. Nosotros enterramos a nuestros muertos bocarriba, porque el ciprés que los acompaña les recuerda el destino final: no la tierra, sino el azul del firmamento. El ciprés y el mirto son una llamada a la vida; un reclamo de eternidad. De ahí el consuelo y la paz que produce verlos.

El libro de Sirácida —recordando al rey Ezequías y al profeta Isaías— nos dejó un comentario a las palabras de este último, verdaderamente lleno de contenido. Dice de Ezequías que hizo lo que agrada a Dios, «como le ordenó el profeta Isaías, el grande y digno de fe en sus visiones. Con el poder del Espíritu vio el fin de los tiempos y consoló a los afligidos de Sión. Hasta la eternidad reveló el porvenir y las cosas ocultas antes que sucedieran» (Eclo 48,24-25).

“es posible el cambio”

El futuro y lo oculto son cosa de Dios; lo nuestro es ir haciendo la historia del presente en la alegría y la esperanza de que el mundo tiene un porvenir… a mejor; que es posible el cambio, la transformación de lo espinoso e irritante en lo bueno y bello. La llegada del Reino de Dios no es utópica, pero sí mantiene oculto su poder transformador bajo la apariencia de esta representación y figuración de lo mundano. El ciprés y el mirto son la certeza de la eficacia del poder de Dios: señales del cambio que se opera ya —y se operará definitivamente después— en la caduca y áspera condición del tiempo presente.

De Isaías a Cristo hay un continuo en transformación; y desde la Pascua del Señor a la Parusía el Reino se extiende, bajo la apariencia de los fenómenos históricos, según el beneplácito de Dios, que todo lo rige con Sabiduría y amor, y que finalmente “todo lo juzgará con justicia y verdad” (Sal 96,13).

De este dinamismo intrahistórico nace la herencia del judaísmo y la esperanza escatológica cristiana que empuja a buscar en el mundo el Reino de Dios. Pablo coincide con el Salmo citado cuando, mirando el mundo que desconoce a Dios, identifica la negación de este con el aprisionamiento de la verdad en la injusticia (Rom 1,18). Este enclaustramiento no es otra cosa que una mutación del orden querido por Dios Creador: los hombres, “jactándose de sabios se volvieron estúpidos, y cambiaron la gloria del Dios incorruptible por una representación en forma de hombre corruptible, de aves, de cuadrúpedos, de reptiles” (Rom 1, 22-23).

“una puerta que nadie puede cerrar”

El Evangelio es una fuerza de Dios (Rom 1,16) capaz de reorientar el curso de la historia y enderezarla a su primer plan, al escondido secreto desde toda la eternidad en el corazón de Dios Padre. Nuestra esperanza descansa en la certeza de que esta voluntad divina resultará victoriosa sobre el mal. El justo vive de la fe y tendrá éxito: y nosotros con el Justo. ¿Cómo no vivir con alegría, pues, este Evangelio del cambio y la justificación de la Creación y la humanidad ante Dios? El Papa Francisco, después del Año de la fe, empuja a la Iglesia a esta “Alegría del Evangelio”. La falta de alegría es síntoma inequívoco de aletargamiento y estancamiento: la paralización típica del estado tibio del que nos previene el Apocalipsis (3,15-16).

Un poco antes, el mismo Juan, refiriéndose a la evangelización que necesita acometer la Iglesia de Filadelfia —y todas, claro está— dice: “…he abierto ante ti una puerta que nadie puede cerrar.” (3,8) Y nadie puede cerrar la predicación porque es el mismo Señor del tiempo y de la Historia el que se hace presente en la evangelización. La expansión del Reino por la evangelización no es solo geográfica, sino, además y ante todo, de carácter intrínseco al mismo mundo: lo regenera, lo transforma, lo hace nuevo. En este mundo sí habitará la Verdad y la Justicia.

El cristianismo más primitivo, el de Pedro y los demás creyentes, lo entendieron a la perfección; tanto, que entregaron la propia vida a cambio de la alegría de expandir el Reino curando enfermedades y sufrimientos. El fruto de la vida de Esteban tiene en la predicación de Felipe dos efectos maravillosos, que para nosotros servirán de acicate para empeñarnos en el cambio de cosas querido por Dios: la salida del espíritu inmundo de muchos poseídos y la gran alegría que se apodera de aquellas ciudades (cfr. Hch 8,7-8).

El espíritu inmundo, que parece campar a sus anchas por este mundo de nuestros días, tiene dos cabezas: una es la de la vieja Bestia del “ateísmo politeísta”, que rechaza y persigue cuanto sea Dios o con Él tenga algo que ver, y la otra es la de la segunda Bestia, subsidiaria y subordinada a la primera: el dinero y el afán de lucro. Pero sabemos que la Bestia tiene una herida mortal en su cabeza, aunque por el momento esté curada. Herida de la que no podrá sanar definitivamente.

Tiene nuestra alegría una razón poderosa de ser: la historia presente, la que nosotros hemos de vivir e ir haciendo hasta que Él vuelva, está empapada del triunfo de Cristo Señor. Nuestros días viven ya prolépticamente: el futuro se adelanta al ahora, la esperanza da la mano a la fe y al amor, y el “cielo nuevo y la tierra nueva” (Ap 21,1ss) se ven ya venir. ¡Y, mira por dónde, vienen por las periferias!

Una estrella brilla en el firmamento de la Nueva Evangelización: es María que alumbra en la tierra de gentiles, en la nueva Galilea del secularismo, la increencia y el materialismo. Una Luz grande destinada a aclarar lo que hay en los corazones de los hombres (Lc.2,35). ¿Y qué es lo que hay? Un inmenso deseo del Dios Verdadero, de encontrar la paz, de que ¡por fin! el espino y la ortiga den paso al ciprés y al mirto de la mano de la Virgen María.

César Allende

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