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El corazón ardía 
30 de Abril
Por Francisco L. De Tejada

 

Aquel mismo día (el primero de la semana), dos de los discípulos de Jesús iban caminando a una aldea llamada Emaús, distante de Jerusalén nos sesenta estadios; iban conversando entre ellos de todo lo que había sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo.

Él les dijo:

«¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?».

Ellos se detuvieron con aire entristecido. Y uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le respondió:

«¿Eres tú el único forastero en Jerusalén, que no sabes lo que ha pasado allí estos días?».

Él les dijo:

«¿Qué?».

Ellos le contestaron:

«Lo de Jesús, el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo; cómo lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él iba a liberar a Israel, pero, con todo esto, ya estamos en el tercer día desde que esto sucedió. Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han sobresaltado: pues habiendo ido muy de mañana al sepulcro, y no habiendo encontrado su cuerpo, vinieron diciendo que incluso habían visto una aparición de ángeles, que dicen que está vivo. Algunos de los nuestros fueron también al sepulcro y lo encontraron como habían dicho las mujeres; pero a él no lo vieron».

Entonces él les dijo:

«¡Qué necios y torpes sois para creer lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto y entrara así en su gloria?».

Y, comenzando por Moisés y siguiendo por todos los profetas, les explicó lo que se refería a él en todas las Escrituras.

Llegaron cerca de la aldea adonde iban y él simuló que iba a seguir caminando; pero ellos lo apremiaron, diciendo:

«Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída».

Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero él desapareció de su vista.

Y se dijeron el uno al otro:

«¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?».

Y, levantándose en aquel momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, que estaban diciendo:

«Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón»

Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan. (Lucas 24, 13-35)

Es un pasaje muy conocido del Evangelio. Nos fijamos solo en algunos aspectos, empezando por el final. Cristo es reconocido en su forma de fraccionar el pan. Sería interesante saber que sentirían esas manos al tocar ese Pan en la primera eucaristía del mundo. Recibió un cuerpo de carne y ahora una carne de pan. Es la Eucaristía su verdadera carne, y sabe a pan. Sería de una solemnidad sencillísima aquello. Cristo en manos de Cristo. Su Cuerpo en manos de su Cuerpo. Delicadeza divina que se debía notar. Ahora está con los de Emaús con un trozo de pan entre sus manos. Le traería recuerdos de eucaristía.

Quien sabe tratar bien a Cristo sabe tratar bien a los demás. El Señor trata su cuerpo transubstanciado divinamente y trata divinamente a los demás. La eucaristía es la escuela del trato santo con los otros.

En la eucaristía hay que vivir la familia de Dios. No debo tener actitudes postizas de falsa piedad. Solo se tiene que notar el amor y el respeto, la veneración y la fraternidad… los discípulos notaron que era el Señor, le reconocieron por la forma que tenía de tratar el pan. Así entre nosotros los cristianos, se tiene que notar a quien adoramos y a quien servimos.

A estos discípulos les ardía el corazón mientras Jesús les hablaba y les explicaba las Escrituras. El vino a traer fuego sobre la tierra y solo deseaba que estuviera ardiendo. Ahora ve realizado su ideal: el ardor del corazón, ese fuego que quema las entrañas. Los apóstoles de todos los tiempos o quemamos o no servimos. Es una vocación de fuego ésta la nuestra, como lo fue la del maestro. La palabra arde cuando somos la sal del mundo. San Francisco Javier, san Pedro claver o  Pedro Catalayud. Es el fuego del Señor lo que el mundo necesita para ser convertido. La fuerza de una llama, la fuerza de un Espíritu.

Este corazón en llamas ahora fue hace unos minutos corazón torpe para la creencia. Y Jesucristo se lo echó en cara. Que no teman los tardos para la fe. Que no teman los que encuentran sequedad en su interior. Que no teman los que no saben leer la vida como Dios lo hace. Que no teman los que se olvidan de las Escrituras. Tan solo que se dejen enseñar por Jesús. Será él el que les explique las Escrituras y el que encienda esa quemazón divina que a vida eterna sabe. Es la misericordia la que lo hará todo. Ponerse a tiro y esperar la acción de Dios en cualquier momento o circunstancia.

Jesucristo entró para quedarse con ellos. Así es la misericordia, tiene movimiento de entrada, de acogida. Cuando la persona no es aun ducha en la misericordia se conforma con una hospitalidad externa, débil, superficial. Pero mientras avanza la misericordia progresa la capacidad de acogida de los demás.

Quizás se puedan distinguir los actos, las virtudes y la vida. Los actos de misericordia son eso, simplemente actos asilados, independientes. La virtud es un hábito una cuasi segunda naturaleza; es algo más permanente. La vida podemos considerarla  como esa cualidad imprescindible por la que una realidad se mantiene vitalmente existente. El pulmón sin aire sencillamente se  muere. Respirar para el pulmón no es virtud, es existir, es vida.

Así se dan los actos de misericordia, la virtud de la misericordia y la misericordia como mi propia vida. Si no soy misericordioso sencillamente me muero, no soy capaz de vivir. Es el nivel máximo de misericordia. Cristo es misericordia pura, misericordia viva.

La misericordia no es hacer el bien sin más. Es hacer el bien al que no te hace bien. Amar al prójimo en su miseria. Sin ésta no hay misericordia. El Señor ve la torpeza de estos discípulos, ve su falta de esperanza y su falta de caridad, pues venían discutiendo entre sí. Eran faltas contra las virtudes teologales, eran faltas contra Dios. Esa miseria queda subsumida por el amor fogoso de Dios y todo acabó en fiesta. En Fiesta, sí.

Los que no tenían fuerzas ahora, tras la conversación con Cristo, se encuentran con fuerzas para medio obligar a que se quedara con ellos en su propia casa: “Quédate con nosotros, porque es tarde y el día ha declinado ya”.

En el comienzo de este evangelio que estamos viendo Cristo se hace el ignorante, el que no sabe nada de nada. Comienzo humilde para los incendios de un inmediato futuro. Es la humildad de Cristo la que atraerá el fuego del Espíritu santo cuando les explique las Escrituras. Es la humildad la portadora de los fuegos sacros. Cristo, el maestro, se presenta como discípulo, que no sabe nada de sí mismo: “¿Tú eres el único peregrino de Jerusalén que no sabe las cosas que han pasado en ella estos días?”

Cristo se deja enseñar. Ya estaba habituado mientras convivía con sus padres. En el pozo de Sicar también supo pedir agua a una samaritana. Cristo habituado a someterse a los hombres por amor durante toda su vida terrena, ahora no le cuesta nada someterse a las enseñanzas de unos despistados discípulos.

Emaús es la Fiesta del fuego. Emaús es símbolo de la eucaristía de fuego. Cristo en el interior de tu propia casa. El corazón ardía.

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