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El coraje de recomenzar 

Cada Año Nuevo se nos ofrece una oportunidad convencional para reflexionar sobre nuestra vida, sus derroteros, su sentido y finalidad. ¿Hacia dónde nos arroja el río imparable de la existencia humana? ¿Corre en alguna dirección o se precipita en el vacío? ¿Cuál es el sentido de nuestra vida, dónde radica su valor? Todas ellas preguntas que podemos hacernos por estas fechas, y también, todos las cuestiones que podemos intentar acallar en nuestro interior; no vaya ser que nos topemos con el absurdo, el sentimiento de culpa o la necesidad de cambiar y salir de nuestra zona de confort.

Cada quien puede encontrarle un sentido a su vida, ya sea globalmente o en cada momento. De hecho, la ausencia de sentido produce un hondo desasosiego interior, que en grados extremos lleva al hastío de vivir, cuando no al suicidio. También es cierto que muchas veces la premura de la propia vida, la abundancia de problemas y dificultades, no nos permiten reflexionar; pero alguna vez llega la ocasión de pararse y ver si ha valido la pena la propia existencia. Para esas ocasiones resulta particularmente oportuna la consideración de san Agustín: “corres bien, pero fuera del camino”. La clave es, ¿hay un camino? O, por el contrario, son todos equivalentes y conducen a “ningún lado”. El Año Nuevo nos enfrenta de lleno a la repetición absurda y sinsentido de un ciclo o, en cambio, a una visión lineal de la historia y de la vida, con una finalidad real y objetiva.

El cristianismo tiene una propuesta propia. La historia es lineal, tiene un sentido, un origen y una finalidad, y ello considerada en su conjunto, así como cada existencia humana particular. En cierta forma por eso, cada vida humana resulta única e invaluable, y cada día de nuestra existencia es especial, nunca una mera repetición del instante anterior, ni anticipación exacta y necesaria del siguiente. La historia se entiende así como “Historia de la Salvación”; es decir, como oportunidad de un encuentro real y objetivo con la eternidad, con Dios, fuente y origen de la historia y su sentido. Por eso, los santos han sabido vivir intensamente su vida, valorarla, exprimirla al máximo para que deje una profunda huella en el mundo y en alma de los hombres. Es lo que San Josemaría solía llamar “dar a cada instante vibración de eternidad”.

Ahora bien, siendo más prácticos y concretos, ¿dónde radica el sentido de la vida desde una perspectiva de fe? Para un cristiano la respuesta es sencilla. Basta mirar al modelo, al “Universal Concreto”, al origen y consumación de nuestra fe, es decir, a Cristo. ¿Qué dice Jesús al respecto? “No he venido a ser servido sino a servir y a dar la vida”. Paradójicamente, la propuesta Católica es contracultural, disonante respecto de los valores establecidos. Por eso mismo es atractiva, pues va contracorriente y tiene el gancho del anticonformismo, el sabor de la rebelión. No por conocida y sabida deja de ser revolucionaria y desafiante, capaz de seducir, simultáneamente, a gente sencilla como a los corazones amantes de grandeza.

Entender la propia vida como un servicio parece sencillo, fácil; no lo es en realidad. Descubrir cómo la vida está llena y es plena en la medida en que servimos, en que nos damos. Pareciera contradictorio, pues darse suena a perderse, desperdiciarse, derramarse; pero sólo así la vida alcanza su plenitud. Jesús, en el Evangelio, es reiterativo al respecto, como para que no quede duda: “el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa la encontrará”. Nuestra vida encuentra su sentido en la medida en que sirve para algo.

Esa es la propuesta cristiana. No es fácil, no es conformista, no es mediocre. A primera vista no parece atractiva; su atractivo se experimenta no en la teoría, sino en la práctica, en su mismo ejercicio; pues servir y darse a los demás llena el alma y el corazón, mucho más que la loca carrera por poseer cosas o acumular experiencias, a veces intensas y extenuantes, pero que finalmente dejan un resabio de soledad y vacío. Una búsqueda de sentido que nunca lo encuentra, terminando por negar que exista, frente a la paradojica y en apariencia incongruente propuesta cristiana del servicio, que llena la vida y el corazón de aquellos que se dejan seducir por el ejemplo de Jesucristo y su evangelio.

Mario Arroyo

Doctor en Filosofía

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